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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA
*

Sábado 27 de mayo de 1989

 

Señor Presidente:

Su visita de esta tarde representa el más reciente de los numerosos contactos entre los Estados Unidos de América y la Santa Sede. Antes de usted, algunos de sus predecesores, y otros muchos americanos ilustres han sido acogidos aquí. Nuestro encuentro me ofrece la posibilidad de agradecer la muy apreciada hospitalidad, que recibí en su País, y de recordar las amables atenciones personales que como Vicepresidente tuvo conmigo cuando partí de Detroit en septiembre de 1987, el año del bicentenario de su Constitución.

Nuestro encuentro de hoy tiene también un contexto histórico especial, pues se produce en un año en que se conmemora el bicentenario de su primer congreso bajo la Constitución y también del establecimiento en Baltimore de la primera Diócesis católica de su tierra. Para la Santa Sede ésta es una ocasión para expresar de nuevo su estima a todo el pueblo americano y a los dos siglos de experiencia étnica y fraternal que se llaman «Estados Unidos de América».

Hace treinta años, su País celebraba otro bicentenario histórico, conectado con su declaración de independencia. En aquel tiempo, mi predecesor Pablo VI dijo unas palabras que son aplicables al momento actual y que merecen atención: «En todo momento –dijo–, vuestro centenario os habla de principios morales, convicciones religiosas, derechos inalienables dados por el Creador... Yo tengo ferviente esperanza de que... esta conmemoración de vuestro bicentenario será ocasión para una mayor dedicación a los profundos principios morales formulados por vuestros padres fundadores e integrados para siempre en vuestra historia» (Mensaje a los congresistas americanos, 26 de abril de 1976). La dedicación de América a la gran herencia que tiene en propiedad, a los valores del espíritu, a algunos de los cuales ha aludido usted al comienzo de este año en su mensaje inaugural, da esperanza y confianza a los que la miran con amistad y estima.

En ese mensaje inaugural, Señor Presidente, usted se refirió al hecho de que el poder existe «para ayudar al pueblo», «para servir al pueblo». Esto vale para los diferentes niveles de poder, entre los que se incluyen el político y el económico. También se cumple a nivel de cada comunidad con su poder de amor fraterno y compromiso. Se presenta en todas estas áreas un inmenso reto a los Estados Unidos en su tercer siglo de existencia como nación. Su misión como pueblo comprometido en buenas obras y dedicado al servicio de los demás tiene como horizontes las fronteras de su nación y aún más allá: tanto cuanto abarca la Humanidad.

Actualmente se está viendo reafirmada y reconocida la interdependencia de la Humanidad en los acontecimientos que alcanzan dimensión mundial. La actitud moral y social que debe ser una respuesta a esta interdependencia se funda en una solidaridad mundial. Refiriéndome a esta cuestión en la Encíclica reciente, dije que la solidaridad «no es, pues, un sentimiento de vaga compasión o de superficial enternecimiento por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» (Sollicitudo rei socialis, 38: L’Osservatore Romano. Edición en Lengua Española, 28 de febrero, 1988. pág. 7). Ciertamente ha llegado la hora de la interdependencia internacional. Lo que hoy interesa es el bien común de toda la Humanidad.

Señor Presidente: Sé lo profundamente comprometido que está en los esfuerzos que se están haciendo para liberar a la juventud americana de las fuerzas destructivas del consumo de drogas y para disminuir la pobreza tanto interior como exterior. Sin embargo, la pobreza material y el consumo de drogas son síntomas de una crisis moral más profunda que corroe la mismísima estructura de la sociedad en todas las partes del mundo. Todos los hombres y mujeres de buena voluntad tienen que afrontar el reto y asumir sus responsabilidades ante la familia humana aplicándose a la resolución de esta crisis por medio de una lucha contra la pobreza «espiritual» que está en la base de muchos de los sufrimientos humanos.

Por razón de su historia, sus recursos, su creatividad, y sobre todo por razón de los principios morales y valores espirituales expuestos por los padres fundadores y legados institucionalmente a todos sus ciudadanos, tiene América la posibilidad de dar una respuesta eficaz a los retos de la hora presente: justicia para todos sus ciudadanos, relaciones pacíficas más allá de sus fronteras, solidaridad internacional y en particular una solidaridad mundial en la defensa de la vida, en la defensa de toda persona humana.

Al dejar Detroit y al despedirme de América en 1987, expresé este pensamiento: «toda persona humana –independientemente de lo vulnerable o impotente que sea, independientemente de lo útil o productiva que sea para la sociedad–, es un ser de inestimable valor creado a imagen y semejanza de Dios. Ésta es la dignidad de América, la razón de su existencia, la condición de su supervivencia; sí, es el «test» último de su grandeza: respetar a toda persona humana, especialmente a las más débiles y a las más indefensas, como a las no nacidas»

Señor Presidente: Que Dios bendiga a América y la fortalezca en su defensa de la dignidad humana y en su servicio a la Humanidad.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.29, p.10.



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