Index   Back Top Print

[ DE  - ES  - IT  - PT ]

VIAJE APOSTÓLICO A AUSTRIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS ANCIANOS DE LA «CASA DE LA MISERICORDIA»

Viena
Domingo 11 de septiembre de 1983

 

¡Queridos enfermos!

¡Queridos hermanos necesitados de atención, los que estáis aquí en la Casa de la Misericordia y fuera en los hospitales, asilos y residencias de toda Austria!

1. Esta hora de mi visita a Austria debe estar dedicada totalmente a vosotros. Quiero estar con vosotros como mensajero de Cristo que quiere daros alegría y como alguien que durante algunas semanas ha sido vuestro compañero de sufrimientos. El arte médica y los cuidados de los especialistas me han devuelto la salud por voluntad divina. Así me presento hoy ante vosotros como alguien sano, pero no como alguien extraño. Esforcémonos porque no existan abismos entre nosotros y vosotros, entre los sanos y los enfermos.

Es posible que a veces tengáis miedo de ser una carga para nosotros. Es posible incluso que se os haya dicho o hecho sentir lo que sois en efecto. Si esto es así, deseo pediros perdón. Es cierto que nos necesitáis, que necesitáis nuestra ayuda y cuidados, nuestras manos y nuestro corazón. Pero también nosotros os necesitamos a vosotros. Debéis permitir que se os dé mucho. Pero también vosotros nos dais mucho.

Vuestra condición de enfermos nos hace tomar conciencia de la fragilidad de la vida humana, sus peligros y sus límites; nos hace tomar conciencia de que no se puede hacer todo lo que uno se pro- pone; de que no se puede concluir todo lo que se ha comenzado. Lógicamente os alegráis por todas las cosas hermosas que habéis vivido y las cosas buenas que habéis hecho; también debéis dar gracias por todo eso. Pero ahora veis todo esto bajo una luz nueva y son muchas las cosas que valoráis de forma diversa a como lo hacíais antes. Ahora sabéis mejor lo que es realmente la vida y ese conocimiento y esa sabiduría de la vida, acrisolada y madurada en vuestro dolor, podéis transmitírnosla a nosotros mediante todo lo que nos decís, mediante todo lo que vivís actualmente y mediante el modo en que lo soportáis. El Papa os da las gracias por esta «predicación» que vosotros nos hacéis mediante el dolor que soportáis pacientemente. Esa predicación no la puede sustituir púlpito alguno, ninguna escuela, ninguna lección. Las habitaciones de los enfermos prestan a un pueblo un servicio que no es menor que el de las aulas o las salas de conferencias.

En el centro de vuestra vida actual está la cruz. Muchos huyen de ella. Pero quien pretende escapar de la cruz no encuentra la verdadera alegría. Los jóvenes no pueden ser fuertes ni los adultos permanecer fieles si no han aprendido a aceptar una cruz. A vosotros, queridos enfermos, os ha sido puesta sobre los hombros. Nadie os he! preguntado si la queréis. Enseñadnos a nosotros, los sanos, a aceptarla a su debido tiempo y a cargar valientemente con ella, cada cual a su modo. Es siempre una parte de la cruz de Cristo. Lo mismo que Simón de Cirene, también nosotros hemos de cargarla con El un trecho del camino.

2. Y ahora os miro especialmente a vosotros, los que estáis doblados por el peso de los años y sufrís los achaques y limitaciones de la vejez. También vosotros necesitáis nuestra ayuda y, con todo, sois también vosotros los que nos la prestáis. Nosotros continuamos construyendo sobre la base de vuestro trabajo, de vuestro esfuerzo, de todo lo que habéis invertido en cierto modo por nosotros. Necesitamos vuestra experiencia y vuestro juicio. Necesitamos vuestra experiencia de fe y vuestro ejemplo. No tenéis por qué aislaros de nosotros. No tenéis por qué permanecer fuera, a las puertas de nuestros hogares y a las murallas de nuestro mundo. ¡Formáis parte de nosotros! Una sociedad que se desentiende de los ancianos no sólo renegaría de su propio origen sino que se sustraería a su futuro.

Ni los enfermos ni los ancianos son elementos marginales de la sociedad. Más bien pertenecen esencialmente a ella. Todos nosotros somos deudores suyos. En esta hora quiero daros las gracias a todos los que ofrecéis vuestro dolor y vuestra oración por las muchas miserias y necesidades de la humanidad. Lógicamente también los sanos deben orar; pero vuestra oración tiene un peso especial. Vosotros podéis invocar y hacer bajar del cielo torrentes de bendiciones sobre el círculo de vuestros familiares, sobre vuestra patria y sobre todos los hombres que necesitan la ayuda de Dios. El hombre no puede alabar y adorar a Dios aquí en la tierra de forma más auténtica que cuando lo hace con un corazón que sigue creyendo en la sabiduría y el amor divinos incluso en medio del dolor. Un sufrimiento soportado con paciencia se convierte en cierto modo en oración y en fuente fecunda de gracia. Por ello quiero pediros a todos vosotros: convertid vuestras habitaciones en capillas, contemplad la imagen del Crucificado y pedid por nosotros, ofreced sacrificios por nosotros, también por la actividad del Sucesor de Pedro que confía de un modo muy especial en vuestra ayuda espiritual y os bendice a todos de corazón.

