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VIAJE APOSTÓLICO A BENÍN, UGANDA Y JARTUM
(3 - 10 DE FEBRERO DE 1993)

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
 A LOS MIEMBROS DEL CUERPO DIPLOMÁTICO
*

Lunes, 8 de febrero de 1993

 

Excelencias; señoras y señores:

1. Me alegra reunirme con los embajadores y el personal de las misiones diplomáticas y de las organizaciones internacionales en Uganda. Este tipo de encuentros se ha convertido en una costumbre en mis viajes a las numerosas naciones que he visitado durante mi pontificado. Me alegra el hecho de que me hayáis ofrecido esta oportunidad de compartir la solicitud de la Santa Sede con hombres y mujeres, como vosotros, comprometidos en fomentar la promoción y la colaboración entre los pueblos del mundo. Agradezco a vuestro decano, el señor Kynarushoke, embajador de Ruanda, sus amables palabras. Le aseguro mis más fervientes votos para una paz estable en su país.

Mis viajes como Sucesor de san Pedro y jefe de la Iglesia católica tienen un objetivo eminentemente pastoral. Este encuentro con vosotros no se aleja de este propósito. Vengo a vosotros como amigo, un amigo que desea alentaros en vuestras tareas y dificultades. Vengo como un amigo de África, solidario con los hombres y mujeres de este continente en una época de cambios en que se vislumbran nuevas posibilidades para el desarrollo humano, pero también en un momento en que nuevas amenazas contra la paz se observan en el horizonte. Estos hombres y mujeres, como todo el mundo, aspiran a la paz y a una vida digna para sí mismos y para sus hijos. Pero África plantea hoy desafíos graves a todos los que, en cierta medida, dirigen el curso de los acontecimientos mundiales. Es necesario afrontar estos desafíos si la comunidad internacional desea progresar realmente en la creación de un mundo más justo y humano, basado firmemente en los fundamentos del respeto a la dignidad humana y a los derechos humanos. Me refiero, en particular, a la necesidad de poner fin a los conflictos armados, proporcionar alimento a las víctimas de la carestía y atender a la multitud de refugiados.

2. Cada uno de estos problemas es fuente de profunda preocupación. Pero con razón pueden ser considerados en su conjunto, porque cada uno de ellos es, a un tiempo, causa y efecto de los otros. En África el hambre raramente es el resultado de condiciones climáticas naturales; más bien, por lo general, es el resultado de la disgregación social causada par los conflictos. Y entre las víctimas de la guerra y de la carestía figuran los que se ven obligados a abandonar su casa y a buscar refugio en otras partes. El resultado global ha sido el desplazamiento masivo de hombres, mujeres y niños por toda África durante estos últimos años del siglo XX. Las estadísticas suelen hablar de cerca de seis millones de refugiados y de otros dieciséis millones de personas desplazadas en sus mismas naciones. Los sufrimientos de estos millones de personas provocan mas guerras, carestías y refugiados: más sufrimientos y muertes.

Se podrían citar varios ejemplos. Pienso, en particular, en la próxima etapa de mi peregrinación, que me llevará a Sudan. Las condiciones no permiten efectuar una visita pastoral completa a las comunidades católicas de ese país. No obstante, al visitar la capital deseo hacer oír mi voz en favor de la paz y la justicia de todo el pueblo sudanés. Deseo, asimismo, consolar a mis hermanos y hermanas en la fe, muchos de los cuales se han visto afectados por la guerra que se libra en el sur del país. Este conflicto es, en gran medida, el resultado del deseo de identidad nacional de un país donde existen grandes diferencias entre el norte y el sur -diferencias raciales, culturales, lingüísticas y religiosas- que no pueden desconocerse sino que, por el contrario, hay que considerar atentamente. Sólo un diálogo sincero, abierto a las exigencias legitimas de todas las partes en conflicto, puede crear un clima de justicia auténtica en el que todos logren trabajar juntos por el bien real de su país y de su pueblo. Oro para que mi visita contribuya, en alguna medida, a este diálogo.

