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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA SOCIALISTA
FEDERATIVA DE YUGOSLAVIA ANTE LA SANTA SEDE*

Jueves 19 de diciembre de 1985

 

Señor Embajador:

1. Le estoy cordialmente agradecido por el discurso que acaba de pronunciar en nombre del Señor Presidente de la República Socialista Federativa de Yugoslavia quien lo ha elegido para representar a su Estado ante la Sede Apostólica. Además, agradezco a Su Excelencia el que haya evocado las disposiciones que lo animan e inspirarán siempre en su tarea diplomática. Al sustituir a su predecesor, Su Excelencia el Señor Zvonimir Stenck, le introduce a usted en la gran familia de los Embajadores acreditados ante la Santa Sede. Todos los Estados que han querido establecer relaciones diplomáticas con ella, contribuyen a la vitalidad de esta familia diplomática, cuyo fin es favorecer, profundizar, concretizar las relaciones de estima y comprensión, de amistad y colaboración entre los Gobiernos y la Santa Sede.

2. Como mis predecesores, en particular el Papa Pablo VI, he tenido frecuentemente la ocasión de poner de relieve la gran importancia del diálogo bilateral entre la Iglesia y los Estados. La Iglesia, aceptando este tipo de diálogo y cuidando de respetar los asuntos que no son de su competencia, no hace sino dar una expresión visible, en el conjunto de otras formas más específicas, a su misión universal. Extendida de hecho por todas las regiones del mundo, la Iglesia es consciente de poseer un mensaje que trasciende las generaciones y las civilizaciones. Por ello está convencida de contribuir al bienestar de la Humanidad cuando propone a las naciones y a sus gobernantes el tesoro de sus valores relativos al hombre, a su desarrollo integral, a su vida en sociedad. La Iglesia no puede permanecer extraña a los problemas en los que se debaten los hombres. Si, en algún lugar y por diversas razones, ella encuentra obstáculos pasajeros o de larga duración a la misión que le es propia, tiene el valor de continuar humildemente arraigada en la realidad global del País donde vive.

3. Entre otros medios, con su diplomacia, la Santa Sede abriga el sentimiento de estar unida a cada pueblo por lazos jurídicos particu­lares en los que los efectos van más allá, muy felizmente, del aspecto formal de los textos de acuerdo. Esta es también la razón por la que los Representantes diplomáticos acreditados ante la Santa Sede no pueden experimentar -aunque no participen de la fe católica- la impresión de encontrarse aislados o de ser unos extraños en la casa del Pastor universal de la Iglesia. El Papa mismo, cuando visita los numerosos países que lo invitan y acogen, tiene, por así decirlo, la clara impresión confortadora de encon­trarse en familia. Mi gratitud respecto a los pueblos y a sus dirigentes, que me permiten encontrarme en sus países con tantas comunidades cristianas, no tiene medida.

Los contactos con los Embajadores que recibo en el Vaticano, o que veo en su propio País con ocasión de mis viajes apostólicos, como mis conversaciones con sus gobernantes, son, desde luego, contactos de atenta escucha. Considero como algo importante recibir sus informaciones, conocer sus preocupaciones, sus deseos. Estos contactos son también para mí una ocasión, y un deber de conciencia, con el fin de proponer a los Representantes diplomáticos y, eventualmente, a los responsables de la vida política y social, una cooperación sincera y desinteresada en las graves cuestiones que afectan a la vida de la Humanidad, tales como la paz local y la concordia internacional, la justicia y los derechos de las personas, los medios para superar las calamidades endémicas y, más ampliamente, las exigencias del bien común.

4. Ciertamente, usted lo sabe, Señor Embajador, la diplomacia de la Santa Sede, como todos los esfuerzos a este nivel, no alcanzan siempre los resultados esperados. La labor diplomática exige mucha tenacidad y modestia, comprensión y paciencia. La Iglesia, lúcida acerca de las dificultades, quiere ser mensajera de esperanza. Ella sabe que, mañana y siempre, será necesario reemprender el diálogo con tal Gobierno o tal otro, buscando soluciones nuevas y apropiadas a las posibilidades del momento. La eficacia no es el criterio para valorar el mensaje que ella posee y da al mundo. La Iglesia ha elegido y debe elegir sin cesar la vía segura de la fidelidad a Dios y a los hombres. En nuestro tiempo, afrontando los desafíos, los riesgos, los antagonismos ideológicos y económicos que todos sabemos, la Santa Sede, con sus diversas instituciones y, si se da el caso, con su diplomacia, desea poder intervenir en favor de relaciones internacionales más justas y pacíficas, y contribuir así a la humanización de la fami1ia humana y de la historia.

Hace ya unos quince años que vuestro querido País y la Sede Apostólica de Roma renovaron las relaciones diplomáticas. Deseo que vuestra misión constituya una feliz contribución a su desarrollo, en todos los campos posibles, y especialmente en el de la libertad religiosa, tan importante para las comunidades cristianas establecidas en el territorio de la República Socialista Federativa de Yugoslavia. Los creyentes que se ven respetados en todos sus derechos y, por tanto, tratados con equidad y benevolencia, están por su parte mejor dispuestos a ser ciudadanos leales y animosos con relación al Estado y a su Patria.

5. A lo largo de este año, mi pensamiento se ha dirigido especialmente hacia su País, para honrar a los dos célebres hermanos de Tesalónica, Cirilo y Metodio, y celebrar el XI centenario de la muerte de este último. En una Encíclica fechada el 2 de junio, atraje la atención de la Iglesia entera sobre su gran obra, a saber, la evangelización de los pueblos eslavos de toda la Moravia. Partiendo precisamente de vosotros, ellos contribuyeron al surgimiento de la Lengua y la cultura de los eslavos, inventando el alfabeto correspondiente, para expresar la fe según su genio y según las tradiciones de la región. El cardenal Secretario de Estado pudo presidir las ceremonias jubilares, el 5 de julio, en Djakovo, como Legado Pontificio, en presencia de una representación de las autoridades yugoslavas. Yo pienso que estas dos grandes figuras deben estar siempre presentes con honor en vuestro País, en las naciones eslavas y en Grecia. Ellos constituyen para los hombres de nuestro tiempo un ejemplo notable de una alianza fructuosa entre la cultura, de una parte, y la fe y el espíritu misionero, de la otra, alianza realizada con respeto de las personas y con espíritu de paz.

Al término de este encuentro, pido a Su Excelencia que comunique al Señor Presidente de la República Socialista y Federativa de Yugoslavia mis saludos respetuosos y mis deseos por el progreso económico, social y moral del País. Todo el pueblo yugoslavo permanece muy presente en mi pensamiento y en mi oración. A usted, Señor Embajador, expreso mis mejores deseos por el desarrollo fructífero de su misión, ofreciéndole la seguridad de que encontrará siempre aquí, por mi parte y por parte de mis colaboradores, la acogida y el apoyo que usted tiene derecho a esperar. Encomiendo a Dios su persona, su familia, sus nuevas responsabilidades y su País.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, 1986, n.10 p.20.

 

© Copyright 1985 - Libreria Editrice Vaticana

                                                          



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