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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

ENCUENTRO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DEL ZAIRE,
LOS MIEMBROS DEL GOBIERNO
Y CUERPOS CONSTITUCIONALES*

Kinshasa, Zaire
Jueves 15 de agosto de 1985

 

Señor Presidente de la República,
Excelencias,
señoras y señores:

1. En esta hermosa jornada de fiesta en la que se me ha concedido volver a encontrar a la comunidad católica de Zaire, me alegra el haber podido venir hasta aquí para sa1udar a las más altas personalidades de este país. Quiero agradecer ante todo a Su Excelencia el Señor Presidente de la Repúb1ica su calurosa bienvenida y las palabras que acaba de dirigirme con una deferencia y una delicadeza que me conmueven profundamente. Me honra también la presencia de los miembros del Gobierno y de numerosos representantes de los Cuerpos Constitucionales: quisiera expresar a todos mi cordial reconocimiento.

En vosotros, señoras y señores, quiero saludar a toda la nación zairense y expresar mi estima por este gran país que acaba de festejar los veinticinco años de su independencia. En el transcurso, de este periodo, superando muchas dificultades y pruebas, el Zaire ha podido afirmar su personalidad de país respetado por sus semejantes y conseguir notable progreso. Habéis logrado consolidar la unidad de un país de vastas proporciones y de gran diversidad humana y natural. Deseo vivamente a todos vuestros compatriotas la prosperidad común que permita el bienestar de cada uno.

2. En esta reunión con vosotros que ejercéis una responsabilidad tan grande, quisiera exponer algunas reflexiones sobre las tareas que se refieren al bien común de la sociedad. Por lo que se refiere a la Iglesia, éste representa un interés constante. Es cierto que como tal, la Iglesia no tiene ninguna pretensión de intervenir en las funciones de gobierno y arbitraje que corresponde a los poderes públicos. Sin embargo, pienso que corresponde a su misión, reflexionar sobre todo lo que constituye el bien de la humanidad. En este espíritu, juega ella un papel específico en la comunidad internacional, y en este espíritu también la conciencia de cada cristiano se siente comprometida en la vida de la nación a la que pertenece.

En efecto, como he subrayado varias veces siguiendo a mis predecesores, el hombre propio se encuentra en el centro de las preocupaciones de la Iglesia. El hombre en todas sus dimensiones, el hombre que desea su realización y su responsabilidad, el hombre que aspira a ser más libre con relación a las trabas y a las pruebas que le impiden ser feliz, el hombre que, por su misma naturaleza, busca una vida fraterna y apacible en la sociedad. Los cristianos están convencidos de que la tierra fecunda ha sido dada a los hombres para que construyan una ciudad donde, con inteligencia y corazón, puedan desarrollar plenamente su vocación espiritual. Al decir esto presiento que estas afirmaciones cristianas corresponden con algunos de los rasgos más vivos del alma africana, como el respeto al suelo en el que han nacido, el sentido de la hospitalidad, una apertura espiritual espontánea y profunda.

3. Señoras y señores en el objetivo primordial que acabo de recordar, el de permitir al hombre su realización plena en la sociedad, se encuentra el punto de convergencia y la auténtica razón de ser de todas vuestras tareas y de la autoridad que os compite. No intento trazar un cuadro completo de las mismas, pero quisiera mencionar algunas que revisten un interés particular.

Pienso en primer lugar en todo lo que implica la concepción de un sistema educativo. La juventud, numerosa en vuestras regiones, merece que se le ofrezca el máximum de oportunidades para tomar en un futuro próximo la responsabilidad de su propia vida y de la vida social. La formación, ofrecida al mayor número posible, se equilibra uniendo la transmisión del patrimonio cultural y espiritual de los padres, del que me consta con cuanto afán os esforzáis en mantener su esencia con la iniciación al saber y a las técnicas necesarias para la vida moderna. Es importante que una generación motivada y competente abra a la siguiente a las más sanas reglas de la vida, a la conciencia profesional, a la integridad, a la búsqueda infatigable de la mejora de las relaciones sociales. De este modo la tentación del fatalismo o el miedo, el fracaso no paralizarán a los jóvenes dispuestos a superarlos.

