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VISITA PASTORAL A AUSTRIA

ENCUENTRO DEL PAPA JUAN PABLO II
CON EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA Y
CON EL CUERPO DIPLOMÁTICO EN EL «WIENER HOFBURG»*

Viena
Jueves 23 de junio de 1988

 

Excelentísimo Señor Presidente Federal;
Excelentísimo Señor Canciller Federal;
Excelentísimos Señoras y Señores:

1. Tras la emotiva celebración religiosa en la catedral vienesa de San Esteban, es para mí una gran alegría tener la oportunidad de presentar mis saludos sinceros en este marco solemne a usted, Señor Presidente Federal, a los miembros del Gobierno Federal y a los demás representantes de la República de Austria. Les agradezco de corazón la honrosa acogida y la gran simpatía que han prestado a éste mi segundo viaje a su País desde el momento de su anuncio. Los amplios preparativos que han realizado ustedes por parte estatal para que esta visita pastoral transcurra de forma adecuada, contribuirán sin duda muchísimo a que los encuentros con las personas en los diferentes lugares se conviertan en vivencias duraderas.

Este espíritu de colaboración y nuestro encuentro de hoy subrayan una vez más las buenas relaciones existentes desde hace tiempo entre Austria y la Santa Sede. Sobre la base de la libertad de credo y de conciencia, reconocida en su Constitución, y de los Acuerdos mutuos recogidos en el Concordato, la vida de la Iglesia Católica en Austria se ha podido desarrollar fecundamente. Los cristianos católicos han aportado una contribución considerable, tanto en los momentos felices como tristes de su País. En este año 1988 precisamente deseo recordar el camino de sufrimiento que, en un pasado muy reciente, tuvo que aceptar Austria, con otros pueblos, al verse sometida a una tiranía inhumana. Entre las personas que sufrieron persecución en aquel período por motivos religiosos, raciales o políticos, se hallan también muchos católicos, sacerdotes, religiosos o seglares.

2. La actual Constitución democrática de su Estado, y el orden de libertad fundado en ella, constituyen una herencia valiosa, que debe ser protegida y desarrollada cuidadosamente. A pesar del pluralismo de ideas que reina actualmente, la vida en Austria continúa estando impregnada básicamente en muchos aspectos por valores cristianos. La libertad bien entendida no significa libertinaje y arbitrariedad, sino que, como dijo justamente un teólogo (Joan de Sálisbury), es el derecho a hacer el bien.

El bien, al que el lema de mi visita pastoral quiere volver a alentar a las gentes de este País, es el «sí a la vida” en todas sus dimensiones. La Iglesia dice este sí desde su propia fe, un sí claro e incondicional, sintiéndose así solidaria con la sociedad en la que vive. Pero cuando existe el peligro de que se recorten o limiten ciertas dimensiones de la vida, también se siente obligada a realizar el servicio profético de la denuncia, de forma oportuna e inoportuna.

Nuestro sí a la vida debe incluir el sí a la libertad y a la dignidad del hombre, el si a la tolerancia y el sí a la justicia y a la paz. Un sí a la vida entendido de este modo impide perseguir o difamar a personas que piensen de forma distinta a la nuestra. Exige el reconocimiento del derecho que tiene todo hombre a la vida y la convicción de que la libertad de una persona acaba donde comienza la libertad del otro. La justicia y el bien común constituyen esas metas esenciales a las que debe dirigirse la actividad humana, tanto en la vida nacional como internacional. El Concilio Vaticano II dice en la Constitución Pastoral Gaudium et spes: «El ordenamiento social y su desarrollo tienen que orientarse continuamente al ‘bien de las personas: pues el ordenamiento de las cosas debe estar al servicio de «las personas y no al revés» (Gaudium et spes, 26). Un ordenamiento que haga justicia a lo humano comienza con la protección de la vida de los no nacidos, exige el respeto al matrimonio y a la familia, la preocupación por los puestos del trabajo, diálogo y colaboración, que sean reflejo de la confianza en todos los ámbitos posibles de la vida social. Si el respeto a la dignidad y a los Derechos fundamentales de la persona se sitúa en el centro de nuestra actividad, podrán solucionarse de forma adecuada y justa o incluso evitarse muchas veces de antemano divergencias sobre intereses privados, fronteras de partido o de naciones.

