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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE CANADÁ ANTE LA SANTA SEDE
*


Jueves 23 de noviembre de 1989

 

Señor Embajador:

Con mucho gusto acojo a Vuestra Excelencia y recibo las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario del Canadá ante la Santa Sede. El maravilloso recuerdo que guardo de vuestro país, me hace todavía más sensible a los saludos que me transmitís de parte de Su Excelencia el Gobernador General y del Señor Primer Ministro. Os ruego que tengáis a bien expresarles mi gratitud por los mensajes que, de su parte, me habéis hecho llegar.

Acabáis de recordar vuestros recientes años pasados en Roma como miembro de la Embajada del Canadá ante la Santa Sede; me alegro de vuestra vuelta como jefe de esta Misión. Esta experiencia, unida a las altas responsabilidades ejercidas en distintos lugares, facilitará vuestra labor, en el marco de las cordiales relaciones entre el Canadá y la Sede Apostólica. Sabéis que para ello podéis contar con la ayuda de mis colaboradores, que se esfuerzan por facilitar vuestra misión.

Acabáis de enumerar, Señor Embajador, varias de las grandes preocupaciones que, en gran medida, coinciden con el punto de vista de la Iglesia ante los signos positivos y los elementos de preocupación derivados de la actual situación del mundo. La aspiración a una paz estable va unida como en muchas ocasiones resulta evidente, al deseo de desarrollar una fraternidad generosa entre los pueblos, de salvaguardar la herencia espiritual y cultural de cada grupo humano, aunque sea minoritario, y de la necesidad de un diálogo y de una cooperación profunda entre las naciones de todas las regiones del mundo.

La Santa Sede, en conformidad con la misión que le es propia, se esfuerza porque cada vez se valoren más las condiciones de una verdadera paz, fundada sobre la base del respeto al hombre en todas sus dimensiones. Los intercambios y la reflexión que las relaciones diplomáticas posibilitan, tienen el gran valor no sólo de contribuir a profundizar en el conocimiento de las situaciones reales, sino también de hacer progresar el análisis de los principios de orden moral, sin los que las soluciones de los problemas no serían justas.

La historia y las tradiciones del Canadá lo han llevado a enfrentarse a las dificultades de una nación forjada por hombres y mujeres provenientes de distintos horizontes culturales. Esta secular experiencia parece haber dispuesto a vuestro país a tomar parte en la vida internacional con un espíritu de tolerancia y de generosidad. Como usted mismo ha señalado, el mundo debe enfrentarse a los considerables problemas que se le plantean mediante la unión de todas sus fuerzas y no mediante la confrontación. Canadá presta un importante servicio, muy apreciado por sus compañeros, en especial al ensanchamiento del diálogo Norte-Sur, a fin de que el bien común tome cada vez dimensiones más universales. El camino para lograr todo esto pasa por acciones concretas en favor del desarrollo, de la libertad real de los pueblos, de la salvaguarda de la naturaleza, del respeto de todo lo que el hombre tiene de valor, empezando por la propia dignidad de su persona y de su vida. Por su parte, la Santa Sede, como ya lo sabéis, no cesa de participar en estos esfuerzos.

Al recibiros, Señor Embajador, dirijo mi pensamiento hacia vuestros compatriotas, que tan calurosa acogida me dispensaron hace ahora cinco años. Deseo que no cesen de consolidar la armonía y la convivencia, de la que yo mismo pude ser testigo. No cabe duda de que los considerables cambios acaecidos durante los últimos decenios comportan ciertas incertidumbres ante el futuro. Sé que los miembros de la Iglesia Católica son especialmente conscientes de ello y que buscan participar en las preocupaciones del conjunto de la sociedad canadiense; no pueden olvidar el papel desempeñado en el pasado por los primeros apóstoles de vuestro país, con sus ejemplos de santidad, su sentido de la caridad ejercida con eficacia y delicadeza, y su capacidad como educadores, por mencionar sólo algunos de sus principales rasgos. Bajo formas que han evolucionado, y en armonía con sus conciudadanos pertenecientes a otras confesiones cristianas, desean continuar sirviendo a la nación con un espíritu fraterno.

Excelencia, quiero manifestar, a través de Usted, mis mejores deseos para todo el Canadá, además del vivo recuerdo que guardo de mis visitas a este hermoso país. Quisiera que expresarais a Su Excelencia el Gobernador General y al Señor Primer Ministro mis respectivos saludos.

Formulo mis mejores deseos para el cumplimiento de vuestra misión ante la Santa Sede y renuevo, también en nombre de mis colaboradores, mi más cordial bienvenida.


*L'Osservatore Romano, Edición semanal en lengua española, 1990 n.2, p.10 .



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