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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL NUEVO EMBAJADOR DE FRANCIA ANTE LA SANTA SEDE
*

Viernes 13 de septiembre de 1991

 

Señor Embajador:

1. Al presentarme las Cartas que lo acreditan como Embajador de la República Francesa ante la Santa Sede, usted ha expresado el sentido y el alcance de su misión en términos deferentes y cordiales, que mucho le agradezco. He sido sensible al modo como ha centrado la atención en ciertas orientaciones esenciales de mi ministerio y en muchas preocupaciones de la Santa Sede.

Acogiendo hoy a Su Excelencia, me alegro de recibir al diplomático que proseguirá la actividad de una de las más antiguas Embajadas ante la Santa Sede.

Con su entrada en el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, estoy seguro de que nos beneficiaremos de su vasta experiencia, sobre todo – permítame decirlo –, en el Líbano, donde usted estuvo cerca de esa nación duramente probada y cuyo destino tanto me preocupa.

2. Usted ha citado, Señor Embajador, la influencia perdurable de los valores cristianos en la vida de su nación. De hecho, Francia conserva la herencia de una larga historia, en la que ha quedado marcada profundamente por la evangelización desde los primeros siglos de nuestra era, la vida eclesial, la presencia monástica, la actividad intelectual y las fundaciones apostólicas renovadas de forma incesante. Y estos siglos de cultura impregnados de Cristianismo no son extraños a la concepción del hombre que su pueblo ha difundido por todo el mundo. Puede resumirse, de alguno modo, en el célebre lema que usted ha recordado y que yo mismo comento a veces. Se debe a Francia, en larga medida, la toma de conciencia, más viva entre las últimas generaciones, de los derechos humanos, de su dignidad inalienable y también de sus deberes. Nos alegramos de ver que la protección de estos derechos va teniendo mayor difusión y mayor peso en la vida internacional.

Nuestro encuentro me brinda la feliz ocasión de formular sentidos votos de felicidad para sus compatriotas, con un pensamiento particular hacia los que sufren a causa de las dificultades económicas de este período, especialmente en lo que atañe al empleo. Ojalá que el pueblo de Francia viva plenamente, entre las generaciones, entre las personas de diferentes niveles de formación y entre sus propios ciudadanos y entre los extranjeros, la fraternidad que proclama su lema. Ojalá que siga siendo fiel a los valores que han ennoblecido su cultura a lo largo de la historia en el plano intelectual, en los campos de la ética social y familiar, y en el estilo de vida.

3. Naturalmente, Señor Embajador, quisiera manifestar mis sentimientos de afecto y de estima hacia la Iglesia Católica de Francia. En primer lugar, ¿cómo no recordar en estos días la prestigiosa figura del Cardenal Henri de Lubac, que acaba de abandonarnos? Reunía en su persona las mejores dotes que se encuentran en los católicos franceses: gran cultura, pensamiento sólido, mirada abierta al mundo moderno y a las demás tradiciones espirituales, sentido de Iglesia e intensidad de vida interior; no puedo olvidar su clarividencia y su intrepidez en las horas aciagas de la Segunda Guerra Mundial.

Un pasado prestigioso, una irradiación apostólica e intelectual más allá de las fronteras, todo esto no ahorra a los católicos franceses el hecho de tener que afrontar muchas pruebas en nuestra época. Quisiera rendir homenaje al sentido pastoral y a la abnegación de los pastores, de los sacerdotes, de los religiosos y religiosas, y de igual manera a la devoción de los laicos que dan vida a sus comunidades y multiplican sus iniciativas constructivas. Numerosas diócesis siguen adelante con los proyectos activos de sus sínodos, signo de vitalidad y de mayor colaboración entre los diferentes componentes de las comunidades locales.

Sé que la Iglesia Católica goza de una gran estima en la nación y mantiene buenas relaciones tanto con las autoridades como con los ciudadanos que pertenecen a otras tradiciones. Con mucho gusto da su contribución al bien común y a la cooperación generosa que persigue su país más allá de sus fronteras, con otras naciones mucho menos favorecidas. Espero que, en el tipo de sociedad pluralista que caracteriza a su país, los miembros de la Iglesia sigan participando en los grandes debates, aseguren la formación religiosa y la educación general de sus niños en buenas condiciones y que se respeten sus convicciones de la misma forma que ellos respetan las de sus compatriotas.

