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VIAJE APOSTÓLICO A TANZANIA, BURUNDI, RUANDA Y YAMOUSSOUKRO
(1 - 10 DE SEPTIEMBRE DE 1990)

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO
EN
RWANDA*

Viernes 7 de septiembre de 1990

 

1. Al comenzar hoy mi visita pastoral a Ruanda, me alegra tener esta ocasión de encontrarme con el Cuerpo Diplomático y Consular, así como con los representantes de las organizaciones internacionales que desempeñan su misión en esta capital. Agradezco las palabras de bienvenida que me acaban de dirigir en nombre de todos.

Vuestra presencia manifiesta la simpatía de la comunidad internacional hacia el pueblo de Ruanda, cuyas cualidades tradicionales son reconocidas por todos. En un marco natural admirable, formando una comunidad cultural unida por estructuras nacionales de antigua tradición, y expresándose en una lengua común, los habitantes de Ruanda muestran una capacidad de acogida, un sentido de la medida y una voluntad de progreso que suscitan una gran estima en todos.

Es verdad que este país ha sufrido muchas tribulaciones en los últimos decenios, y que su desarrollo ha de afrontar serias dificultades, vinculadas con la coyuntura económica y las condiciones naturales.

Todavía hace poco, la hambruna ha azotado algunas regiones del país. La erosión del suelo es preocupante, puesto que se trata de hallar medios de subsistencia para una densa población. La explotación de los recursos del subsuelo y de otras producciones no pueden compensar las deficiencias de la agricultura.

2. Esto implica cuán necesaria es la solidaridad internacional para que este pueblo pueda lograr el desarrollo al que legítimamente aspira. Vosotros sois testigos comprensivos y activos de ello. Vuestra misión de representantes de países vecinos, de países del "Norte" desarrollado o de instituciones mundiales, os ha llevado a profundizar el sentido y el alcance de esta solidaridad.

La Iglesia católica, que se halla presente en todos los continentes, no pretende, como bien sabéis, tratar directamente los problemas técnicos, pero tiene el deber de atraer incesantemente la atención de los responsables y de todos los hombres de buena voluntad hacia la necesidad de lograr construir una auténtica comunidad de los pueblos. No se puede marginar a ningún pueblo. La vida, la salud, la educación, la paz, son bienes de los que no debe privarse a nadie. Todo pueblo tiene derecho a que se le respete su dignidad, su cultura y el libre ejercicio de sus responsabilidades.

Nosotros nunca nos cansaremos de repetir que la humanidad es, sustancialmente, una, y que no se deben ignorar la pobreza y el sufrimiento de una parte demasiado grande de sus miembros. ¿No se ha constatado claramente, en el curso de los últimos años, que la acción de organismos especializados, aún siendo indispensable, no basta para mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos, sin la participación activa de los beneficiarios y el apoyo de la opinión publica? Parece que se comienza a tener más clara conciencia de que la tierra es un bien común que es preciso proteger. Pero, ¿se valora suficientemente el hecho de que una existencia decente, con un mínimo de seguridad, constituye un derecho común, y que es un deber común garantizarla a todos en todas las regiones del planeta?

Vuestra misión, orientada a las relaciones entre las naciones y a la cooperación con los países que os hospedan, os lleva a constatar la urgencia de la solidaridad humana, más allá de las fronteras. Ojalá que seáis testigos convincentes de esa urgencia ante vuestros compatriotas.

3. El viaje que estoy realizando a tres países de esta región de África atrae mi atención hacia algunas preocupaciones que vosotros conocéis muy bien y sobre las que quisiera alentar los esfuerzos conjuntos de compañeros cercanos unos de otros.

En primer lugar, pienso en los problemas que se han creado por causa de los desplazamientos de población debidos a enfrentamientos dolorosos que han tenido lugar en los últimos decenios. Deseo, de todo corazón, que se llegue, gracias a un diálogo franco y sincero, a curar las antiguas heridas y a hallar una solución equitativa a un problema cuya complejidad nadie ignora. Deseo, también, que a Ruanda no le falte la ayuda de los países amigos, en especial para favorecer la acogida o la instalación de personas que aun no han encontrado una situación estable, en un ambiente en que puedan gozar de los medios necesarios para vivir con tranquilidad.

Desde otro punto de vista, parece que una mayor cooperación regional sería de gran utilidad para el desarrollo económico de diversos países. La realización concreta de proyectos concebidos en común servirá para sostener la actividad de todos, en los sectores técnicos del transporte, de la comercialización de los productos básicos y del crédito, o en programas de investigación científica adaptados al necesario progreso de la producción agrícola, a la lucha contra las enfermedades y a su prevención, por no citar más que algunos ejemplos de situaciones especialmente urgentes.

Vosotros conocéis bien el interés que la Iglesia tiene por todo lo que atañe a la formación de los jóvenes. Ojalà que, también en ese punto, los países de esta región puedan contar con los medios suficientes, no sólo para dar a sus jóvenes una educación escolar básica, sino también para llevar al mayor número posible de sus hijos e hijas al nivel de competencia que los convierta en agentes eficaces del desarrollo y en portadores de una cultura que sólo se podrá mantener viva gracias a la fecunda unión del patrimonio ancestral con las mejores contribuciones del exterior.

En todos estos campos resulta evidente que la libre circulación de las personas, en un clima de seguridad y de colaboración, favorecerá el progreso esperado. Por otra parte, como desean los Gobiernos de esta región, la cooperación material de las naciones más favorecidas y los intercambios de informaciones científicas y técnicas, aceleraran las realizaciones, que se hallan aún frenadas por la pobreza.

4. A través de estas breves observaciones, podéis ver reflejadas algunas convicciones esenciales para la Iglesia católica. Por medio de la cooperación y la comprensión recíprocas, los hombres deben tener la garantía de que se respetarán sus derechos y de que podrán gozar de la paz, que es inseparable de la justicia. Siendo compañeros iguales en dignidad, es justo que esperan de sus hermanos y hermanas del mundo un apoyo real, libre del todo tipo de presiones sobre su espiritualidad —tan apreciada por los africanos— y sobre el libre ejercicio de sus responsabilidades inalienables, de manera especial en el plano familiar.

Señoras y señores, al concluir mi discurso, quisiera renovar la expresión de mi más profunda estima hacia los que se esfuerzan por dar a las relaciones entre las naciones aquel carácter realmente humano que las hace beneficiosas para el desarrollo de los individuos y para la convivencia de todos. Al tiempo que formulo mis mejores votos por un feliz desempeño de vuestra misión en este país, invoco sobre vosotros y sobre vuestros seres queridos la bendición de Dios.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.37, p.18 (p.510).



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