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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPUBLICA DE SUDÁN
*

Lunes 14 de enero de 1991

 

Señor Embajador:

Me agrada darle la bienvenida al Vaticano con ocasión de la presentación de las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Sudán ante la Santa Sede. Aprecio mucho los saludos y los buenos deseos que ha expresado en nombre de Su Excelencia, el Teniente General Omer Hassan Ahmed El Beshir, Presidente del Consejo del Mando Revolucionario de Salvación Nacional, de los miembros del mencionado Consejo y del pueblo sudanés. Le aseguro mis propios deseos de felicidad y mis oraciones por la paz y el bienestar de su país.

La presencia de la Santa Sede en la comunidad internacional se orienta hacia el servicio a la familia humana en favor de la paz, la justicia y la verdad en los asuntos humanos y en las relaciones entre las naciones. El interés constante por el bienestar de la gente en todas partes anima este servicio, al tiempo que refleja la profunda convicción sobre la unidad de la familia humana y la responsabilidad común de todos por nuestro propio destino. Hay dos áreas en las que los esfuerzos de la Santa Sede son especialmente notables: la promoción de la libertad religiosa como exigencia esencial de la dignidad de cada persona humana y piedra angular de todas las estructuras de los derechos humanos, y el interés humanitario por cuantos sufren necesidad.

Mi mensaje de este año para la Jornada mundial de la Paz afronta la importante cuestión de la libertad de conciencia de la persona humana. Es un llamamiento a los Gobiernos y a los legisladores para que defiendan este derecho humano fundamental. Se trata de una ampliación de cuanto dije en el Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de 1988: que el derecho civil y social a la libertad religiosa es un punto de referencia para otros derechos fundamentales y llega a ser, en cierto modo, la medida de todos ellos, de manera que en los casos en que el Estado garantiza una posición jurídica especial a una religión determinada, también es un deber suyo asegurar que el derecho a la libertad de conciencia sea reconocido legalmente y respetado efectivamente por todos los ciudadanos.

Mi mensaje del año siguiente también se centró en los problemas de la discriminación y de la injusticia que afectan a las minorías civiles y religiosas. Cuando estos grupos minoritarios promueven reivindicaciones que presentan ciertas implicaciones políticas, el diálogo es el único medio posible para preservar la armonía. La buena voluntad de las partes empeñadas en las negociaciones es condición indispensable para la búsqueda de una solución justa de los complejos problemas que pueden obstaculizar seriamente la paz (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de 1989, 10). A este respecto, la Santa Sede sigue con mucha atención todas las iniciativas encaminadas a una solución pacífica de la guerra civil que está en curso en el sur de Sudán. La Santa Sede impulsa los esfuerzos que pretenden entablar negociaciones abiertas y sinceras tendentes a buscar un justo acuerdo que contemple las diferencias sociales, culturales y religiosas del pueblo sudanés.

Soy plenamente consciente de las dificultades que afronta su Gobierno; ellas tienen su origen tanto en el conflicto como en las inundaciones y sequías catastróficas que se han producido durante los últimos años en ciertas regiones del Norte. Los movimientos de la población de su país han influido en el aumento del número de refugiados y de desplazados. El resultado es que más de un millón de refugiados en las afueras de Jartum están viviendo en condiciones de extrema pobreza. Renuevo, ante este grave problema, el apoyo que la Santa Sede brinda al programa «Operación Sudán" de las Naciones Unidas, y lanzo un llamamiento a los Gobiernos y a las organizaciones internacionales a fin de que proporcionen, nuevas ayudas humanitarias y asistencia. Espero ardientemente que intensifiquen sus esfuerzos para asistir a las muchas víctimas de la inestable situación que predomina en toda la región.

Los fieles católicos de Sudán, del mismo modo que sus compatriotas, se hallan profundamente afectados por los actuales sufrimientos y pruebas de su país. A causa de todo ello, la Iglesia comparte sus preocupaciones y sus angustias, y, permaneciendo fiel a las enseñanzas del Evangelio, procura servir a los necesitados. La comunidad católica de su país ofrece sus recursos, aun limitados, y su disponibilidad para ayudar a los que no tienen hogar y a los que sufren hambre sin reparar en las diferencias religiosas. Protegiendo y promoviendo la justicia social y los valores morales a través de la educación y de las actividades caritativas, la Iglesia coopera efectivamente en la construcción de la comunidad nacional sobre la base de la igual dignidad de todos los seres humanos y de un fuerte sentido de la solidaridad en todos los ámbitos de la vida nacional. Por ello, la comunidad católica pide solo la libertad, de cumplir su misión religiosa y humanitaria.

Señor Embajador, en este momento en que usted asume sus nuevas responsabilidades, quiero asegurarle que la Santa Sede valora mucho sus buenas relaciones con su Gobierno. Tengo la convicción de que usted hará todo lo que esté a su alcance por consolidarlas. En el cumplimiento de su elevada misión, podrá contar con la cooperación de los diversos organismos de la Santa Sede. Invoco abundante bendición del Todopoderoso sobre Su Excelencia, su Gobierno y todo el pueblo de Sudán.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.6 p.10 (p.82).



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