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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE NICARAGUA
CON MOTIVO DEL CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL

 

Señor Cardenal Arzobispo de Managua,
amados Obispos de Nicaragua,
queridos hermanos y hermanas de Nicaragua,

1. Con vivos sentimientos de gozo y con profunda gratitud al Señor, me uno espiritualmente a vosotros en la celebración del Congreso Eucarístico Nacional que, bajo el lema “La Eucaristía, fuente de unidad y reconciliación” habéis preparado con tanto amor durante este “Año de la Eucaristía” y os disponéis ahora a culminar en la última semana del año litúrgico.

En esta solemne ocasión, deseo hacerme presente de un modo particular en la persona de mi Enviado especial, al Señor Cardenal Opilio Rossi, Presidente del Comité para los Congresos Eucarísticos Internacionales y por su medio hago llegar mi saludo paterno y afectuoso a todos los amados hijos de la Iglesia en Nicaragua.

La Eucaristía es por excelencia el sacramento de nuestra fe porque es la presencia misma de Cristo y de su sacrificio redentor; alimento espiritual y vínculo de comunión de todos los cristianos, fuente de caridad para la misión evangelizadora y prenda de la vida futura hacia la cual caminamos como peregrinos.

La circunstancia providencial de este Congreso Eucarístico va a ser sin duda un tiempo de gracia para todos. Habéis puesto en el centro de la fe y de la vida de vuestra Iglesia el misterio de la Eucaristía, es decir Cristo mismo, el Señor Crucificado y Resucitado, como fuente de unidad y de reconciliación. Sólo E1 es el Salvador de los hombres y el principio de la nueva humanidad. En El se concentran hoy los gozos y esperanzas de la comunidad eclesial que quiere ser fermento de unidad y de reconciliación al servicio de un pueblo que se siente hermanado en la fe cristiana, tesoro inapreciable de vuestra historia y energía creadora para vuestro futuro.

2. El lema que habéis elegido para este Congreso Eucarístico Nacional pone ya de relieve algunos aspectos del misterio eucarístico que están en el centro mismo de la revelación.

Nos lo recuerda San Pablo: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1Co 10, 16-17). Jesucristo, presente en la Eucaristía, con el don de su cuerpo y de su sangre nos comunica a todos la misma vida, derrama en nuestros corazones su Espíritu, nos hace miembros de su único Cuerpo, la Iglesia, y nos invita a vivir en la comunión del amor, signo eficaz de nuestra adhesión a su persona y a su Evangelio. En frase de San Agustín la Eucaristía es “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad” (S. Agustín, In Ioann. Evang. 26, c. 6, n. 13; cf. Sacrosanctum Concilium, 47).

Cada vez que celebramos la Eucaristía se renueva este misterio de unidad por medio del cual vive y crece la Iglesia y se presenta ante el mundo como sacramento universal de salvación. De hecho: «La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio de cual “Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado” (1Co 5, 7). Y, al mismo tiempo, la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico (cf. 1Co 10, 17)» (Lumen gentium, 3).

Todos sabemos que esta unidad que la Eucaristía realiza mediante el sacrificio y la comunión del cuerpo y la sangre del Señor, tiene unas exigencias inderogables. Son las exigencias previas de comunión en la misma fe y en la misma vida de la Iglesia, de la necesaria reconciliación sacramental con Dios y con los hermanos. Todo ello supone también la perfecta comunión eclesial, según un principio de la antigüedad cristiana: “Esforzaos por usar de una sola Eucaristía –dice San Ignacio de Antioquía–, pues una sola es la carne de nuestro Señor Jesucristo y uno solo es el cáliz para unirnos con su sangre, un solo altar como un solo obispo junto con el presbiterio y con los diáconos” (S. Ignacio de Antioquía, Ad Philad., 4)..

3. Es pues condición indispensable para la legítima celebración de la Eucaristía, como recuerda el Concilio Vaticano II (cf Lumen gentium, 26), la comunión con los Pastores de la Iglesia. Una comunión que exige la proclamación de la misma fe, la obediencia sincera al Magisterio, el afecto de caridad que en la misma plegaria eucarística se expresa orando por el Papa y por el Obispo de la Iglesia local. Todo ello manifestado también mediante el respeto debido a las normas litúrgicas en la celebración de los sagrados misterios, como signo de unidad en la fe y en la vida sacramental.

Con estas condiciones se realiza ese misterio de unidad que el Concilio Vaticano II ha expresado con tanta profundidad en un texto que manifiesta la centralidad del misterio de la Eucaristía para cada una de las comunidades eclesiales: “En toda comunidad, reunida en torno al altar bajo el sagrado ministerio del Obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad "y unidad del Cuerpo de Cristo, sin la cual no puede haber salvación”. En estas comunidades, aunque sean frecuentemente pequeñas y pobres y vivan en la dispersión, está presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia, una, santa, católica y apostólica” (Lumen gentium, 26).