4. En la vida internacional, la Santa Sede conoce una serie de problemas que desea compartir con los miembros del Cuerpo Diplomático, en particular con el representante de Francia. Usted ha recordado la situación en Europa. Las preocupaciones por la paz son, por desgracia, las más inmediatas: esperemos que la colaboración de todas las naciones del continente, principalmente en el marco de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, permita a pueblos que nos son queridos superar las tensiones y los conflictos sangrientos, que han caracterizado dolorosamente estas ultimas semanas.

Esperamos, asimismo, que la solidaridad de todo el continente, que va uniéndose cada vez más, logre que las naciones que recientemente han recuperado su libertad afiancen sus instituciones, desarrollen sus economías e intensifiquen sus relaciones con el resto del mundo en todos los terrenos. Usted ha hecho alusión al Sínodo que convoqué para Europa: esta asamblea debería dar nuevo impulso a los intercambios fructíferos en el campo espiritual entre las Iglesias particulares, y también al diálogo ecuménico. En general, sería necesario ahora restablecer la armonía entre los diferentes pueblos y respetarlos en su identidad, sin olvidar que esto no se puede conseguir sin atenuar las desigualdades de sus condiciones de vida, consecuencia de decenios de opresión en toda una parte del continente.

Su carrera de diplomático lo ha llevado a actuar, como he recordado hace un momento, en medio del pueblo libanés, unido a su país desde hace siglos. Por ese pueblo albergo un profundo afecto, reforzado a causa de sus largos padecimientos, de los que a menudo hemos sido testigos, por desgracia, privados con mucha frecuencia de medios adecuados para aportar una ayuda eficaz. Pero nuestros esfuerzos fraternos no se interrumpirán; abrigamos la esperanza de que la comunidad internacional ayude a este pueblo a recuperar una paz duradera, a preservar la soberanía de su tierra y a edificar un porvenir seguro. Su presencia ante la Santa Sede contribuirá, sin duda, a sensibilizar aún más a la gente sobre el destino de ese pueblo tan amado. Y, como usted mismo ha observado, no podemos menos de recordar igualmente a todos los habitantes del Oriente Próximo y del Oriente Medio, sobre todo a los que viven en aquella tierra a la que están tan ligados los fieles del Dios Único, y que fue santificada por la Encarnación de Jesucristo. A todos ellos les deseamos paz y prosperidad.

Usted, Señor Embajador, ha recordado los llamamientos que hice en favor de los pueblos del tercer mundo, principalmente en África. Su país, decía usted, mantiene vínculos con muchos de ellos. Hoy permítame formular de nuevo votos fervientes para que se intensifique la cooperación entre los países del norte y del sur, cooperación cuyas modalidades se han de mejorar incesantemente con el fin de que los pueblos jóvenes, dinámicos pero pobres, puedan aprovechar sus recursos, dar trabajo a sus hijos e hijas, proteger la salud de sus niños y adultos, proporcionar educación y formación profesional, sin las que no puede asegurarse un progreso duradero, y afirmar sus instituciones públicas, permitiendo que cada nación desarrolle sus cualidades específicas y participe plenamente en la vida de la comunidad internacional. Sé que su país trabaja con generosidad en este sentido, ya sea mediante la acción de los poderes públicos, ya sea mediante las iniciativas de dinámicas organizaciones no gubernamentales. Espero que la realización de una solidaridad concreta en los países del tercer mundo no sufra atrasos como consecuencia del nuevo orden de cosas en el continente europeo que, más tarde o más temprano, no sacaría ningún beneficio de un repliegue en sí mismo, contrario a los intereses de toda la humanidad.

5. Señor Embajador, antes de concluir esta audiencia, le ruego transmita a Su Excelencia, el Señor Presidente de la República Francesa, mi saludo deferente y mi aprecio por su deseo de mantener relaciones constructivas con la Santa Sede. Las preocupaciones comunes que acabamos de recordar, ciertamente marcarán el desarrollo de la misión que usted inaugura hoy, para la cual le deseo pleno éxito. Le aseguro que usted encontrará entre mis colaboradores una acogida atenta y la ayuda que necesite.

Espero que su estancia en Roma le dé muchas satisfacciones a usted y a su familia. Invoco la bendición de Dios sobre su persona, sus seres queridos y sus colaboradores.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española n. 39 p.9 (p.541).



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