3. Los esfuerzos de Austria por una paz nacional e internacional que sea fruto de la justicia, su compromiso activo en el respeto de los Derechos Humanos, su ayuda a muchos refugiados y su solidaridad con los grandes problemas del Tercer Mundo: todo esto merece, el respeto internacional a su País. La Iglesia Católica en Austria, en unión con la Iglesia universal, se ha hecho abogada enérgica en este tema y está dispuesta a seguir trabajando en esta línea con espíritu de colaboración. Estoy seguro de que, aunque Austria y otros países se enfrentan con crecientes dificultades económicas, ustedes no dejarán de seguir prestando su ayuda también en el futuro a las personas que sufren en todo el mundo. Que vuestro País siga teniendo una puerta abierta para los que tienen que abandonar su patria de origen en condiciones trágicas.

Austria conoce la fortuna y la misión que comporta ser puente en el corazón de Europa y, en esta línea, realiza ejemplares esfuerzos en el terreno de la política y de la cultura. Uno no puede conformarse ante la situación de que estados o pueblos, especialmente si son vecinos, vivan distanciados o sin ningún tipo de relaciones. Todo nuestro continente europeo necesita un proceso creativo de renovación en orden a constituir una Europa unida. A esta obra de mediación y entendimiento, la Iglesia puede aportar una importante contribución. En todos los países de Europa, la fe constituye, desde los comienzos, una energía configurante, capaz de superar fronteras. Como subrayé en Roma, con mi discurso a los participantes en el V Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas, en octubre de 1982, la Iglesia y Europa son «dos realidades íntimamente unidas en su ser y en su destino. Han realizado juntas un recorrido de siglos y permanecen marcadas por la misma historia. Europa fue bautizada por el Cristianismo, y las naciones europeas en su diversidad, han dado cuerpo a la existencia cristiana. En su encuentro se han enriquecido mutuamente con valores que, no sólo han venido a ser el alma de la civilización europea, sino también patrimonio de toda la Humanidad”. Esta entidad cristiana y esta unidad interna de Europa hay que redescubrirlas conjuntamente y hacer que sean fecundas para el futuro de este continente y del mundo.

4. Excelentísimos señoras y señores: Servir a la persona: ésta es la misión de los gobernantes del Estado. Esto se expresa incluso en el nombre del alto ministerio dado a su función. Servir a la persona es también misión y objetivo de la Iglesia y de todos los cristianos verdaderos que pertenecen a ella. Cuanto mayor sea la decisión con que la Iglesia sirva a Dios, tanto más decididamente servirá también a los hombres.

Cuando los más altos responsables del Estado y los Pastores de la Iglesia trabajan conjuntamente para el bien de la persona, respetando la autonomía propia del Estado y de la Iglesia, realizan su misión respectiva con una importante dimensión. Los interrogantes y las tareas que se plantean ya hoy y se plantearán tal vez mañana con mayor urgencia a la entera sociedad, hacen que esta colaboración abierta y recíprocamente respetuosa aparezca como algo altamente deseable.

Con la esperanza de que la colaboración amistosa que ya existe en Austria entre Estado e Iglesia siga desarrollándose y se haga más fecunda, les expreso mis mejores deseos personales a ustedes, Señor Presidente Federal y Señor Canciller Federal y a todos ustedes, que, como miembros del Gobierno Federal de Austria o de cualquier otra forma, ocupan puestos de gran responsabilidad en el Estado y en la sociedad. Esos deseos son para mí al mismo tiempo una oración al Dios Trino: Que Él continúe protegiendo y colmando de bendiciones este País y a sus gentes.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n 31, p.9.

 

© Copyright 1988 - Libreria Editrice Vaticana

 



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