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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ORIENTAL
DEL URUGUAY ANTE LA SANTA SEDE*

Viernes 25 de octubre de 1985

 

Señor Embajador,

Agradezco las amables palabras que me ha dirigido en este acto de presentación de las Cartas Credenciales que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Oriental del Uruguay ante la Santa Sede.

Deseo darle ahora mi más cordial bienvenida a la vez que le aseguro mi benevolencia en el desarrollo de la alta misión que su Gobierno le ha confiado. A tal propósito, viene a mi recuerdo con viva complacencia la cortés visita que el Dr. Julio María Sanguinetti tuvo a bien hacerme en fecha reciente. Le ruego transmita al Señor Presidente mis mejores deseos y votos por la prosperidad y bien espiritual de la querida Nación uruguaya.

Ha querido Usted aludir al supremo bien de la paz y a la contribución de la Santa Sede en la edificación de un orden más justo que haga de nuestro mundo un lugar más fraterno y acogedor. En efecto, la Iglesia se empeña en esta noble causa por un deber de fidelidad a su vocación de servicio a todos los pueblos según la misión de orden espiritual que le es propia, lo cual le permite llevar a cabo su ministerio por encima de motivaciones terrenas o intereses particulares. Al “no estar ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico o social, la Iglesia, por esta su universalidad, puede constituir un vínculo estrechísimo entre las diferentes naciones y comunidades humanas con tal de que éstas tengan confianza en ella y reconozcan efectivamente su verdadera libertad para cumplir su misión” (Gaudium et Spes, 42).

En este sentido, la Sede Apostólica continuará apoyando toda iniciativa encaminada a promover el bien común y, por su parte, la Iglesia en Uruguay no ahorrará esfuerzos en el cumplimiento de su misión evangelizadora, asistencial y educativa.

En su empeño por la promoción integral del hombre y recordando que “la educación básica es el primer objetivo de un plan de desarrollo” (Populorum Progressio, 35), las instituciones eclesiales de enseñanza en Uruguay vienen dedicando amplios recursos de personal y medios en todo el País y confían en la colaboración efectiva de todos los estamentos para poder continuar en su loable labor en favor de los más necesitados.

Una meta importante, alcanzada después de largos años, en el campo de la cultura es la Universidad Católica del Uruguay, en la que están puestas tantas esperanzas con miras a potenciar, desde una dimensión cristiana, el patrimonio cultural uruguayo para bien de toda la comunidad. Es tarea de los hijos de la Iglesia la evangelización de la cultura, de tal manera que la fe se encarne plenamente en la vida de los pueblos. En esta línea, son encomiables las iniciativas de los católicos orientadas a hacerse presentes en el mundo de la cultura y en la sociedad; a este respecto cabría mencionar el papel que ha tenido entre otros, el Club Católico de Montevideo.

Hago votos fervientes para que en la nueva singladura de vida democrática, la acción de la Iglesia se haga presente cada vez más con una renovada vocación de servicio a todos los niveles, especialmente en favor de los más necesitados, contribuyendo así a la elevación del hombre uruguayo, a la tutela y promoción de los valores supremos y, en modo particular, a la defensa de la vida, incluida la del aún no nacido.

Señor Embajador, antes de concluir este encuentro deseo expresarle mis mejores deseos para que la misión que hoy inicia sea fecunda en frutos y éxitos. Quiera hacerse intérprete ante el Señor Presidente, su Gobierno, las Autoridades y el pueblo uruguayo del más deferente y cordial saludo del Papa.

Mientras reitero las seguridades de mi estima y apoyo, invoco sobre Vuestra Excelencia, sus familiares y todos los amadísimos hijos del Uruguay abundantes y escogidas gracias del Altísimo.


*AAS 78 (1986), p. 324-325.

Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. VIII, 2 1985 pp.1115-1117.

L'Attività della Santa Sede 1985 pp. 888-889.

L’Osservatore Romano 26.10.1985 p.5.

L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 44, p.11.



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