Os esforzáis también por desarrollar lo que se puede llamar un sentido social comunitario a todos los niveles de la actividad de la nación. La economía, la organización de la vida pública cobra todo su valor cuando se ponen al servicio del hombre, al servicio del conjunto de los hombres. Un justo reparto de los recursos y las responsabilidades, la libertad de iniciativa, contribuyen a que todos vivan dignamente. La promoción de la mujer, esposa, madre y ciudadana de derecho pleno, subraya la madurez de una sociedad. La solidaridad con relación a los más desvalidos, los enfermos, los minusválidos, los ancianos, honra a la nación que la ejerce con respeto.

Las condiciones de vida dependen cada vez más de la regulación asegurada por los responsables nacionales. Y así, equilibrar las actividades industriales, agrícolas y terciarias, evitar los excesos de una urbanización que crea el malestar de una parte cada vez mayor de la población, permitir a la gente del campo cultivar la tierra sin ser desfavorecidos, todo esto representa un cúmulo de exigentes preocupaciones. Esto supone también previsiones a largo plazo, concertadas con sabiduría. Supone además considerables inversiones, en un vasto territorio como el vuestro, para desarrollar todo tipo de medios de comunicación. Y, en otro orden de ideas, estos objetivos se hacen más accesibles desde el momento en que prevalece una estricta honestidad en el ejercicio de la función pública y cuando justos arbitrajes regulan los posibles conflictos.

Señoras y señores, al evocar sumariamente tantos aspectos de la acción que realizan los responsables de la vida pública, no minimiza de ningún modo las grandes dificultades que encontráis en su realización, pero estoy seguro de que me uno a vuestras mismas intenciones. Y espero que la generación presente progrese en todas estas direcciones, no obstante las duras condiciones en las que la sitúan un desarrollo todavía insuficiente y las desiguales circunstancias, con frecuencia desfavorables, que reinan actualmente en el mundo. Puedo decir que los cristianos intentan tomar parte activa en los necesarios esfuerzos; están generosamente dispuestos a contribuir al armonioso desarrollo de su país.

4. He tenido frecuentemente ocasión de expresar las preocupaciones, muchas veces graves, que inspira la situación del mundo; lo he hecho, recientemente, en el curso de este viaje, en Camerún ante los Representantes del Cuerpo Diplomático y lo haré próximamente en Kenia ante la UNEP. Me detendré también esta tarde en algunas reflexiones que me parecen esenciales.

Las condiciones presentes que afectan a todas las sociedades particularmente en África, son de una extraordinaria complejidad. El factor más importante, desde hace un siglo, es el encuentro de las culturas autóctonas de los pueblos con la aportación de la sociedad occidental. Se ha producido una considerable transformación que en muchos aspectos parece irreversible. La civilización técnica que ha irrumpido en la existencia de los pueblos, la explotación de las riquezas del suelo, la yuxtaposición de diferentes modos de vida, la extensión de los viajes y de los medios de comunicación social, una educación de inspiración extranjera, las condiciones nuevas de la salud con sus consecuencias demográficas, todos estos factores, realizados a veces no sin violencia, han contribuido a establecer una relación compleja entre los pueblos de los diferentes continentes. Además, en el campo intelectual, económico y político existen relaciones cuya expresión en el plano de las instituciones y los acuerdos no constituyen sino un aspecto, el más visible, de lo que, en realidad afecta a la vida de cada persona.