El misterio eucarístico, presencia de Cristo y actualización de su sacrificio redentor, por ser misterio de unidad eclesial, debe estar a salvo de toda instrumentalización que pueda poner en peligro o desvirtuar su contenido cristológico y eclesial.

4. La Eucaristía es también fuente de reconciliación. Así lo expresamos en una de las plegarias eucarísticas: “Te pedimos, Señor, que esta víctima de reconciliación, traiga la paz y la salvación al mundo entero”(Prex Eucharistica III). En el sacrificio de la Misa se renueva el misterio de piedad que es la reconciliación que Cristo hizo en la cruz con su propia sangre. El sigue siendo nuestra paz, El que ha derribado el muro de la división que nos separaba, El que anuncia la paz a los de lejos y a los de cerca, El que nos ha reconciliado con el Padre y entre nosotros “pues por El, unos y otros tenemos acceso al Padre en un mismo Espíritu” (cf. Ef 2, 14-18).

Por eso la comunidad eclesial que celebra la Eucaristía recibe de Cristo la misión de ser una comunidad reconciliada y reconciliadora.

Ante todo una comunidad reconciliada. Por esta razón, como ya he recordado en la Exhortación Post-sinodal Reconciliatio et Paenitentia, “todos debemos esforzarnos en pacificar los ánimos, moderar las tensiones, superar las divisiones, sanar las heridas que se hayan podido abrir entre los hermanos” (Reconciliatio et Paenitentia, 9).

Sé que los Pastores de la Iglesia en Nicaragua están haciendo generosos esfuerzos en favor de esta reconciliación, tan necesaria para que todos los cristianos ofrezcan un ejemplo de mutua comprensión y ayuda, de sincera y visible unión en la verdad y en el amor. El Congreso Eucarístico Nacional debe sellar definitivamente este testimonio de reconciliación y de unidad por parte de todos: sacerdotes, religiosos y religiosas, ministros de la palabra, catequistas, laicos comprometidos, padres y madre de familia, jóvenes y niños. ¡Que la fe en Jesucristo, el amor a la Iglesia y la comunión con los Pastores estén por encima de toda fractura o división!

Fortalecida en su unidad, la Iglesia será cada vez más factor de reconciliación entre todos los hijos de la patria nicaragüense.“A lo largo de esta vía la Iglesia podrá actuar eficazmente para que pueda surgir lo que mi predecesor Pablo VI llamó la civilización del amor” (Reconciliatio et Paenitentia, 12).

También en Nicaragua tiene que surgir pujante una “Civilización del amor” en un pueblo reconciliado, donde el odio, la violencia o la injusticia nunca tengan lugar; una sociedad en la que sean siempre respetados los derechos inalienables de la persona humana y las legitimas libertades del individuo y de la familia. Sólo mediante una auténtica y profunda reconciliación de cada uno con Dios y de todos entre sí podrá alcanzarse la anhelada concordia, que permita a todos disfrutar de una vida justa dentro de un ambiente familiar sereno, en una patria solidaria y acogedora, una patria nicaragüense de paz y prosperidad.

El misterio de la Eucaristía en modo alguno es ajeno a la construcción de un mundo nuevo, sino que es su principio y fuente de inspiración, porque el Señor Jesús es el fundamento de la nueva humanidad fraterna y reconciliada.

5. Mis queridos hermanos y hermanas, la celebración del Congreso Eucarístico Nacional debe marcar un hito en vuestra historia y ser un momento decisivo para el futuro. Una Iglesia, una sola Iglesia que es cuerpo de Cristo, reconciliada y reconciliadora, unida en la misma fe y en el mismo compromiso de vida cristiana, bajo la guía de sus Pastores. Una Iglesia dispuesta al sacrificio y comprometida en un servicio de justicia y libertad para todo el pueblo de Nicaragua. Una Iglesia que sea testimonio vivo del amor de Jesucristo hasta incluso dar la vida por los hermanos.

En esta solemne circunstancia invito a todos a dirigirse conmigo a la Virgen María, la Purísima, como vosotros amáis invocarla. Confiando en su intercesión maternal elevo mi ferviente plegaria a Dios para que asista con su gracia a los amados hijos de Nicaragua. Me siento cercano de modo particular a los más necesitados: a los enfermos, a los ancianos, a los marginados, a todos los que sufren.

¡Que Cristo en la Eucaristía sea para todos los nicaragüenses vínculo de unidad y fuente de reconciliación!

Con afecto imparto a todos mi Bendición Apostólica.

Vaticano, 12 de noviembre de 1986.

IOANNES PAULUS PP.II



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