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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE BÉLGICA ANTE LA SANTA SEDE
*

Sábado 12 de noviembre de 1994

 

Señor Embajador:

1. Con mucho gusto doy la bienvenida a Su Excelencia, con ocasión de la presentación de las Cartas con las que Su Majestad el Rey Alberto II lo acredita ante la Santa Sede como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Bélgica.

Señor Embajador, quisiera, ante todo, expresarle mi gratitud por las palabras que acaba de dirigirme. Manifiestan las elevadas intenciones que lo animan en este momento en que comienza su nueva misión al servicio de su País, y testimonian también las relaciones sinceras y cordiales que la Santa Sede mantiene con Bélgica.

2. En lo que usted acaba de destacar, aprecio mucho el valor que Bélgica atribuye a la colaboración y a la solidaridad entre los Estados, dimensiones esenciales de la vida internacional para consolidar la paz en el seno de las naciones y entre los pueblos. Aprecio, asimismo, su atención especial a la dignidad de las personas y de las comunidades humanas, sobre todo en este momento en que, en numerosas zonas, los hombres sufren porque no se garantiza plenamente la seguridad de las personas y de los bienes, a los que todos tienen derecho. El sentido de solidaridad y justicia debe ser el principio esencial de toda ayuda, para dar a las poblaciones necesitadas el apoyo que favorece la concordia y la comprensión fraterna entre los diferentes grupos culturales. Por lo que usted ha manifestado, se ve que comparte algunas de las preocupaciones constantes de la Santa Sede en su misión espiritual y en su vocación específica al servicio del conjunto de las naciones.

3. Conservo en mi corazón el recuerdo del Rey Balduino, que es un ejemplo de vida cristiana en medio de las ocupaciones del mundo y un modelo de generosidad al servicio de su pueblo. Falleció inmediatamente después de la conclusión histórica de la reforma constitucional del Estado. Sigue siendo una luz para sus compatriotas y para todos los que están llamados a gobernar el País con la preocupación de la lealtad federal, según sus propios términos, lealtad que para él era uno de los valores fundamentales de la vida social, prenda de paz y de crecimiento espiritual y material de todos.

Mi pensamiento se dirige también a su sucesor, Su Majestad el Rey Alberto II, que prosigue la misma tarea, indicando a sus compatriotas los grandes objetivos comunes, que pasan por el ejercicio de la solidaridad, de la justicia y de la defensa de los más débiles, fundamentos de la vida nacional. En efecto, en todo país los ciudadanos están invitados a construir una sociedad en la que cada uno es responsable de sus hermanos que viven en el mismo territorio. Mediante la oración me uno también a todos sus compatriotas y, especialmente, a los jóvenes, que buscan razones de esperanza. No pude encontrarme con ellos, como deseaba, el pasado mes de mayo, para honrar a un hijo digno de su tierra, el Padre Damián de Veuster. Tengo grandes deseos de poder realizar próximamente ese viaje.

4. En medio de las dificultades de todo tipo que atraviesa la sociedad contemporánea, felicito a las autoridades y al pueblo por el esfuerzo que realizan para que todos los hombres que residen en tierra belga vivan con mayor dignidad, puedan alimentarse, tener una vivienda decorosa y satisfacer las necesidades de su familia, a las que conviene recordar de modo especial en este Año internacional de la Familia. Numerosos belgas, fieles a su larga tradición de apertura al mundo y a la solidaridad, se comprometen a servir a todos, en su País y en otros continentes. Son los continuadores de la obra del Padre Damián. Los aliento en sus tareas, para que rechacen incesantemente los fenómenos de exclusión o los tratos indignos, que se infligen a menudo a los más pobres y a los niños. Formulo votos para que sus compatriotas sigan brindando su ayuda a los más desamparados del planeta, cuidando la promoción de las personas y el desarrollo de los pueblos, a fin de permitir que cada comunidad humana difunda sus propias riquezas espirituales, culturales y morales.

El apóstol de los leprosos testimonia también la larga tradición misionera de Bélgica, que usted acaba de recordar, preocupándose por llevar el Evangelio a todos los lugares y manifestarlo a través de obras educativas y caritativas. Tanto en su País como en todos los continentes, la Iglesia, con su vocación específica, presta una atención especial a la formación de los jóvenes, brindando una enseñanza basada en los principios humanos y morales cristianos. Los católicos belgas, especialmente los que están comprometidos en la educación, se preocupan por ayudar a la generación que es el futuro de la nación a ser consciente de sus deberes, con vistas al bien común y a la comprensión cordial entre todos, tan necesaria para la vida democrática.

5. Numerosos conflictos étnicos o regionales turban aún la vida internacional. Usted sabe que la Santa Sede no ceja en su empeño de favorecer y apoyar los esfuerzos por llegar a soluciones negociadas, a fin de que, gracias a determinados acuerdos, las diferentes partes presentes acepten dialogar y sentarse a la misma mesa, y que cada pueblo pueda tener acceso a la autonomía necesaria para su reconocimiento internacional, dentro de fronteras seguras. La Iglesia no tiene otra ambición que la de promover al hombre, tanto en su vida personal como social. La Santa Sede sabe que puede contar con el Gobierno Belga para seguir participando activamente en la búsqueda de la paz, por el camino del diálogo fraterno y respetuoso, dondequiera que sea necesario, sobre el terreno y en el seno de las organizaciones internacionales en las que su País participa especialmente. Me alegro igualmente de que en Europa, que conviene que esté cada vez más unida y sea cada vez más solidaria, las autoridades de su País y el conjunto de sus compatriotas se dediquen a proseguir incansablemente su acción.

6. Señor Embajador, en este momento en que empieza su misión de representante del Reino de Bélgica, le deseo que su tarea sea fructuosa y que su estancia le depare muchas alegrías y satisfacciones, tanto por los encuentros que pueda tener, como por el descubrimiento de las riquezas de la ciudad. Puede estar seguro de que en mis colaboradores encontrará siempre acogida y apoyo para realizar del mejor modo posible la misión que se le ha confiado.

Le agradecería que, al término de este encuentro, transmita a Su Majestad el Rey Alberto II mis saludos deferentes y los votos fervientes que formulo para su persona, para la Familia Real y para todos sus compatriotas.

Invoco de todo corazón la bendición del Señor sobre Su Excelencia, sus seres queridos, sus colaboradores, así como sobre el pueblo belga y sus autoridades.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española, n.49, p.10-11 (pp.706, 707).



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