Index   Back Top Print

[ EN  - ES  - FR  - IT ]

VIAJE APOSTÓLICO A MADAGASCAR, LA RÉUNION, ZAMBIA Y MALAWI
(28 DE ABRIL - 6 DE MAYO DE 1989)

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO EN ZAMBIA
*

Miércoles 3 de mayo de 1989

 

Excelencias, señoras y señores:

1. Es para m un placer tener esta ocasión para encontrarme con los distinguidos jefes de Misión y personal diplomático acreditado ante el Gobierno de Zambia. Por medio de vosotros saludo a cada una de las naciones y pueblos a los que representáis. También dirijo mi saludo a los representantes de las Organizaciones internacionales. Todos estáis trabajando por el bienestar y progreso pacífico de los pueblos, siendo conscientes del hecho de que la verdadera paz y el desarrollo se deben basar en la buena voluntad, en la justicia y en la colaboración en las relaciones internacionales. Vuestra tarea es importante y requiere gran dedicación y sensibilidad. Expreso mi estima y os animo en vuestro servicio en esta parte de África.

2. Como saben ustedes, mi visita es sobre todo la visita del Obispo de Roma, el Sucesor del Apóstol Pedro, a las comunidades católicas de Zambia, Malawi, Madagascar y La Reunión. Al mismo tiempo, mis visitas a los diferentes países me permiten manifestar la profunda solidaridad de la Santa Sede con todos los pueblos de la tierra en el trabajo por la realización de su destino. Con respeto sumo por las aspiraciones de todos los pueblos de vivir su identidad en libertad y seguridad, con profundo interés por el camino en que la dignidad y los derechos humanos se respetan y promocionan, la Santa Sede está presente en la comunidad internacional ―no como una potencia política, económica o militar― sino buscando especialmente fortalecer una reflexión moral y ética y un diálogo sobre las grandes cuestiones que afectan las vidas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

La persona ―en la plenitud de la dignidad humana― es el objeto de la misión y responsabilidad de la Iglesia. La Santa Sede está convencida de que sólo una perspectiva más amplia en los ideales morales y en los principios de bondad, justicia y verdad en las relaciones humanas, pueden resolver las complicadas cuestiones que afectan a la comunidad mundial. El desarrollo integral y el bienestar de los individuos y de todos los pueblos, deben ser cada vez más el objetivo que procuren las autoridades publicas, los Gobiernos y las Organizaciones internacionales, para que el mundo supere las tensiones y conflictos que continuamente amenazan la paz. Con palabras de mi predecesor Pablo VI: "el desarrollo es el nuevo nombre de la paz" (Populorum progressio, 87).

3. La Santa Sede ha pedido insistentemente una reflexión moral y ética sobre los graves problemas que afectan a la sociedad, problemas que requieren colaboración más fuerte entre las naciones desarrolladas y las que están en vías de desarrollo, entre el Norte y el Sur, entre el Este y el Oeste. Deseo hacer alusión brevemente a los temas de dos documentos recientes: uno sobre el racismo y el otro sobre la cuestión de la deuda internacional.

El racismo y su expresión en sistemas que propugnan discriminaciones sociales, económicas y políticas, es considerado por la Iglesia como claramente contrario a la fe y al amor cristiano. Desafortunadamente, siguen existiendo manifestaciones teóricas y prácticas del racismo en el mundo en una gran medida, en muchas formas y grados, si bien el sistema del" apartheid" es la expresión más obvia y dramática. Al combatir este problema moral, la Iglesia pide un cambio necesario, pero constructivo, logrado por medios pacíficos. Se debe superar la discriminación no por medio de violencia, sino a través de la reconciliación. Es mi frecuente y ferviente oración que el Dios Omnipotente inspire a todos los comprometidos para que comprendan que la base de una solución auténtica al racismo en general, y al "apartheid" en particular, es la convicción de la igual dignidad de todo ser humano como miembro de la familia humana e hijo de Dios.

4. El problema de la deuda internacional es un ejemplo claro de la interdependencia que caracteriza las relaciones entre los países y los continentes. Es un problema que no se puede solucionar sin la comprensión y acuerdo mutuos entre las naciones deudoras y las acreedoras, sin sensibilidad a las circunstancias reales de las naciones endeudadas por parte de las agencias de créditos, y sin una política sabia y comprometida de crecimiento por parte de las mismas naciones en vías de desarrollo. ¿Es acaso una mera cuestión retórica preguntar cuántos niños mueren a diario en África porque los recursos se están gastando ahora en el pago de la deuda? No es este el momento para lamentarse de las políticas del pasado o de aquellos elementos del marco económico o financiero internacional que han llevado a la situación presente. Lo que hace falta ahora es una nueva y fuerte solidaridad internacional, una solidaridad no basada en el interés propio, sino inspirada y guiada por una verdadera preocupación en favor de los seres humanos.

