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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE AUSTRALIA
ANTE LA SANTA SEDE*

Viernes 25 de noviembre de 1983

 

Señor Embajador:

Me complace recibir de Su Excelencia las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Australia. Mi alegría al recibirle en el Vaticano nace en gran parte del vínculo de amistad que caracteriza la cordialidad de las relaciones diplomáticas entre su País y la Santa Sede.

Le agradezco su alusión a mi Mensaje para el primer día de año nuevo. En él compartía yo con los líderes de las naciones y con los ciudadanos de todos los países, mi honda convicción de que el diálogo auténtico es condición esencial para la paz en el mundo. Animado por las observaciones que usted ha hecho, quisiera recalcar la necesidad y hasta la urgencia de este reto de nuestro tiempo. Al hacerlo tengo la seguridad de que dicho llamamiento al diálogo es eco de las esperanzas de incontables hombres y mujeres de nuestra sociedad, deseosos no sólo de que las naciones se comprometan de verdad a eliminar toda amenaza de guerra reduciendo progresivamente las armas nucleares y convencionales, sino sobre todo ansiosos de poder constatar que se instaura una atmósfera de paz donde el bien espiritual y económico de la sociedad sean preocupación primordial.

Creo firmemente que la paz es posible, pues tengo confianza en la capacidad humana de captar lo que es razonable y lo que es recto y justo, y de reconocer que la promoción del bien común contribuye al bienestar de cada individuo.

Además, sé que ésta es también la convicción total de Australia. Consciente de su herencia cristiana y de su papel en la región, Australia se esfuerza por cooperar, con diplomacia abierta y realista, a la noble causa de la paz y a resolver algunos de los problemas de esa parte del mundo.

En este contexto he oído con satisfacción su mención de la aportación del Gobierno y pueblo de Australia para aliviar la dolorosa situación de numerosos refugiados que han pedido asilo en su País. El respeto, hospitalidad y acogida que se les ha dado son expresión más clara que simples palabras, de la posibilidad real de construir un clima de paz ayudando con amor y comprensión a los necesitados.

Señor Embajador: en el desempeño de la tarea que se le ha asignado, comparte usted una noble profesión de relaciones humanas que, por su misma naturaleza, está dirigida a dialogar en favor de la paz. Es un trabajo que requiere paciencia y perseverancia; pero por exigente que llegue a ser a veces, tiene gran posibilidad de hacer un bien incalculable.

Le ruego transmita al Gobierno y pueblo de Australia mis saludos y buenos deseos. Me uno a su oración por el feliz desempeño de su misión. Dios Todopoderoso le bendiga a usted y a los demás ciudadanos con abundantes favores.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.51, p.6.



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