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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE CAMERÚN*

Viernes 31 de octubre de 1986

 

Señor Presidente:

1. Con gran alegría acojo aquí a Vuestra Excelencia. Para la Santa Sede, la visita oficial de un Jefe de Estado es siempre una feliz ocasión de manifestar su estima al pueblo que representa, y dar ánimos a los que tienen la carga del bien común. En esta ocasión soy más sensible a vuestra venida, pues guardo un recuerdo muy agradecido de la forma con que el año pasado yo mismo fui recibido en Camerún por Vuestra Excelencia y por todos sus conciudadanos, en cada una de las etapas de mi visita pastoral a Yaundé, Garúa, Bamenda, Duala. Había tenido ya ocasión de familiarizarme con las realidades de vuestro País, especialmente a través de los obispos camerunenses, que habían venido en visita «ad Limina». Pero, de ahora en adelante, guardaré en la memoria de los ojos y del corazón lo que caracteriza a vuestra Patria, gracias a lo que he visto y vivido en su territorio y a los contactos interesantes que he podido tener.

2. El Sucesor de Pedro, que os recibe en nombre de la Iglesia Católica cuya unidad preside, tiene como misión, vos lo sabéis, estimular el progreso espiritual de sus hermanos y de sus hijos en la fidelidad a la fe y en la comunión fraterna. Precisamente por esto comparte sus esperanzas o las pruebas referentes a su vida humana de cada día, su vida social, sus preocupaciones de justicia, de paz, de progreso cultural y moral, porque todo esto importa de modo considerable a la realización del designio de Dios sobre ellos y al crecimiento del reino de Cristo (cf. Gaudium et spes, 39, par. 2). Con este espíritu he prestado una viva atención y un gran interés a los esfuerzos considerables que hace vuestro País en diversos sectores.

3. Todos los observadores constatan en primer lugar que Camerún ocupa una posición importante en el centro del continente africano. Se beneficia de un cierto número de afortunadas circunstancias por su situación geográfica, con salida al mar, por la riqueza de su suelo, por el clima bastante clemente de la mayoría de sus regiones, por su posición de enlace entre las regiones francófonas y anglófonas. Incluso la multiplicidad de sus etnias supone una diversidad enriquecedora en la medida que, respetadas en sus particularidades, aceptan las necesidades del bien común e integran sus esfuerzos en orden al interés nacional. El número tan grande de jóvenes de menos de veinte años, aunque crea actualmente problemas serios para dar a todos condiciones satisfactorias de formación y de empleo, puede considerarse también como una promesa de vitalidad para el País.

4. Pero, evidentemente, estas posibilidades, que comportan también riesgos, sólo entrañan felices resultados si, en todos los niveles —desde los responsables políticos hasta los simples ciudadanos— se hacen esfuerzos exigentes en el sentido de un trabajo cuidadoso, de la honestidad y el rigor en la gestión, de la participación responsable, de la justicia respetuosa de los derechos fundamentales del hombre y del derecho de las minorías, del bien común que hay que garantizar y promover, de la calidad ética en las costumbres de los jóvenes y adultos. Corresponde a los que presiden el destino del pueblo camerunés hacer converger todos sus esfuerzos hacia el bien de todos y de cada uno, apoyándose —al mismo tiempo que en el sentimiento patriótico— en la cooperación de los cuerpos intermedios, en el sentido de las responsabilidades, en el sentido moral que cada uno ha de desarrollar, en conciencia, de acuerdo con la religión que profesa.

La Santa Sede se alegra al constatar que esta solicitud inspira la acción de vuestro Gobierno. Conoce vuestra voluntad de luchar contra la corrupción, de instaurar una democracia real que por una parte preserve la libertad, el respeto a los derechos y la iniciativa de empresa, y por otra promueva el sentido comunitario y garantice la unidad nacional. Sin confundir las competencias y los fines, la Iglesia piensa que, sobre muchos puntos, puede haber una convergencia entre esa intención y su propio compromiso.

5. Con la preocupación por la subsistencia del pueblo camerunés, observamos que vuestra política ha apostado con éxito por el desarrollo de la agricultura para llegar, en la medida de lo posible, a una autosuficiencia en la alimentación. Parece que hay en ello un ejemplo interesante para África, porque responde a la necesidad primordial de los pueblos y asegura una base sólida a la economía evitando las aliteraciones que afectan al mercado de algunos otros recursos.

Tenéis también la preocupación de modernizar las zonas rurales, de controlar el desarrollo excesivo en condiciones deshumanizadoras de grandes ciudades, de evitar la degradación del medio ambiente. A veces, por desgracia, se puede estar a merced de catástrofes naturales, ecológicas, como la que ha afectado recientemente a la región del Lago de Nios; nos hemos sentido profundamente solidarios con vosotros en esa prueba.

