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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LOS PAÍSES BAJOS
 ANTE LA SANTA SEDE*

Lunes 30 de septiembre de 1991

 

Señor Embajador:

1. Me complace acoger a Su Excelencia y recibir las Cartas con las que Su Majestad la Reina de los Países Bajos lo acredita como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante la Santa Sede. Le agradezco también el amable mensaje que Su Majestad le ha encargado transmitirme. Le ruego exprese a Su Majestad la Reina Beatriz mis saludos deferentes, recordando con alegría la atenta acogida que me reservó hace poco tiempo en su país.

Le agradezco, Señor Embajador, las palabras tan amables que acaba de pronunciar. Reconozco en ellas la atención que prestan las autoridades de su país a muchas de las preocupaciones de la Sede Apostólica, pues constituyen ejes esenciales de la misión específica que nos esforzamos por cumplir entre los fieles de la Iglesia Católica y también, en el marco de nuestras propias competencias, en el seno de la comunidad internacional.

2. Al recordar la evolución importante que ha conocido el continente europeo en el curso de estos últimos años, ha puesto usted de manifiesto algunos motivos de esperanza y de inquietud. Es preciso notar que numerosos pueblos de Europa experimentan actualmente la alegría de haberse liberado de graves coacciones, pero que, al mismo tiempo, se sienten angustiados frente a las arduas dificultades que persisten o que reaparecen. De hecho, la nueva coyuntura conlleva el deber ardiente que todos tienen de trabajar para salvaguardar la paz y de poner por obra todos los recursos de la solidaridad humana para que sea duradera. Se trata de que todos puedan no sólo superar los conflictos cuya duración hiere profundamente a pueblos enteros, sino también asegurar a las personas y a las comunidades nacionales, dentro del respeto a sus mejores tradiciones, condiciones de bienestar y desarrollo legítimo.

Con vivo interés le he escuchado ilustrar el papel que en este momento les corresponde desempeñar a los Países Bajos en la Comunidad europea, puesto que, al ejercer su Presidencia, no buscan sólo el progreso de una integración de orden económico, sino sobre todo la consideración de las dimensiones sociales y humanas de la unión entre los pueblos, así como su apertura generosa a las naciones menos favorecidas del planeta.

3. Usted ha recordado, Señor Embajador, el interés que ha suscitado en los dirigentes de los Países Bajos la enseñanza social de la Iglesia, que ha alcanzado gran relieve durante estos últimos meses con ocasión del centenario de la encíclica Rerum novarum, de mi predecesor León XIII. Efectivamente, al volver a trazar el camino recorrido a lo largo de un siglo, conviene insistir en las tareas que el mundo actual debe afrontar. Parece que cada nación pondera mejor lo que comporta para la humanidad un progreso verdadero. Ciertamente se trata de servir a toda la comunidad, a fin de permitir que las personas se desarrollen psíquica, intelectual y espiritualmente, o, para decirlo en una palabra, en su plena dignidad. Por su parte, la Santa Sede –como usted puede comprobar a diario– se esfuerza por aclarar los mayores retos de la actividad humana a la luz del mensaje evangélico. Somos conscientes de la necesidad de una sana concepción espiritual y moral de la vocación humana de modo que se comprendan en toda su profundidad las exigencias de la paz, junto con el control de los armamentos, el sentido del respeto al medio ambiente y la necesidad de alejar las amenazas que se ciernen sobre la salud física y psíquica de las personas.

4. Al recibir al representante de los Países Bajos, deseo saludar cordialmente a todos sus compatriotas, así como recordar la visita que realicé a su país hace algunos años. Mi pensamiento va, de modo especial, a los miembros de la Iglesia Católica, que afrontan las dificultades que han marcado por doquier a todas las generaciones. Deben afrontar un progreso vivido a veces como un cambio; su fe y su vida eclesial soportan verdaderas pruebas. Deseo que sepan que aprecio todos los esfuerzos emprendidos por lograr la comunión eclesial, y formulo votos afectuosos para el futuro de sus comunidades. Sé también de qué modo aman a su patria y con qué desinterés ponen sus talentos y competencias a su servicio.

5. Un aspecto de las preocupaciones de los cristianos, que usted, Señor Embajador, ha puesto de relieve es la búsqueda de la unidad entre los discípulos de Cristo, entre los hombres y las mujeres que acogen su mensaje, pero sin llegar aún a la comunión perfecta. El curso de la historia ha llevado a sus compatriotas a comprometerse directamente con el movimiento ecuménico, a cuyo desarrollo han dado una contribución notable. Es un camino largo y arduo, pues supone progresar incansablemente en la fidelidad a Aquél que trae a los hombres la luz de Dios en la grandeza infinita de su amor. ¡Que el Espíritu del Señor reine en todos los que trabajan con perseverancia y lucidez para promover la unidad de los cristianos! Usted ha subrayado el hecho de que los holandeses siguen con ese espíritu de comunión la antigua tradición de su presencia en Roma junto a la Sede de Pedro. Espero que su oración y su testimonio traduzcan cada vez mejor esa aspiración esencial de nuestro tiempo.

6. Ahora que Su Excelencia inaugura su misión ante la Santa Sede, le garantizo que mis colaboradores le brindarán la ayuda necesaria para facilitar su cumplimiento. Formulo votos cordiales para su persona, sus seres queridos y sus colaboradores. Pido a Dios que colme con sus dones a su Majestad la Reina, a su familia y a todos los habitantes de los Países Bajos.


*L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, n. 48, p.16.



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