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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE JAPÓN ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 28 de octubre de 1985

 

Señor Embajador:

1. Estoy comento de recibirle aquí y de ofrecerle mis cordiales votos para el feliz cumplimiento de la misión que usted inaugura como nuevo Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Japón ante la Santa Sede.

Su Excelencia viene a ocupar un lugar en una lista de Embajadores que han dejado un buen recuerdo en la Santa Sede y que han contribuido a mantener y desarrollar las relaciones diplomáticas, marcadas no sólo por la cortesía, cuyo arte poseen ciertamente los japoneses, sino por la estima mutua y la colaboración cultural. Siempre será usted bienvenido a esta casa.

Agradezco a Su Majestad el Emperador Hiro Hito los delicados sentimientos de los que usted se ha hecho intérprete. Asegúrele, por favor, mi deferente recuerdo y mis fervientes votos por su persona y por su País.

2. Precisamente, guardo memoria cordial de la imagen acogedora de Japón, que se me ha concedido visitar en 1981. Tokio, Hiroshima, Nagasaki permanecen como etapas inolvidables. He apreciado los contactos que, en esa ocasión, pude tener con las autoridades del País, el mundo de la cultura, el pueblo, los representantes de las religiones sintoístas y del Budismo, mis hermanos y hermanas católicos. Por su parte, numerosos japoneses vienen aquí a descubrir Roma y estoy contento de encontrarme frecuentemente con ellos en las audiencias generales. Pero más allá de estos contactos personales, considero el papel de primer rango que tiene hoy Japón, no sólo en Extremo Oriente, sino en toda la escena internacional, en los intercambios económicos, culturales, políticos, como aliado de las grandes potencias. Este camino, Japón ha sabido abrírselo a través de la adversidad; y ha logrado una gran consideración por el valor de sus ciudadanos, su disciplina, su ingenio, sus descubrimientos científicos, su dinamismo. La estima de la Iglesia Católica por su Nación se remonta al alba misma del encuentro, en tiempos de San Francisco Javier.

3. Japón, como todos los países, se enfrenta a cierto número de grandes problemas humanos, y esto es precisamente el objeto del diálogo con la Santa Sede. Su Excelencia ha subrayado la proliferación de las armas nucleares y el riesgo de nuevas catástrofes que pueden engendrar. ¿Quién no puede comprender la sensibilidad tan viva de vuestro País en este terreno, ya que todo el mundo tiene aún ante los ojos la imagen terrorífica de los bombardeos que sufrieron a ustedes por primera vez en la historia y, esperemos, que sea la última? Usted conoce con qué insistencia la Santa Sede no cesa de alertar a la Humanidad sobre este peligro. Yo he dado testimonio de ello entre ustedes, en los mismos lugares de la gran prueba.

4. Pero los problemas de la justicia y de la paz desbordan en mucho este punto crucial. Se trata de poner en marcha la colaboración total entre los pueblos, entre todas las naciones. Estos días, el aniversario de la fundación de las Naciones Unidas nos recuerda que todos los países deben ser considerados por los demás igualmente con dignidad y cada país debe hacerse acreedor a ello. Lo que hay que hacer es abatir el muro de la desconfianza entre las naciones, y Su Excelencia ha destacado que la Santa Sede trabaja en este sentido; es ayudar a cada uno a respetar al otro en su tradición cultural, en su voluntad de vivir dignamente; es —al margen de las tentaciones de hegemonía— buscar las soluciones justas por el camino de las negociaciones equitativas; es, más aún, aceptar considerar las necesidades vitales de los demás, para que nadie se vea arrastrado por la miseria extrema, el hambre o la injusticia que hay que superar, o a comprometerse en procesos de violencia; es promover las condiciones de una libertad bien entendida, el respeto de los derechos humanos fundamentales. Sí, son precisas todas estas condiciones para edificar verdaderamente la paz: ella es inseparable de la preocupación por el desarrollo auténtico y solidario de los pueblos.

Será usted testigo aquí de los esfuerzos que la Santa Sede emplea en esta dirección, de cuales son las vías que propone a la aprobación de las naciones para resolver, de manera verdaderamente humana, los grandes problemas.

5. Sobre todo, este aspecto humano —que todos buscamos— supone una concepción clara y firme de la dignidad del hombre, de los derechos y deberes imprescriptibles de la conciencia. De cara a las investigaciones, a los hallazgos y las hazañas técnicas que los hombres desarrollan en todos los campos gracias al espíritu y a la libertad que Dios les ha dado al crearlos a su imagen, es urgente desarrollar al mismo tiempo un crecimiento de la conciencia, por un agudo sentido del bien y del mal, un respeto rectamente comprendido de la creación y el respeto absoluto al hombre que transciende las cosas. Esto es verdad cuando se piensa en las terribles posibilidades de que podría disponer el hombre con las armas. Es también verdad respecto a los graves riesgos que entrañan para el hombre las manipulaciones biológicas y genéticas, como Su Excelencia ha evocado. Incluso los Estados, en su preocupación por el bien común de sus ciudadanos, no pueden olvidar —lo mismo que la comunidad de naciones— interesarse en la formación del sentido ético. Las grandes tradiciones religiosas, tomando lo que en ellas hay de mejor, pueden contribuir poderosamente a fortificar esta dignidad humana y esta rectitud de la conciencia.

6. Pero el suplemento de alma que necesita la Humanidad no se limita a este sentido moral. Concierne también a la satisfacción de la aspiración religiosa que deja sus huellas siempre en el corazón humano y que una civilización materialista no sabría llenar. Eso empuja al hombre a establecer relaciones más profundas con el Ser trascendente, que es la fuente de la existencia de todo ser, de la vida, del amor, que da pleno sentido a la vida humana y que merece ser buscado, adorado y amado por El mismo. ¿No es esto precisamente la esencia misma de la religión? Es lo que la Iglesia quisiera atestiguar con la Tradición propia y en la que ella ve una misión al servicio de la Humanidad. Es lo que quiere promover la Santa Sede junto con la paz, la justicia y el desarrollo, respetando a las personas y a los pueblos. Es también lo que atestiguan las comunidades cristianas de Japón, cuya irradiación supera ampliamente su importancia numérica y que gozan entre ustedes de una libertad de culto y de enseñanza que honra a su País.

Por la felicidad, el progreso y la expansión en todos los ámbitos del pueblo japonés, renuevo ante usted fervientes votos. Pido al Todopoderoso que favorezca su cumplimiento. Y a usted, Señor Embajador, mis cordiales deseos para una feliz y fecunda misión. 


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 49, p.23.

 

© Copyright 1985 - Libreria Editrice Vaticana

 



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