Con estas consideraciones deseo simplemente recordar el tejido real de la vida internacional. Las últimas generaciones, en todo el mundo, han realizado una rápida evolución. Todos conocen la escandalosa desigualdad de oportunidades, que está a la orden del día. Las potencias no son capaces de resolver sus conflictos, y complican en ellos a los pueblos menos desarrollados al precio de luchas con frecuencia asesinas. Lo que podría representar intercambios benéficos para todos se encuentra gravado por la explotación desordenada de las riquezas naturales, por los atentados contra los derechos fundamentales de los hombres y contra el respeto de su propia herencia cultural. ¡Y cómo no deplorar las contradicciones que se manifiestan a veces entre las generosas declaraciones de intenciones y la realidad de una acción interesada!

5. Señoras y señores, si por deber con la verdad hay que reconocer todo lo que con tanto agobio pesa sobre la vida de los pueblos que aspiran a una prosperidad compartida y a la paz, es preciso subrayar los signos de esperanza. No resulta vano que las naciones se encuentren para debatir de los obstáculos que se presentan en su camino. No resulta vano que el diálogo internacional continúe en el cuadro de las grandes instituciones. No resulta vano que muchos hombres, por todas partes, se entreguen sinceramente a las grandes causas de la solidaridad.

Es posible buscar un equilibrio nuevo entre los pueblos de la tierra. Es tarea de los dirigentes animar esta acción, pero teniendo en cuenta que implica a otras muchas personas representativas. Es preciso acoger como una oportunidad el que se vayan haciendo constantes los intercambios entre intelectuales y sabios, entre trabajadores sociales, economistas y responsables espirituales. Se puede esperar y presentir que las influencias sean cada vez más recíprocas, que las diferentes culturas sean cada vez más respetadas y que se enriquecerán mutuamente, que de un extremo al otro del mundo se dé oído a la llamada de los hombres por ver reconocida su dignidad. ¡Es preciso que, sin cansarse, los que representan los poderes públicos actúen en unión con los que expresan las aspiraciones de sus conciudadanos en todos los sectores!

Nuestra generación, marcada por la terrible herida de una guerra mundial y por sus consecuencias, bien sabe que la humanidad debe ponerse de acuerdo, unirse. Nuestra generación no quiere ceder al desánimo ante los fracasos de visiones generosas que han podido tener la apariencia de utopía. Estamos en un tiempo en el que cada uno debe y puede jugar un papel en el conjunto de las naciones. Es claro que el equilibrio del mundo se establece mediante la actividad concertada de los países que se asocian en cada región y en cada continente. Sé que el Zaire tiene la preocupación de favorecer la concertación de los africanos y que coopera con los países vecinos en diferentes agrupaciones para promover la revalorización de los territorios y una mejor uti1ización de los propios recursos.

Todos estos son signos esperanzadores. Y hay otros; por no citar más que un ejemplo, mencionaré las reflexiones comunes de los intelectuales africanos preocupados por afrontar positivamente el futuro y por asegurar el diálogo equilibrado y competente, indispensable para el encuentro beneficioso de las culturas, y para un control de las técnicas y del saber favorables al desarrollo.

La carga que pesa sobre los responsables del bien común es pesada y grave, porque es un servicio esencial al hombre, afecta al respeto de su vida y de sus derechos fundamentales, y no puede separarse de una justa ética. Mi profundo deseo es que todos, con la confianza de sus conciudadanos, puedan desarrollar sus mejores esfuerzos para que en toda circunstancia la existencia de los hombres pueda ser más conforme con la dignidad y bienestar que Dios mismo quiere para ellos.

Que Dios bendiga a vuestro país y a todos los que cooperan en su progreso. Lo digo con un sentimiento muy especial, en el día en que se me ha dado de elevar al honor de los altares a vuestra conciudadana, virgen y mártir, la Beata Anuarite Nengapeta. Os felicito a todos, no solamente a la Iglesia y a los católicos de Zaire, sino a todos vosotros zairenses por este acontecimiento histórico de gran relieve espiritual


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.36, pp. 16, 17. 



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