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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE ESTONIA ANTE LA SANTA SEDE
*

Sábado 28 de agosto de 1993

 

Señor Embajador:

Es para mi una gran alegría recibir de sus manos las cartas con las que el presidente de la República de Estonia, su excelencia el señor Lennart Meri, lo acredita como su embajador extraordinario y plenipotenciario. Veo en este gesto la agradable confirmación de la estima sincera y reciproca y de la amistad leal, que han nacido entre la Santa Sede y su país desde que esta reconoció la nueva República, el 10 de octubre de 1921, y estableció relaciones diplomáticas con ella en 1933.

Aunque las relaciones se iniciaron hace muchos años, cuando Estonia era aún parte integrante de Livonia, empezó así un diálogo ejemplar entre la Santa Sede y Estonia. La comunidad católica, a pesar de que sólo representaba una porción reducida de los creyentes, se sentía libre en medio de un gran número de confesiones arraigadas profundamente en tierra estoniana. En el año 1924 se nombró primer administrador apostólico para Estonia a su excelencia monseñor Antonio Zecchini, que desde 1922 era delegado apostólico para los países bálticos.

Después, en 1931, se nombró administrador apostólico al jesuita alemán padre Eduard Profittlich, que tomó la ciudadanía estoniana y luego fue honrado con el titulo de arzobispo de Andrianopoli de Eminot. Su actividad pastoral, de todos conocida, y animada por un espíritu ecuménico, que anticipó la época del diálogo intenso y fraterno entre las Iglesias cristianas, se interrumpió en 1941 a causa de la ocupación extranjera que su país había sufrido el año anterior.

Desde aquel momento, cuando el horizonte de su independencia se oscureció y monseñor Profittlich sufrió los tormentos del martirio, cuyo desenlace es aún un misterio para la Iglesia católica y para su familia, se interrumpió el diálogo que, gracias a Dios, ahora puede reanudarse. Después del nombramiento de un nuncio apostólico para Tallin en la persona de monseñor Justo Mullor García, que también ha sido nombrado administrador apostólico de Estonia «ad nutum Sanctae Sedis», y con el reconocimiento de su excelencia como embajador ante la Santa Sede, este diálogo se presenta muy prometedor.

La visita que dentro de poco realizaré a la capital de Estonia podrá favorecer sin duda un intercambio reciproco de beneficios. En efecto, me alegra pensar que pronto tendré la ocasión tan anhelada de visitar la ciudad de Tallin, rica en historia, con su característico perfil en el que los pináculos de las iglesias, en las que se reza, se confunden con las atalayas desde donde los estonianos, a lo largo de los siglos, trataron de anunciar las señales de esperanza o de temor que provenían del Báltico. También el Papa se dispone a admirar esas ciudades que encierran una gran historia y que representan una clara voluntad ecuménica. Y se apresta, sobre todo, a encontrarse con la gente, que conserva la tradición del país, que está abierta a la fe y a la libertad, así como al mar y a su gran dinamismo de trabajo e intercambios humanos.

Mucho me agrada pensar en los encuentros que tendré con el presidente de la República —al que ruego transmita anticipadamente mi saludo respetuoso—, y con todas las comunidades cristianas, empezando naturalmente por las comunidades católicas.

En la iglesia de San Pedro y San Pablo, y en la de San Nicolás, así como en la gran plaza que, en el centro de la ciudad vieja, conserva la historia de la nación, oraré por Estonia junto con todos los estonianos. Les hablaré de lo que impulsa mi corazón, como el de muchos de ellos, y del motivo de mi misión. Hablaremos de la palabra de Cristo y de las infinitas posibilidades que ofrece a todos los que —como sus compatriotas— buscan una paz duradera, fundada en la verdad y la justicia.

Las vicisitudes de la historia han llevado siempre a las minorías de diversas nacionalidades a convivir en un mismo Estado. En la visión que la Iglesia ha sostenido siempre, una sociedad moderna y madura se distingue porque reconoce los derechos del hombre, hace posible una convivencia pacifica y confiada de todos sus ciudadanos, y garantiza a las minorías étnicas, culturales y religiosas el ejercicio pleno y libre de sus derechos. La Iglesia no puede menos de promover una verdadera armonía y una convivencia pacifica entre los ciudadanos, porque todos somos ciertamente hijos e hijas del único Padre celestial, y hemos recibido de Cristo mismo la santidad y la salvación (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la paz, 1 de enero de 1989).

Conozco los sufrimientos que los habitantes de Estonia han debido soportar, también en el pasado reciente, así como las esperanzas que albergan para el futuro. Conozco también el impulso con el que intentan alcanzar el objetivo de un bienestar creciente, y los problemas que pueden frenar ese proceso: la presencia de fuerzas armadas extranjeras en el territorio nacional; las relaciones con las minorías étnicas y culturales, que influyen en la historia porque son numerosas; el proceso hacia un nuevo tipo de economía, que encierra desafíos y riesgos; las tensiones, producidas por causas diversas, a las que está expuesta la institución familiar; la creciente esperanza del turismo y del intercambio con países lejanos geográfica y culturalmente; y las nuevas corrientes de pensamiento y los nuevos comportamientos, que buscan la adhesión de los jóvenes, adhesión que, aunque no siempre es prudente, es siempre generosa.

Señor embajador, le expreso hoy mis mejores deseos de éxito en la solución de estos y otros problemas, y le aseguro que los tengo presentes en mi oración en Roma, como los tendré presentes en la que dirigiré a Dios en Tallin. Con su colaboración y la de los católicos estonianos, la Santa Sede contribuirá de una forma activa a la búsqueda de soluciones eficaces y duraderas para el bienestar de todos los interesados.

Con estos sentimientos le deseo, excelencia, una actividad fecunda, sostenida por la abundante bendición de Dios.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española  n.36 p.4 (p.472).



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