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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE BELICE ANTE LA SANTA SEDE

Lunes 29 de mayo de 1989

 

Señor Embajador:

Me da mucho gusto aceptar las Cartas que le acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante la Santa Sede. Le agradezco los saludos cordiales del Gobernador General, Su Excelencia Dame Minita Gordon, y del Gobierno y pueblo de su País, de los que es portador, y le ruego que les manifieste mis mejores deseos, así como mis oraciones por la paz y bienestar de todo el pueblo de Belice.

Al darle la bienvenida a Su Excelencia al Vaticano, me complace recordar mi visita pastoral a su País en marzo de 1983. En aquel tiempo tuve el privilegio de experimentar de primera mano la acogida y la hospitalidad de las gentes de su País. Mi visita a Belice también marcó el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas entre su joven nación y la Santa Sede. Tengo fervientes esperanzas de que la alta estima y el respeto mutuo que existen entre Belice y la Santa Sede se vean fortalecidas por su misión.

En su saludo, ha hecho una amable alusión a mi Mensaje de este año para la Jornada mundial de la Paz, un Mensaje que trató de la necesidad del respeto de la inalienable dignidad y derechos de las minorías en la búsqueda de una paz mundial estable. Como ha dicho su Excelencia, Belice está compuesta de gentes de muchos grupos étnicos, culturales y religiosos. El deseo de su Gobierno de garantizar una sociedad pacífica y de promocionar la unidad por el fortalecimiento de los derechos de las minorías que viven en su País es un signo de auténtica madurez. En una sociedad genuinamente democrática, el respeto a las minorías sigue siendo la piedra angular de una verdadera armonía cívica y del crecimiento como nación.

En estos tiempos, la tarea de crecer como una nación en paz y unidad es apremiante. Esto es especialmente necesario en Belice, dadas las tensiones políticas que existen en vuestra región. Es necesario buscar el camino de la negociación y hacer uso del diálogo para la resolución de todos los conflictos que puedan surgir. La verdadera paz sólo se puede conseguir cuando los individuos y las sociedades basan su vida y actividades sobre un compromiso por respetar 1a dignidad de cada persona. Como dije en mi primera Encíclica, «la paz se reduce al respeto de los derechos inviolables del hombre –opus iustitiae pax– mientras la guerra nace de la violación de estos derechos y lleva consigo aún más graves violaciones de los mismos... En verdad, es un hecho significativo y confirmado repetidas veces por las experiencias de la historia, cómo la violación de los derechos del hombre va acompañada de la violación de los derechos de la nación, con la que el hombre está unido por vínculos orgánicos como a una familia más grande (Redemptor hominis, 17: L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 18 marzo, 1979, pág. 3).

En el mundo de hoy, la defensa del derecho a la vida y la garantía de las oportunidades educativas son condiciones esenciales para el desarrollo de un orden social que promocione verdaderamente la dignidad y el bienestar de toda persona humana. La Iglesia Católica en Belice se ha dedicado ampliamente al bienestar social y a la educación de vuestro pueblo. Por medio de sus esfuerzos pretende mejorar la calidad de vida de vuestro pueblo y asegurar la bendición de la paz, armonía y cooperación. Considera esta actividad como una parte integral de su misión religiosa, de acuerdo con el espíritu del Evangelio.

A este respecto, deseo asegurar a Su Excelencia que la Iglesia siempre está deseando, en la medida de sus posibilidades, ayudar a los pobres, los enfermos y los necesitados. La Iglesia en Belice también seguirá su ayuda humanitaria en beneficio de los numerosos refugiados que están dentro de sus fronteras. Me complace el haber escuchado su mención de la valiosa asistencia que su Gobierno ha recibido en este campo tanto en la Comisión para los refugiados ("High Commission for Refugees") de las Naciones Unidas como de donantes de la Comunidad Europea. Estos loables esfuerzos son fruto de una generosa solidaridad, y dan testimonio claro de la inviolable dignidad de toda persona humana.

Usted recordará, Señor Embajador, que durante mi visita a su País manifestó una esperanza que se expresaba en las palabras de su Himno Nacional: que su nación sea verdaderamente una tierra de hombres libres con la libertad de los hijos de Dios (cf. Homilía del Papa durante la Misa en el aeropuerto de Belice. L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 20 de marzo, 1983, pág. 19). Hoy deseo renovar dicha esperanza en nombre de todos sus ciudadanos. Le aseguro a usted la continuación de la cooperación y asistencia de la Santa Sede en su función de servicio a su País. Que el Dios Omnipotente, que es la fuente de todo bien, le conceda sabiduría y fortaleza en el cumplimiento de su misión. Como prenda de su amor, invoco la abundancia de la bendición divina sobre Su Excelencia, su Gobierno y sobre el amado pueblo de Belice.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n.30, p.6. 



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