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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE IRLANDA ANTE LA SANTA SEDE
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Lunes 16 de diciembre de 1991

 

Señor Embajador:

Con gran placer lo recibo en el Vaticano con ocasión de la presentación de las Cartas que lo acreditan como Embajador Plenipotenciario y Extraordinario de Irlanda ante la Santa Sede. Le agradezco los saludos que me ha transmitido de parte de Su Excelencia, el Presidente Robinson. Le pido amablemente que le haga llegar mis mejores deseos y le asegure mis oraciones por el bienestar del pueblo irlandés, con el que la Santa Sede está unido por lazos ininterrumpidos de fe y amistad desde hace más de mil quinientos años.

Usted se ha referido a los cambios profundos que han tenido lugar en el mundo con una rapidez sorprendente e, incluso, alarmante. Se tiene la impresión de que la familia humana está librándose de una amenaza sombría y extendida, que durante décadas ensombreció las relaciones internacionales e hizo que las previsiones sobre el futuro estuvieran dominadas por el pesimismo y el miedo. De hecho, el mundo está esforzándose por abandonar los aspectos negativos de su división en bloques opuestos. Pero, al obrar de este modo, la comunidad internacional debe afrontar un gran número de problemas que son obstáculos en el camino de la paz y el progreso auténticos. Existe el peligro real de que el vacío creado por la desaparición de las tensiones ideológicas sea ocupado por nuevos excesos. El signo más obvio de esos excesos es el resurgir de las tendencias nacionalistas que, en algunas casos, ya han desembocado en violencias y conflictos trágicos. Ciertamente este tipo de situaciones socavan el proceso de desarrollo económico y de acuerdo político que debería surgir de la nueva relación existente entre el Este y el Oeste.

Al mismo tiempo, los antiguos problemas no han desaparecido. El dolor de millones de víctimas del hambre y la pobreza, la enorme desigualdad entre las naciones más desarrolladas y las menos desarrolladas, la situaciones de injusticia radical y de violencia y la negación de los derechos humanos y civiles y de las libertades, exigen una atención urgente, si se quiere satisfacer las aspiraciones legítimas de la familia humana. Afortunadamente parece que la comunidad internacional se halla decidida a afrontar los desafíos actuales con estructuras más efectivas de diálogo y cooperación y con un sentido más desarrollado de interdependencia entre las naciones.

En esta perspectiva, la cuestión fundamental para Europa no consiste sólo en el desarrollo y la prosperidad, sino también en el verdadero significado y la vigencia permanente de la experiencia histórica, cultural y religiosa de Europa. Está en juego la defensa y la promoción de los valores positivos y permanentes y de los ideales de la civilización europea.

Señor Embajador, su País puede dar una contribución importante a la nueva Europa que esta forjándose. Irlanda puede desempeñar un papel notable a fin de mantener viva una cultura basada firmemente en el carácter central de la persona humana como sujeto de derechos y libertades inalienables, y abierta a la dimensión trascendente de la existencia humana. Así como en los momentos difíciles del pasado, los monjes y misioneros de Irlanda llevaron la luz de la fe y del estudio a una gran parte de Europa, del mismo modo, hoy día su País tiene un «don» que debe defender y compartir. El don de Irlanda, como lo destaqué durante el discurso de aceptación de las Cartas Credenciales de su distinguido predecesor, es «el rico humanismo que caracteriza a su pueblo y que emana en primer lugar de su fidelidad a sus tradiciones cristianas» (Discurso al Embajador irlandés, 22 de enero de 1990; cf. L'Osservatore Romano, edición en Lengua Española, 18 de marzo de 1990, pág. 6). Entre los valores que ocupan un lugar destacado en la tradición del pueblo irlandés y que hay que examinar en toda su importancia quiero mencionar sólo estos: el profundo sentido de la libertad religiosa y cívica, la exigencia de igual justicia para todos, el cuidado especial hacia los miembros mas débiles de la sociedad, la vida familiar fuerte y fiel, y la gran hospitalidad.

Esta tradición espiritual y moral, que los emigrantes y misioneros irlandeses han llevado a muchas partes del mundo, sigue siendo un punto de referencia fundamental y una fuente de dirección y de energía para afrontar los retos que se presentan ahora a la sociedad irlandesa. Todas las sociedades modernas han de afrontar retos semejantes: defender la vida, la familia y el carácter sagrado del matrimonio; alcanzar un nivel elevado de educación; crear oportunidades de empleo; apoyar los principios de responsabilidad y honradez tanto en la vida privada como en la pública; y contrarrestar la degradación social que ocasiona la delincuencia, la droga y el abuso del alcohol.

Los males que entorpecen el progreso humano no son simplemente económicos y políticos. Sus raíces son, sobre todo, éticas y morales. La construcción de una sociedad más humana exige una respuesta valiente y generosa a la verdad sobre el hombre y su destino trascendente. Sin una renovación de los recursos espirituales esenciales no puede existir un compromiso serio y decisivo, tanto individual como colectivo, en favor del bien común y la solidaridad.

En el marco de una unión y cooperación más estrecha entre los pueblos de Europa, los esfuerzos –a los que usted ha aludido– por alcanzar una reconciliación pacífica y voluntaria entre las dos comunidades de Irlanda del Norte adquieren un nuevo significado y una nueva urgencia. La violencia que sigue atormentando esa zona es inmoral e injustificada. Es, asimismo, la expresión de posiciones políticas y sociales anticuadas. Quienes recorren ese camino sostienen una lucha injusta y antidemocrática. El único camino que conduce realmente a la paz es el camino del respeto por parte de todos a los derechos humanos, a las diferencias legítimas y a la función de la ley. Hemos de seguir abrigando la esperanza de que las comunidades implicadas trabajen de modo concreto por derribar las barreras de la mente y el corazón que las dividen.

Señor Embajador, le expreso mis mejores deseos de éxito en su nueva responsabilidad como representante de Irlanda ante la Santa Sede. Tenga la certeza de que los diferentes organismos de la Curia Romana cooperaran con usted en el cumplimiento de su misión. Le aseguro mis oraciones fervientes por el bienestar del querido pueblo irlandés.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española 1992, n.3, p.8 (p.32).



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