Recientes movimientos por parte de las naciones desarrolladas y acreedoras para rebajar los intereses de pago sobre las economías de las naciones deudoras, son obviamente un paso en la dirección correcta. Estos movimientos merecen ser estimulados. Pero todavía queda mucho por hacer. La Iglesia dirige primeramente su atención hacia los valores morales y éticos implicados. Apela a la conciencia y al corazón de los que pueden aportar una solución al problema, respetando la dignidad igual de todas las personas. Le corresponde siempre y en todas partes, por obediencia al Evangelio, insistir en la justicia, la reconciliación y el amor. Cada vez es más evidente que las medidas de solidaridad son necesarias para devolver la esperanza a los pueblos que han sufrido hasta lo indecible. Oro para que aquellos que pueden influir sobre los acontecimientos expresen verdaderamente esta solidaridad mediante una aproximación nueva y generosa a los problemas de la deuda internacional.

5. En esta distinguida asamblea no puedo por menos de hacer referencia a la trágica situación que están experimentando en África y en otras partes millones de seres humanos que se ven forzados a abandonar sus hogares y tierras nativas por el hambre, la guerra y el terrorismo. Debemos prestar atención a los sufrimientos de estos hermanos y hermanas. Hay muchos hombres y mujeres ofendidos en su dignidad humana inalienable, perjudicados en cuerpo y mente, condenados a una existencia miserable sin culpa por su parte. Como he dicho frecuentemente la situación de los millones de refugiados en los diferentes continentes, es una herida amarga que tipifica y revela las desproporciones y conflictos del mundo moderno (cf. Solicitudo rei socialis, 24).

Deseo aprovechar esta oportunidad para expresar mi aprecio a los Gobiernos de las dos naciones de África continental que estoy visitando por lo que hacen para ofrecer hospitalidad y ocuparse de las necesidades de los numerosos refugiados que residen en sus territorios. Zambia esta dando un ejemplo de apertura y solidaridad que honra a sus líderes y a su pueblo. Malawi está profundamente afectada por una gran afluencia de refugiados provenientes del vecino Mozambique, y debe ser alabada por los heroicos esfuerzos que hace en su cuidado, hasta el punto de ver disminuidos sus propios recursos esenciales. Quisiera apelar a vosotros como diplomáticos para que veáis esta tragedia no sólo en términos políticos, sino también como un profundo drama humano al que debéis prestar atención y buscar la asistencia de vuestros propios países y de las organizaciones que representáis. La atención a los refugiados no sólo incluye la solución de sus necesidades inmediatas, sino también la ayuda para que conserven su identidad social, cultural y religiosa. Pues es precisamente esta identidad la que les sostiene en su situación y la que les da la esperanza de un futuro nuevo y mejor.

6. En los últimos meses ha habido signos de progreso hacia la paz y reconciliación en Sudáfrica. Lusaka ha sido un centro de encuentros tanto oficiales como extraoficiales de las partes implicadas en los conflictos. El mundo mira con expectación y esperanza los pasos que se están dando por cumplir los acuerdos de Nueva York que lleven a la independencia de Namibia y a la retirada de las fuerzas extranjeras de Angola. Es importante que dichos procesos se promocionen y se fortalezcan por medio del apoyo de la comunidad internacional.

De nuevo vemos aquí una prueba de la interdependencia de las naciones del mundo. Apelo a todos aquellos que oyen mi voz para que Namibia, el último país de África que obtiene la independencia, sea plenamente aceptado en la familia de las naciones, esto es, sea apoyado en su independencia y se le dé toda asistencia en el camino hacia la autonomía económica, social y política.

La solidaridad internacional reclama un abandono de las políticas egoístas o inspiradas por intereses demasiado partidistas. La verdadera capacidad de gobernar implica una visión realista y amplia de los caminos que está tomando la familia humana en su búsqueda de una mejor y más digna existencia. Es esencial para el progreso de la humanidad la convicción de que las diferencias y tensiones se deben resolver no por la fuerza o por las amenazas, sino por medio de métodos sinceros y pacíficos. La comunidad diplomática desempeña en esto un papel muy directo.

7. Queridos amigos: Para los que creen en la Divina Providencia y en el plan amoroso de Dios para la familia humana, la esperanza de la paz y del progreso se convierten en una oración ardiente que brota de lo profundo de nuestros corazones, donde nos sentimos unidos a los demás seres humanos en fraternidad y solidaridad.

"Yahvé te bendiga y te guarde: ilumine Yahvé su rostro sobre ti y te sea propicio. Yahvé te muestre su rostro y te conceda la paz" (Nm 6, 24-26).

Que Dios os bendiga a cada uno de vosotros y a vuestras familias. Que colme de sus dones a los países y gentes a las que representáis. Que ame y proteja a las gentes de Zambia, nuestros amables anfitriones y amigos.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.21, pp.15, 17.



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana