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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRIMER EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ESLOVACA
ANTE LA SANTA SEDE
*

Lunes 4 de julio de 1994

 

Señor Embajador:

1. Recibo con especial agrado las cartas credenciales que lo acreditan para una misión de notable importancia. En efecto, desde que la noble nación eslovaca se convirtió en Estado independiente y soberano, el 1 de enero de 1993, usted ha sido elegido el primer embajador extraordinario y plenipotenciario ante la Santa Sede. En este momento pienso con deferencia en el presidente de la República, el señor Michal Kovác, y en toda la población de Eslovaquia, cuyos sentimientos de devoción al Sucesor de Pedro ha querido confirmar amablemente hace unos instantes. Como ha destacado con razón, esta circunstancia es singular, porque coincide con el nombramiento del primer nuncio apostólico en Eslovaquia, en la persona de su excelencia monseñor Luigi Dossena.

La relación del Papa con el pueblo eslovaco se caracteriza por un afecto y una cordialidad especiales. En efecto, son numerosos los peregrinos que, procedentes de la archidiócesis de Trnava y de las diócesis de Banská Bystrica, Kosice, Nitra, Rozñava y Spis, así como de la eparquía de Presov, vienen a Roma todas las semanas para visitarme. Además, entre mis más estrechos colaboradores hay un ilustre compatriota suyo, el cardenal Jozef Tomko, que pone su fe auténtica, heredada en el centro de Europa, al servicio de la evangelización del mundo entero.

Asimismo, siguen siendo inolvidables para mí las jornadas de mi viaje apostólico a Bohemia, Moravia y Eslovaquia, en abril de 1990. En los ojos tengo grabadas todavía las imágenes de la celebración eucarística, llena de entusiasmo, que tuvo lugar en el aeropuerto de Bratislava. Fueron momentos que, sin exageración, pueden definirse históricos, y me agrada pensar, señor embajador, que su, presencia en Roma es, en cierto sentido, también el fruto de la intensidad y del valor de aquellos encuentros.

He querido aludir a dichos acontecimientos para subrayar cuán hermoso e importante es que las relaciones diplomáticas estén enraizadas en vinculas de cultura y de fe más profundos y duraderos. Esta consideración es muy pertinente en las actuales circunstancias de la vida del continente europeo, en las que se corre el gran riesgo de subestimar la dimensión de los valores humanos en favor de los aspectos económicos, que sin duda alguna tienen gran importancia, pero que no bastan para fundar y sostener por sí mismos un ethos, un sentir común. Esta verdad, tan importante para la Iglesia, tiene especial validez en el presente de Eslovaquia, que está viviendo una etapa, favorable pero delicada, de transición hacia un papel de plena madurez nacional e internacional.

2. Al convertirse en Estado soberano, la República Eslovaca ha heredado toda la legislación relativa, por una parte, a la regulación de las relaciones con la comunidad internacional y, por otra, a la elaboración de las normas propias. Esa legislación tiene como punto cardinal el respeto a los derechos humanos, incluida la libertad religiosa. Un ulterior desarrollo de esas normas permitirá que Eslovaquia ocupe dignamente su lugar en el ámbito de las naciones y, especialmente, que establezca relaciones de buena vecindad con las fronterizas.

En lo que respecta al ámbito interno, la aplicación cada vez más esmerada de las normas antes mencionadas ofrecerá a todos los ciudadanos, incluidas las minorías nacionales, la seguridad legal y la posibilidad de un desarrollo armonioso en el respeto de las características de los grupos que componen el Estado.

3. Ya he aludido al vínculo sólido que une a los eslovacos con la Iglesia y con la Sede de Pedro, seguramente gracias a la magnífica obra evangelizadora realizada por san Cirilo y san Metodio. El hecho de que los venerados restos del primero se conserven en Roma, mientras que los del segundo reposan cerca de la frontera de Eslovaquia, en Velehrad, Moravia, donde como peregrino tuve la alegría de recogerme en oración, indica de modo elocuente ese parentesco espiritual. Precisamente mañana, por una feliz y propicia coincidencia, se celebra en Eslovaquia la solemnidad de los dos santos hermanos, copatronos de Europa, que es también fiesta nacional.

Se puede decir que el cristianismo está vinculado íntimamente con la historia de la nación. En efecto, la mayor parte de los eslovacos se declaran católicos, reconociéndose en esta identidad más que milenaria, que caracteriza el rico patrimonio histórico y cultural del país. Y las cinco diócesis en las que está dividida la provincia eclesiástica de Trnava, además de la eparquía de Presov, que depende directamente de la jurisdicción de la Santa Sede, transmiten de generación en generación esta herencia de inestimable valor.