3. Quienes trabajan por el bienestar de África, ya como jefes de Estado, ya como responsables de los asuntos internacionales, no deberían ahorrar ningún esfuerzo para garantizar un alivio inmediato a las víctimas de la guerra y de la carestía, así como a los refugiados. Todos deben movilizarse para evitar que estos males se difundan: es preciso acabar con ellos. Todos concuerdan, por lo general, en que el diálogo debe reemplazar a la violencia, el alimento no puede ser esgrimido jamás como un arma y la distribución libre de las ayudas humanitarias tiene que ser reconocida como un derecho de todos los que sufren. Pero el paso de las declaraciones de principio y de buena voluntad a los hechos concretos a menudo es muy arduo. Precisamente aquí me dirijo a vosotros, estimados amigos: haced todo lo que está a vuestro alcance, a fin de que la solidaridad sea más eficaz todavía. Frente a los graves problemas que afligen a este continente, quienes aman a África, ya sean los mismos africanos o sus amigos auténticos, merecen nuestro aliento y nuestra gratitud.

Deberíamos apreciar, de igual forma, cuánto se ha hecho para ofrecer asistencia a un número tan elevado de poblaciones necesitadas. Agradezco particularmente a las familias, a las aldeas, a las comunidades de creyentes, a las regiones y a las naciones africanas, que han ofrecido generosamente hospitalidad a los refugiados, pagando ellas mismas un precio elevado. Rindo homenaje, en especial, a los misioneros y al personal de las organizaciones de ayuda internacional, que trabajan heroicamente al servicio de sus hermanas y hermanos menos afortunados. ¿Quién puede medir los méritos de tantos hombres y mujeres generosos, comprometidos en la asistencia sanitaria? Las heridas causadas a los cuerpos y a las mentes de los africanos por la violencia, el hambre y los desplazamientos necesitan mucho tiempo para cicatrizar. En muchos lugares, sin embargo, los servicios médicos son mínimos y la alarmante difusión del sida podría agravar fácilmente la situación. Llegados a este punto, es necesario hacer un llamamiento a los países industrializados y a las organizaciones voluntarias para que ayuden a los enfermos africanos.

4. No faltan, por otra parte, alentadores signos de esperanza. Las iniciativas orientadas a la promoción de un gobierno más democrático son particularmente gratificantes, puesto que la mayoría de las veces reflejan un crecimiento del respeto a la dignidad humana y a los derechos y deberes que derivan de ella (Cf. Centesimus annus, 46). Los pueblos africanos están luchando para reconquistar los valores tradicionales positivos y las estructuras sociales de apoyo, que han quedado dañadas a lo largo de estos últimos años. Están buscando nuevos modos para adaptar su herencia a la vida del próximo siglo. ¿Estamos, tal vez, asistiendo al regreso de un optimismo que tiende a construir sociedades sanas, optimismo que acompaño el paso del colonialismo a la independencia? ¿Está viviendo África un segundo nacimiento ala libertad? Esta es ciertamente mi profunda esperanza. Y en esta empresa los pueblos del continente africano merecen el apoyo fraterno de todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

¿Cual debe ser el fundamento y el principio guía de esta empresa de amplio alcance? En primer lugar, el valor trascendente de la persona humana. En la nueva África que está naciendo, esto significa que no hay lugar para la explotación o la discriminación, sobre la base de diferencias étnicas o tribales. En el África del futuro no debería haber espacio para los proyectos que pretenden construir la unidad nacional obligando a las minorías a asimilar la cultura o la religión de la mayoría. Una comunidad de este tipo sería un contrasentido; no sería digna de este nombre. Y yo, como hijo del viejo continente, Europa, debo testimoniar una convicción corroborada por la experiencia: una unidad falsa lleva sólo a la tragedia. A este respecto, la libertad religiosa debe ser respetada en todos los lugares, pues el derecho a practicar libremente la propia religión es la piedra angular de todos los derechos humanos (cf. Mensaje para la Jornada mundial de la paz de 1988, Introducción).

