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VIAJE APOSTÓLICO A PORTUGAL
(10-13 DE MAYO DE 1991)

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO*


Viernes, 10 de mayo de 1991

 

Excelencias; señoras y señores:

1. El deseo de corresponder a la invitación, insistentemente repetida por las comunidades cristianas de las Azores y de Madeira, me trajo de nuevo a este país, que amablemente nos hospeda hoy a todos nosotros. Con alegría y devoción profunda, en las celebraciones del V Centenario de la evangelización y el encuentro de culturas, visito estas regiones periféricas, pero occidentales, de Europa, desde que en los primeros años del siglo XV comenzó a recorrer el camino hacia el Atlántico sur y hacia América.

Atribuyo una importancia particular a este encuentro con vosotros, que promovéis las buenas relaciones entre los pueblos. La Santa Sede ve con verdadera simpatía vuestra tarea noble y compleja en favor de una humanización cada vez más grande de las relaciones internacionales, y siente que es deber suyo participar y apoyar vuestra misión diplomática.

Agradezco a vuestro decano, Mons. Luciano Angeloni, las cordiales palabras de bienvenida y los votos que tuvo a bien formularme. Expreso mi saludo deferente y solidario a los Estados de los que sois dignos representantes en el extranjero; saludo también a las señoras y señores aquí presentes.

2. Os agradezco la atención y la comprensión amistosa que habéis dedicado a la acción llevada a cabo por la Santa Sede en favor de las relaciones internacionales, así como a los principios básicos que la orientan, y que se insertan en el ámbito más amplio de la doctrina social de la Iglesia a la que dedicamos especialmente este año en que se celebra el centenario de la encíclica Rerum novarum de nuestro venerado predecesor León XIII. Esta encíclica constituye un documento fundamental para el desarrollo de la enseñanza y de la pastoral social de la Iglesia en nuestro tiempo, cuya expresión más reciente es la encíclica Centesimus annus, publicada hace pocos días.

Nuestro magisterio social se basa en el hombre, se inspira en el hombre, considerándolo protagonista en la construcción de la sociedad. Pero se trata del hombre creado a imagen y semejanza de Dios y llamado a plasmar esa imagen en su vida individual y comunitaria. En esta perspectiva, la Iglesia presenta un ideal de sociedad solidaria en función del hombre abierto a la trascendencia, al que ayuda a descubrir la verdad que lo hará feliz en medio de las diversas propuestas de las ideologías dominantes.

3. El empeño y la misión de la Iglesia en favor de una ética política más acentuada, hoy más necesaria que nunca pues se dispone de una gran variedad de medios técnicos, me impulsa a hablaros de los derechos individuales y sociales del hombre. Es preciso asegurar el respeto de esos derechos siempre y en todas partes, no sólo por motivos de conveniencia política, sino también en virtud del respeto profundo que se debe a toda persona por ser criatura de Dios, dotada de una dignidad única y llamada a un destino trascendente. Toda ofensa a un ser humano es también una ofensa a Dios, y se responderá de ella delante del Señor, Juez justo, de los actos y de las intenciones.

De entre esos derechos, quisiera destacar el derecho a la libertad de la conciencia humana, ligada sólo a la verdad, natural o revelada, porque en algunos países emergen formas nuevas de fundamentalismo e intolerancia que, en nombre de seudo-motivaciones religiosas, raciales e incluso de Estado, atentan contra la dignidad de la persona, la libertad de culto, la identidad cultural y la mutua comprensión humana. «En un mundo como el nuestro, donde es raro que la población de un país forme parte de una sola etnia o a una única religión, es primordial para la paz interna e internacional que el respeto de la conciencia de cada uno sea un principio absoluto» (Discurso de año nuevo al Cuerpo diplomático acreditado ante La Santa Sede, n. 7; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 18 de enero de 1991, pág. 8). Vuestros países se consolidarán mediante la promoción de una educación cuidadosa que apunte al respeto de los demás, teniendo como medios el conocimiento de las otras culturas y religiones y la comprensión equilibrada de las diversidades existentes.

4. Excelencias; señoras y señores, deseo formular mis mejores votos para los pueblos que representáis, para las autoridades que os nombraron, para vosotros mismos y para vuestros colaboradores y familiares. Os prometo mi oración a Dios, Padre de todos los hombres, a fin de que las luces y energías del Altísimo hagan posible esa magnánima concentración de inteligencias, voluntades y trabajo creativo, que exige apremiantemente la actual coyuntura de las naciones.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.20 p.7.



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