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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE DINAMARCA ANTE LA SANTA SEDE
*

Jueves 20 de octubre de 1988

 

Señor Embajador:

1. Es para mí un gozo acogeros como Representante Permanente y Plenipotenciario de la Reina Margarita II ante la Santa Sede. Tenga a bien Vuestra Excelencia expresar a Su Majestad mi respetuosa gratitud por los votos que me ha formulado, y mi viva satisfacción por la elección de vuestra persona al servicio de la noble misión cuyo inicio señala esta ceremonia.

En este momento en el que inauguráis vuestra alta misión ante la Santa Sede, estoy contento de constatar, Excelencia, que la abordáis con el espíritu que debe animar toda acción diplomática. Las relaciones entre los Gobiernos y la Sede Apostólica son más provechosas cuando se basan sobre concepciones comunes de respeto integral de toda persona humana y de todo pueblo. Los hechos han mostrado demasiado frecuentemente las consecuencias trágicas a las que conduce el olvido o el desprecio de este sagrado principio. Estoy seguro, Señor Embajador, que en perfecta armonía con los dirigentes de vuestra Nación, trabajaréis – según los medios propios de la Diplomacia – por un nuevo avance de los ideales que constituyen el valor de una civilización y la felicidad real de la Humanidad. Todo país que se esfuerza por educar a sus ciudadanos, en todas las etapas de su vida, según valores morales tales como el respeto, la tolerancia, el espíritu de solidaridad, la fidelidad en los compromisos, es un país en verdadero crecimiento. Este bagaje moral resulta aún más valioso que el poder económico, y constituye para cualquier nación una riqueza digna de ser transmitida a las siguientes generaciones, y cuya influencia se extiende más allá de sus fronteras.

2. ¿Cómo no mostrarse sensible a las palabras que Vuestra Excelencia acaba de pronunciar a propósito de la acción perseverante de la Santa Sede en el campo del respeto de los Derechos Humanos, de la instauración de una justicia más efectiva, y de la solidaridad con los pueblos más desheredados? Sé que sus propósitos, Señor Embajador, son eco de las convicciones que inspiran a su Gobierno y al Pueblo danés.

La Santa Sede sigue con gran interés los esfuerzos realizados por numerosas naciones para llevar a cabo, a pesar de los obstáculos, una civilización verdaderamente fraterna, desde el respeto efectivo de la libertad bien entendida y de una mejor distribución de los bienes. Con gozo felicito, a través de vuestra persona, a toda Dinamarca, la cual forma parte de los países que dedican el más alto porcentaje de su renta nacional a ayudar a países en vías de desarrollo.

3. Tuve ocasión de subrayar, en mi reciente visita a las Instituciones Europeas en Estrasburgo, que las raíces cristianas de las naciones del Viejo Continente constituyen una fuente esencial para la comprensión del hombre, para la expansión de la cultura y la orientación de la actividad pública. Dinamarca tiene una antigua tradición cristiana, y su aportación se integra adecuadamente en el esfuerzo que Europa realiza, tanto por recobrar su propia identidad, como por dar lo mejor de sí misma en sus relaciones con todas las naciones.

Mi pensamiento se dirige hoy particularmente a la comunidad católica de Dinamarca, poco numerosa, pero no por ello menos próxima. Produce satisfacción saber que está en buena armonía con el conjunto de vuestros compatriotas.

Estos próximos días, un acontecimiento llamará felizmente la atención sobre la influencia cristiana de vuestra Nación: la beatificación de Niels Stensen, sabio y hombre de la Iglesia danesa que será venerado como un ejemplo significativo presentado a toda la Iglesia. Ha subrayado usted mismo el alcance de este acto del Sucesor de Pedro, y me alegro de ello.

4. En vuestro discurso, destaco también la mención que habéis hecho del movimiento ecuménico. Vuestros compatriotas están ligados a él, como la Santa Sede, que no deja de favorecerlo. Deseo que el diálogo entre cristianos de diversas confesiones siga desarrollándose en vuestro País y en otras partes, con la búsqueda clara de la verdad, con la mutua estima, con las diversas formas de cooperación hoy posibles por el camino de la unidad.

Señor Embajador: Habéis dicho, con términos corteses, que Dinamarca aguarda con esperanza la visita que debo realizar el próximo año. Me siento dichoso por tener pronto esta ocasión de un contacto directo con los católicos de Dinamarca, y también con todo el pueblo danés y con sus dirigentes; os agradezco el que queráis facilitar el proyecto de este viaje.

En el umbral de vuestra misión ante la Sede Apostólica, os deseo, Excelencia, que encontréis en su cumplimiento las satisfacciones que esperáis. Podéis estar seguro de la disponibilidad de mis colaboradores que os acogerán con mucho gusto y se esforzarán por facilitar vuestra tarea.

Os estaría muy agradecido si transmitieseis a Su Majestad la Reina Margarita II los deferentes votos que formulo por ella, por su familia y por todo el pueblo danés. Confío estos votos al Señor y pido que bendiga a Dinamarca.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.47, p.22.



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