En el África que todos anhelamos ver, las naciones y los grupos étnicos construirán puentes de respeto recíproco, no muros de sospechas y miedos: No se negará la dignidad de ningún niño porque pertenezca a un determinado grupo étnico, pues se respetará a todos los niños en su condición de miembros de la familia humana. Esta es la África por la que oramos: un África para los africanos que trabajan juntos, solidarios unos con otros en la construcción de un futuro mejor.

5. Pero ¿quién debe resolver los problemas de África? No hay duda de que los mismos pueblos africanos deben asumir la responsabilidad de construir su futuro.

Existe una convicción, cada vez mayor, de que los problemas africanos deben tener soluciones africanas. ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿Podrían aceptar someterse de nuevo a formas falsas de un colonialismo económico y político que, aunque no de iure, sería real? No; África no podría aceptar jamás un nuevo colonialismo. Sus naciones son independientes y deben conservar su independencia. Esto no significa que la ayuda de otros miembros de la familia de las naciones no sea necesaria o deseable. Al contrario, hoy es más necesaria y deseable que nunca. Pero, para ser efectiva, no debe reflejar una relación de sujeción, sino de interdependencia.

En este marco, el problema aún no resuelto de la deuda externa de los países más pobres de África y de todo el mundo requiere una atención particular. Como escribí en otra ocasión, «no se puede pretender que las deudas contraídas sean pagadas con sacrificios insoportables» (Centesimus annus, 35).

La asistencia a largo plazo es igualmente importante. Esta intervención debe orientarse a lograr que los pueblos africanos afronten por sí mismos las causas más profundas de su subdesarrollo. Esta es la verdadera solidaridad: que un pueblo comparta con otro sus conocimientos, de forma que este último llegue a ser su socio en la tarea de producir recursos materiales y culturales destinados a alcanzar un nivel de vida adecuado. A este respecto, el alto índice de analfabetismo constituye una preocupación particular, ya que los datos ponen de relieve una carencia en la formación, medio fundamental para conducir una existencia plenamente humana. El concilio Vaticano II describió muy bien la aspiración de millones de seres humanos: «Las personas y los grupos sociales están sedientos de una vida plena y de una vida libre, digna del hombre, poniendo a su servicio las inmensas posibilidades que les ofrece el mundo actual» (Gaudium et spes, 9).

6. Señoras y señores, el desarrollo de los medios de comunicación social y la tendencia hacia una economía mundial en nuestra época han determinado un elevado nivel de interdependencia entre las naciones. Así pues, el servicio que ofrecen hoy los diplomáticos y los estadistas debe mirar mas allá de las fronteras de sus propios intereses nacionales. Un objetivo prioritario de la diplomacia es el de trabajar por establecer un orden social que sea justo y que de paz y prosperidad a todos los pueblos de la tierra. Hoy resulta más claro que nunca que el bien de cualquier sociedad existe como parte del bien común de toda la comunidad internacional (cf. Pacem in terris, 130). Por tanto, sed servidores verdaderos de la causa de la justicia, de la paz y del desarrollo universal. Este objetivo tan noble es la razón de la participación constante de la Santa Sede en la diplomacia internacional y del apoyo que brinda a todos los esfuerzos que fomentan la causa de la paz. Los hombres y mujeres de buena voluntad tienen el derecho a esperar eso mismo de parte de quienes afirman que el Señor es el príncipe de la paz.

Albergo la ferviente esperanza de que Dios omnipotente, cuya providencia guía el destino de las naciones, os sostenga en vuestro esfuerzo por ser artífices de paz. De modo particular, le pido que os afiance a vosotros y a todos los que desempeñan alguna función en los asuntos públicos, a fin de que trabajéis incansablemente por el bien de todos los pueblos de este continente.

Que el Dios de la paz vele sobre vosotros y vuestras familias y bendiga abundantemente las naciones que representáis. Que Él proteja a los pueblos africanos y, en especial, a los ciudadanos ugandeses, nuestros amables huéspedes y queridos amigos.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.8 p.15.



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