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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE KUWAIT ANTE LA SANTA SEDE
*

Jueves 24 de marzo de 1988

 

Señor Embajador:

La noble expresión de los sentimientos que le animan, en este día que sin duda alguna es importante, ha llamado notablemente mi atención. Se lo agradezco cordialmente.

1. A los ojos de la opinión pública, la ceremonia de presentación de las Cartas Credenciales de un Embajador ante la Santa Sede puede parecer simplemente protocolaria. En realidad, se trata de un encuentro de personas y, por modio de ellas, de un encuentro entre el poder temporal y el poder espiritual resueltos a cooperar, respetando sus respectivas competencias, para bien de un determinado pueblo, así como en la medida que sea posible y oportuno, para el bien de otras naciones.

Su Excelencia ha sido escogido y acreditado por su Alteza Cheikh Jaber Al Ahmed Al Sabah, Emir del Estado de Kuwait, con el fin de continuar y perfeccionar aún las relaciones diplomáticas que el Emirato ha querido establecer con la Santa Sede desde hace años. El ministerio eclesial que me incumbe me ofrece el gozo de acogerle con la esperanza del éxito de su misión como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante la Santa Sede. Deseamos ambos, Señor Embajador, que estas relaciones diplomáticas contribuyan al mantenimiento y aplicación concreta de los principios fundamentales de civilidad y humanidad, de los cuales la religión católica, por su parte, se esfuerza por ser la atenta guardiana.

No puedo olvidar que Su Alteza el Emir del Estado de Kuwait le ha encargado de transmitirme, tanto para el esplendor de la Sede Apostólica, como para mi persona, deferentes y sinceros votos. Confío a Su Excelencia el encargo de expresar mi viva gratitud a Su Alteza, junto con mis mejores deseos por la paz y prosperidad del Emirato.

2. Ha destacado usted, Señor Embajador, las felices relaciones existentes entre Kuwait y la Santa Sede, basadas sobre una voluntad común de libertad, de paz, de justicia. Ya su predecesor, Su Excelencia el Señor Essa Ahmad Al-Hamad, ha trabajado en este sentido durante doce años. Le estamos agradecidos. Y vos mimo, Excelencia, no tenéis más que un deseo: el de conservar e incluso ampliar el diálogo, leal, confiado y constructivo entre vuestro Gobierno y la Santa Sede, preocupado por cooperar al bien de la Humanidad, especialmente para la paz. ¡La paz, base de la felicidad a la cual aspira todo ser humano y toda nación! La paz que la Santa Sede quiere favorecer con todas sus fuerzas en cumplimiento de su misión espiritual específica, que incluye el recordar los imperativos éticos indispensables para la realización de tareas humanitarias o socio-políticas.

Como eco de sus propósitos, en lo referente al ideal de paz y al espíritu de tolerancia que honran a su Gobierno, comprenderá usted que me preocupe de recordar a la comunidad católica presente en el territorio del Emirato y de la cual Monseñor Francis Micallef, Vicario Apostólico, tiene el cuidado. Estos hijos de la Iglesia Católica constituyen una minoría. Además, vienen de países extranjeros: sobre todo del Oriente Medio, pero también de Occidente y de Asia del Sur. Ciertamente tienen el deber de respetar las leyes del país que les recibe y que les permite participar en la vida económica del Emirato. Recíprocamente, el Gobierno de Kuwait, como todo Estado que recibe extranjeros en su territorio, ha de respetar y eventualmente proteger a estos trabajadores y sus opciones de conciencia, morales y religiosas. En mi último Mensaje para la Jornada mundial de la Paz, celebrada el 1 de enero, he insistido en la libertad religiosa como condición para vivir en paz. Un delicado aspecto de este problema fundamental se precisaba en estos términos: «Aún en el caso de que el Estado atribuya una especial posición jurídica a una determinada religión, es justo que se reconozca legalmente y se respete efectivamente el derecho de libertad de conciencia de todos los ciudadanos, así como el de los extranjeros que residen en él, aunque sea temporalmente, por motivos de trabajo o de otra índole» (a. 1). Su Gobierno merece ser estimado por su actitud de aprecio hacia la minoría católica, distribuida en pequeñas comunidades dispersas por Kuwait.

Estas familias o personas, que han llegado a título individual, tienen necesidad de lugares de culto, suficientemente cercanos a sus domicilios y lugares de trabajo, así como necesitan también sentirse libres para poder acudir a ellos. Las familias católicas extranjeras, que cuentan con hijos en edad escolar, desean poder dar a sus hijos una formación humana y religiosa a su gusto. Para responder a sus necesidades es justo que las escuelas católicas puedan dirigir libremente su actividad educativa. Finalmente, pienso en los sacerdotes que cooperan con el Vicario Apostólico en la asistencia espiritual de los fieles. Ellos cuentan con la amplitud de miras del Gobierno y no pueden dejar de apreciar su acción, cuando éste facilita sus desplazamientos y les permite hacer llegar las publicaciones y los objetos necesarios para la enseñanza y el culto religiosos. Con todo esto, aunque brevemente, tocamos el problema grave y delicado del absoluto respeto por la conciencia de los creyentes.

3. Por último, le estoy agradecido, Señor Embajador, por haber puesto de relieve los esfuerzos de su Gobierno en orden a contribuir, según los medios de que dispone y particularmente a través de la diplomacia, a la difícil solución de los conflictos que persisten en su región, y en el mundo, allí donde la paz es amenazada o rota. Si su País no puede realizar todo lo que desearía en favor de la paz, no es menos cierto que goza de una influencia real. Me alegro de tener la oportunidad de animarle a que se distinga cada vez más por su voluntad perseverante de promover el espíritu de diálogo y de negociación, que es el único camino de una paz verdadera. Le puedo asegurar, Señor Embajador, que, conforme a sus propios deseos, encontrará aquí siempre la escucha y el apoyo que le puedan ser útiles en su misión y en sus esfuerzos de paz y fraternidad, con vistas a la felicidad del género humano.

Al término de este encuentro, hago mis votos cordiales para que su elevada misión, que inicia hoy, le dé numerosas satisfacciones en el mismo nivel de su trabajo diplomático, pero también en el de un nuevo redescubrimiento de la Iglesia Católica, de su historia antigua y reciente, de su diplomacia, y finalmente de su acción al servicio del mundo contemporáneo.

Confío a Dios Todopoderoso vuestra persona, aquellos que os son queridos, y el Emirato de Kuwait, que desde ahora tenéis el honor de representar ante la Santa Sede.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.19, p.6.



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