Vuestro Gobierno afronta también la promoción cultural de las poblaciones, que eleva el espíritu, desarrolla el sentido de las relaciones, prepara a las responsabilidades. Ciertamente es consciente de las grandes dificultades de la educación y de la orientación profesional de jóvenes, a menudo separados de sus familias por las condiciones de la vida escolar. La Iglesia comparte totalmente esta preocupación que fue el tema de mi homilía en Duala.

La familia será siempre la célula base de la sociedad. Los que tienen la responsabilidad del bien común no pueden dejar de preocuparse por favorecer la estabilidad de la familia, su unidad, la acogida de la vida según una paternidad responsable de los esposos, la autoridad natural de los padres para asegurar a los hijos las condiciones afectivas y educativas necesarias. Yo mismo he hablado a los católicos de estos valores familiares en Bamenda.

6. Por lo que respecta a la política exterior, me resultó muy grato aprovechar mi estancia en vuestra capital para exponer, en presencia de los Cuerpos constituidos y de las Representaciones Diplomáticas, todo lo que me parece que requiere el bien de África. Deseo, con usted, que los pueblos africanos contribuyan, en la medida de sus medios, a la solución de los graves problemas de los países de su continente, que evoqué en aquella ocasión: la independencia nacional en la plena libertad, la autosuficiencia económica, la justicia en las relaciones comerciales internacionales, el problema del hambre, la prueba de la sequía —hacia la que habéis manifestado generosamente vuestra solidaridad— ..., la miseria de los refugiados, la injusticia de la discriminación racial, el drama de las guerras fratricidas o de los focos de violencia que avivan ciertas potencias extranjeras, las diversas violaciones de los Derechos del hombre. Ciertamente, si es verdad que cada país debe cada vez más hacerse cargo de su propio desarrollo, con una ayuda mutua internacional equitativa, y arreglar sus problemas sin ingerencia extranjera, también tiene necesidad de la comprensión, de la sabiduría, de la solidaridad de los demás, tanto en el marco de la Organización de la Unidad Africana o de la Organización de las Naciones Unidas y de sus Instituciones especializadas, como en las relaciones bilaterales de buena vecindad. No dudo que Camerún da en este campo una feliz contribución.

7. Vuestra Excelencia conoce la solicitud de la Iglesia por todas estas cuestiones, tal como la ejerce la Santa Sede, y también las Iglesias locales con su acción; pienso ahora en la Iglesia de Camerún, que reúne una parte considerable de la población. He visto cómo vuestros compatriotas supieron acoger el Evangelio y establecer una simbiosis entre la fe cristiana y los valores del alma africana. Mi visita pastoral a Camerún tenía la finalidad, ante todo, de confirmar esta Iglesia que pronto va a celebrar su centenario y que progresa en el marco de la libertad religiosa garantizada a todos los ciudadanos. Yo sé cómo usted mismo, Señor Presidente, en el pleno respeto de las demás creencias religiosas de vuestros compatriotas, se ha familiarizado con la fe católica y se preocupa por su desarrollo. De su parte, la Iglesia aporta con agrado su contribución específica para responder a las necesidades humanas a las que el País ha de hacer frente: la educación de los niños y de los jóvenes, por los que las escuelas católicas despliegan un gran esfuerzo que bien merece apoyo, la formación de los estudiantes para la que se prepara un Instituto católico, el cuidado de los pobres y enfermos; la iniciación a los valores familiares, la formación de las conciencias a todas las virtudes que edifican la sociedad, tales como el buen juicio, el coraje, el sentido de las responsabilidades, la solidaridad, el amor fraterno.

Aprovecho nuestro encuentro para renovar mi saludo y mi bendición a todos mis hermanos y hermanas de la Iglesia Católica en Camerún, a los que deseo ayudar a profundizar su fe y a confirmar su caridad.

Saludo también a todos los demás ciudadanos de Camerún que son cristianos o que siguen el Islam o también las religiones tradicionales.

A todos deseo la felicidad, la prosperidad, el progreso moral, social y espiritual. Hago votos para el desarrollo armónico de vuestra nación en pleno crecimiento.

A usted mismo, Señor Presidente, y a todos los que comparten con usted la altísima responsabilidad del poder político que está al servicio de todos los camerunenses, renuevo mis sentimientos de profunda estima y mis votos ardientes para el cumplimiento de vuestra misión. Llevo vuestras intenciones a la oración y, de todo corazón, pido al Altísimo que colme a usted, así como a todos los suyos, de sus bendiciones.


*L'Osservatore Romano, edición Semanal en lengua española, n. 46, p.11.



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