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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE COREA ANTE LA SANTA SEDE
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Viernes 30 de marzo de 1990

 

Señor Embajador:

1. Su presencia hoy aquí representa una consolidación de los lazos cordiales existentes entre la República de Corea y la Santa Sede. Por tanto, me es muy grato aceptar las Cartas Credenciales por las que queda acreditado como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de su País. Me siento agradecido por las amables palabras que ha dirigido sobre el papel de la Santa Sede en la comunidad internacional y en particular por los saludos que ha transmitido de parte del Presidente Roh Tae Woo. Desearía que le asegurara a Su Excelencia mis mejores deseos.

2. Como Obispo de Roma, con una especial responsabilidad por la Iglesia en todo el mundo, tuve la feliz y reconfortante gracia de visitar su País en dos ocasiones, en 1984 y de nuevo el año pasado con ocasión del 44° Congreso Eucarístico Internacional. Pude ver personalmente los desafíos planteados a su pueblo en su búsqueda de una sociedad más justa y pacífica. Percibí el deseo del pueblo coreano por la reunificación dentro de un espíritu de democracia madura y respeto de los derechos humanos. Su Excelencia ha expresado la esperanza que todos compartimos, de que el proceso de apertura y diálogo que ha conocido por todas partes a un relajamiento de las tensiones y a una mayor libertad traerá al final unas condiciones más pacíficas a su propio País. Que Dios Todopoderoso sostenga al pueblo coreano en su esperanza y en su camino perseverante hacia esta meta.

3. Las transformaciones radicales en muchas partes del mundo están haciendo surgir nuevas formas de organización política y nuevas relaciones entre las naciones y los bloques. Este proceso es la expresión tangible de la irreductible sed de estos pueblos por la libertad: libertad de pensamiento político y cultural. Estas son aspiraciones sobresalientes del espíritu humano que, por sí solas, deberían conducir a un fortalecimiento y perfeccionamiento de la unidad de la familia humana.

Desgraciadamente los procesos a que nos hemos referido no están exentos de defectos. Las experiencias pasadas han dejado la herencia de una difundida y profunda crisis de confianza entre los individuos y entre los pueblos y los Estados. Como resultado, las rivalidades étnicas y nacionalistas salen a la palestra y amenazan los logros positivos que emanan de la caída de la oposición ideológica. La comunidad internacional necesita recordar que las políticas basadas en la ambición, el propio interés, la competencia y la demanda material no han conducido a la paz y al desarrollo, y que estas orientaciones necesitan ser reemplazadas por una auténtica solidaridad universal y un efectivo respeto de los derechos humanos.

4. Permítame, Señor Embajador, que me refiera a una urgente forma de esa nueva solidaridad que se requiere para la supervivencia misma de nuestro mundo: la adopción por parte de todos de una orientación moral en el uso del medio ambiente, basada en aceptar la naturaleza como creación y don de Dios, destinada a ser compartida por todos. Por todas partes los pueblos van siendo más sensibles a esta cuestión, y a ella he dedicado la atención en algunas ocasiones, la más reciente en mi Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de este año. La defensa del medio ambiente es un problema global y su solución convoca a una acción responsable por parte de todos los Estados, tanto dentro de sus propias fronteras como en colaboración con otros Estados, para llevar a cabo de moda efectivo las medidas basadas científicamente y acordadas internacionalmente. La solidaridad que se requiere debe ser auténticamente universal, ya que no se puede pedir, por ejemplo, a los países recientemente industrializados que apliquen a sus incipientes industrias ciertas normas ambientales restrictivas, si los Estados industrializados no se las aplican primero a sí mismos. Por su parte, los países en vías de industrialización no pueden moralmente repetir los errores cometidos por otros países en el pasado, continuando el deterioro del ambiente con productos contaminantes, deforestación excesiva o explotación ilimitada de los recursos que se agotan» (Mensaje para la Jornada mundial de la Paz, 1 de enero de 1990, n. 10: L’Osservatore Romano, 10 de diciembre de 1989, pág. 11).

5. En un mundo cada vez más interdependiente y complejo, la realidad del progreso –que no se puede medir simplemente por el crecimiento del bienestar material, sino que debe promocionar la realización de las aspiraciones más altas del espíritu humano– necesita extenderse a todos los países y abarcar todos los pueblos. Debería existir en todos la convicción de que los obstáculos para ese desarrollo integral no son únicamente económicos, sino que descansan en unas actitudes más profundas, las actitudes morales y espirituales que definen la relación de cada individuo consigo mismo, con los otros y con la naturaleza (cf. Sollicitudo rei socialis, 38). La actividad de la Santa Sede en el foro internacional intenta favorecer el logro de esos valores más altos en las relaciones entre los pueblos para el bien común de la familia humana. La Santa Sede desea ser una voz levantada en defensa de la paz, de la solidaridad y de la compasión hacia los que están en una mayor necesidad.

En su mismo País la Iglesia busca cumplir su deber hacia la familia humana alimentando la toma de conciencia de que esos mismos valores deben inspirar la vida pública y privada. Aunque son una minoría, los católicos de Corea tienen un papel visible en la vida de la nación. Aman a su país y están profundamente comprometidos con su bienestar. Su fe en el Evangelio de Jesucristo los empuja a ser instrumentos de paz y reconciliación, y a trabajar para que crezcan la justicia y el derecho en la sociedad.

Señor Embajador: cuando comienza su misión ante la Santa Sede le ofrezco mis oraciones por su País y por su querido pueblo. Deseo que le vaya bien en el ejercicio de sus deberes y le aseguro la colaboración de los diferentes departamentos de la Santa Sede. Que las bendiciones de Dios desciendan sobre usted y sus seres queridos.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.15, p.8 (p.212).



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