Pero sabemos que la relación entre el Evangelio y un pueblo es siempre una relación viva, que hay que alimentar continuamente y renovar en cada generación. Por eso, abrigo la esperanza de que nuestra época, período de transición del segundo al tercer milenio, vea trabajar a testigos generosos y sabios de la Verdad, pertenecientes a todos los estados de vida, entregados totalmente, como Cirilo y Metodio, a sembrar el mensaje cristiano en las situaciones socioculturales concretas, para que los hijos y los nietos de quienes han sufrido tanto por la fe, experimenten a su vez la alegría de gastar la vida al servicio de Dios y del hombre.

4. En lo que concierne a las relaciones entre el Estado eslovaco y la Iglesia, éste es un período lleno de promesas y desarrollo. Desde enero de 1993 hasta hoy, hay que valorar favorablemente las medidas que han tomado las autoridades de la República con respecto a la Iglesia. Se han promulgado importantes normas encaminadas a restablecer un régimen de equidad y de plena legalidad. Pienso, por ejemplo, en las leyes relativas a la restitución de los bienes eclesiásticos confiscados, en la enseñanza de la religión en las escuelas públicas, y en otras más.

Señor embajador, como usted ha afirmado con convicción en su discurso, es necesario ciertamente proseguir por este camino. Se trata de aprovechar el tiempo favorable que la Providencia nos concede, para cumplir los acuerdos ya firmados, regular las cuestiones aún pendientes y avanzar así en la consecución de los objetivos comunes. En especial, me refiero a la presencia de la Iglesia en algunos ámbitos que hasta hace poco le estaban prohibidos: los hospitales, las escuelas, las cárceles, los cuarteles, los medios de comunicación social y el mundo de la cultura.

La Iglesia, como usted bien sabe, no pide privilegios, sino que sólo desea ponerse al servicio del bien común, contribuyendo al renacimiento espiritual de Eslovaquia, después de la triste época de la opresión totalitaria comunista. Cumpliendo el mandato recibido de Cristo, no se cansará de proponer a todos los ciudadanos las normas morales y sus fundamentos inmutables, para ayudarlas a descubrir o a confirmar la importancia de los valores éticos tanto en la vida privada como en la pública.

Para este fin, es de desear que la colaboración entre las autoridades del Estado y de la Iglesia continúe, se profundiza y se intensifique, en el respeto de la autonomía y las competencias recíprocas. En este año dedicado a la familia es justo recordar que la defensa y la promoción de la institución familiar, célula fundamental de la Iglesia y de la sociedad, debe llegar a ser un 'campo privilegiado de estrecha colaboración entre la comunidad eclesial y la comunidad política. Por su parte, la Iglesia, obedeciendo a la invitación del Señor, se dedicará cada vez con mayor atención a la evangelización y a la promoción humana, tratando de socorrer, según sus posibilidades, las necesidades de los más pobres y necesitados.

5. Señor embajador, en las amables palabras que usted me ha dirigido he apreciado mucho su cercanía y su participación en el sentir de la Iglesia y en sus finalidades. Estoy seguro de que ello constituye la mejor base para una cooperación cada vez más provechosa no sólo en beneficio del país que usted representa, sino también de la convivencia pacífica y del desarrollo de los pueblos de toda Europa.

Sé cuán profunda es en el alma del pueblo que usted representa la devoción a la Madre de Dios, que se manifiesta de modo especial en los santuarios dedicados a ella de Levoča y de Šaštyn, y por eso deseo encomendar a la protección constante de la santísima Virgen la misión que usted emprende. A la intercesión de la protectora celestial de Eslovaquia y de san Cirilo y san Metodio encomiendo al mismo tiempo el camino de la entera población eslovaca, en todos sus compo­nentes, para que pueda vivir en paz y prosperidad.

Señor embajador, le deseo de todo corazón que cumpla con serena dedicación la misión que se le ha confiado, sobre la que invoco con mucho gusto la abundancia de los favores celestiales, en prenda de los cuales le imparto cordialmente la implorada bendición apostólica, extendiéndola a sus colaboradores, así como a sus respectivas familias y a todos los ciudadanos de la amada República de Eslovaquia.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.28, pp. 2, 4 (pp. 406, 408).



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