3. En nuestro encuentro de hoy pienso también de un modo especial en aquellos de entre vosotros que sufren desde su infancia enfermedades tales que apenas si pueden desarrollar sus capacidades corporales e incluso espirituales. Pienso en las personas que están inválidas por causa de algún accidente o enfermedad fatal.

Pienso en aquella forma de ir envejeciendo que lleva consigo el enajenamiento progresivo frente al ambiente y los otros hombres; en aquellos ancianos que no pueden continuar transmitiendo la sabiduría de su vida ni percibiendo el servicio de su amor. La visión de estas personas a las que ha ocurrido algo tan decisivo nos sitúa frente al siguiente interrogantes: «¿En dónde reside realmente la dignidad del hombre?».

La nobleza del hombre consiste en que Dios lo ha llamado a la vida; en que le ha dicho sí y lo ha acogido y en que lo llevará a la plenitud total junto a él. ¿No es por consiguiente toda vida humana fundamentalmente fragmentaria y deficiente en vista de la obra acabada de Dios? Sobre sanos y enfermos, animosos y cansados, los que se pueden mover y los impedidos, los espiritualmente despiertos y los dormidos se proyecta el sí paternal de Dios que hace de cada uno de sus días un paso en el camino hacia la perfeccionaba; y por ello digno de ser vivido.

Queridos austriacos, que el Señor pueda decir algún día de vuestro comportamiento frente a vuestros enfermos e impedidos, en los que El sale en último término a vuestro encuentro: «Era un peso y me llevasteis a hombros; era un inútil y me valorasteis; estaba desfigurado y reconocisteis mi dignidad; estaba enfermo antes de nacer y me distéis vuestro sí» (cfr. Mt 25,35, ss.).

4. Enfermos y ancianos, impedidos y personas necesitadas de cuidados nos muestran de modo muy especial cuánto dependemos unos de otros y cuán profundamente estamos vinculados unos a otros. Ellos exigen nuestra solidaridad y nuestro amor fraterno más extremo. Cuando los enfermos no son ya capaces de percatarse de la ayuda que se les presta y responder a ella agradecidos, se manifiesta cuán desinteresado y dispuesto al sacrificio debe ser ese amor servicial. La enfermedad y el sufrimiento son siempre una prueba difícil. Pero, por muy contradictoria que pueda parecer esta afirmación, un mundo sin enfermos será un mundo más pobre. Más pobre en compasión viva hacia los otros hombres; más pobre en amor desinteresado e incluso heroico. Por ello, con todas las personas enfermas y necesitadas de cuidados de Austria doy las gracias de corazón en estos momentos a todos los médicos, a todas las enfermeras y auxiliares que llevan a cabo su servicio con fidelidad y entrega en esta «Casa de la Misericordia» y en todo el país. Gracias a todos los que en este lugar y en los otros hospitales, asilos y familias contribuyen mediante su compromiso personal sacrificado a mitigar el dolor, curar las enfermedades y a volver a llenar el ánimo de los ancianos de coraje y confianza.

Una palabra sincera de aliento dirijo a las madres y padres que atienden y aman a su hijo enfermo, quizá impedido de por vida, con gran espíritu de sacrificio y a veces incluso en medio de un ambiente incapaz de comprender; a aquellos que constituyen un apoyo amoroso para sus padres ancianos y soportan además limitaciones con el fin de pagar agradecidos algo del amor desinteresado que recibieron un día de ellos.

Mi agradecimiento no es sólo un deseo. Tenéis además la promesa de Jesucristo que vino a servir y a curar lo que estaba enfermo. Lo que habéis hecho al más pequeño de sus hermanos, se lo habéis hecho a El (cfr. Mt 25,40). El es vuestra fuerza; El es vuestra paga. El es -si os abrís a ello- la alegría serena en medio de vuestra actividad.

Cristo es también el consuelo en vuestro dolor, queridos hermanos y hermanas enfermos y necesitados de atención. El, que está al lado de los mensajeros de su amor en la realización de su servicio, está también a vuestro lado en vuestras necesidades. Vosotros estáis configurados con El de un modo especial. El, que curó a los que sufrían, sufrió también El mismo. soportó el más absoluto abandono para que nosotros no estemos nunca abandonados. ¡El, Cristo, nuestro Señor y Salvador, sea siempre con vosotros y os bendiga a todos en su misericordia y amor infinitos!

 



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana