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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE NORUEGA
*

Jueves 10 de enero de 1991

 

Señor Embajador:

1. Me alegra acogerlo en el Vaticano y recibir las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Su Majestad, el Rey Olav V de Noruega, ante la Santa Sede.

Habiendo recibido con particular afecto el cordial mensaje que Su Majestad le ha encargado transmitirme, le agradecería, Excelencia, que le expresara mi viva gratitud y mis mejores deseos de felicidad para su persona, para la familia real y para todo el pueblo noruego. Conservo un excelente recuerdo de la acogida que me brindó Su Majestad el Rey en junio de 1989 y de las conversaciones tan positivas que tuvimos en esa circunstancia histórica.

Su Excelencia ha mencionado en términos afectuosos mi visita pastoral del año 1989, que ciertamente ha contribuido a poner de manifiesto – en la opinión pública noruega y también más allá de ésta –, el feliz restablecimiento de las relaciones diplomáticas de su País con la Sede Apostó1ica de Roma. Con respecto a este tema, usted ha querido destacar que estos lazos oficiales siguen teniendo una resonancia apreciable, en particular para una mejor comprensión entre la mayoritaria confesión luterana y la comunidad católica. Usted ha precisado igualmente que este espíritu de fraternidad ha permitido que el Catolicismo recibiera sin ningún tipo de dificultad a nuevos miembros entre sus compatriotas y entre las familias que van a vivir a Noruega.

2. Junto con el respeto fundamental a la libertad religiosa, la actual sociedad noruega, enraizada en su fe milenaria, se esfuerza por mantener su fidelidad a los valores humanos, que son los únicos que permiten que el hombre se realice plenamente y que la sociedad llegue a ser una comunión de personas. La igualdad de los ciudadanos, basada en la dignidad inalienable de todo ser humano, dotado de inteligencia, de conciencia moral y de libertad, es un principio primordial. Por otra parte, una nación expresa lo mejor de sí misma a través de una solidaridad efectiva con las personas y los pueblos desfavorecidos, hambrientos u oprimidos por los regímenes totalitarios, y a través de la preocupación por colaborar en el mantenimiento o en el restablecimiento, a veces difícil, de la paz entre naciones rivales. En fin, hoy día se está tomando conciencia de que urge hacer todos los esfuerzos posibles para preservar el ambiente natural, obra del Creador, desconsideradamente maltratado, contaminado y desperdiciado en detrimento de la felicidad y de la salud de la humanidad. Sobre todo en estas áreas, los objetivos que persigue su Gobierno coinciden con ciertas orientaciones que la Santa Sede considera primordiales.

3. Debido a su enseñanza específica y a sus propias instituciones, así como a las relaciones diplomáticas que mantiene con numerosos países, la Sede Apostólica se siente profundamente interesada en cooperar al verdadero bien de las naciones. Es verdad que la misión de la Iglesia es de orden espiritual y humanitario, en la fidelidad a su Fundador. Por ello, la Iglesia desea obrar también al servicio de los pueblos del mundo para anunciar a todos los hombres de buena voluntad la paternidad universal de Dios y para invitarlos a asumir al mismo tiempo sus responsabilidades ante sí mismos, ante su entorno y ante el mundo. La Santa Sede, cuya función es reconocida en el seno de la comunidad internacional, ve con agrado la posibilidad de dialogar con las misiones diplomáticas acreditas ante ella. En el respeto total de las responsabilidades del poder civil legítimo, su acción contribuye a responder a los planteamientos que se formula el hombre, individual o colectivamente, en todos los tiempos y en todos los lugares, sobre la naturaleza y el valor de la persona, sobre el sentido de la historia, sobre los fundamentos del bien moral y sobre el misterio del mal. Justamente por medio de las opciones socio-económicas, que realizan cumpliendo su función, los Gobiernos y sus colaboradores son conscientes con frecuencia de la ausencia o de la insuficiencia de referencias éticas capaces de iluminar, o señalar, las múltiples decisiones que exige un auténtico desarrollo de la comunidad nacional para el bien de la comunidad internacional.

De ahí que el diálogo entre los Estados interesados y la Santa Sede puede ser recíprocamente benéfico. Su Excelencia ya hizo alusión a ello. Por su parte, Noruega y la Sede Apostólica seguirán desarrollando su cooperación para ayudar al mundo contemporáneo a salir del callejón sin salida del egoísmo y del hedonismo, del fatalismo y del pesimismo, del racismo y de la violencia y del escepticismo sobre el futuro de la historia. Todo tiene que hacerse para afirmar una civilización capaz de marchar hacia la justa distribución de bienes, la comunión de las personas, la ayuda fraternal recíproca de las naciones y la paz.

Señor Embajador, formulo votos cordiales por el desempeño feliz y fructífero de su misión ante la Santa Sede. Usted encontrará siempre entre mis colaboradores la comprensión, la confianza y el apoyo que tiene derecho a esperar. Invoco sobre su persona, sobre su misión, sobre su familia y sobre Noruega la protección y la ayuda de Dios.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 5, p.10 (p.70).



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