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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE AUSTRIA
*

Viernes 25 de noviembre de 1994

 

Señor Presidente:

1. Con gran alegría acojo hoy al Jefe del Estado de la República Austriaca, al Ministro de Asuntos Exteriores y a otras insignes personalidades. Accedo con gusto a su deseo de encontrarse conmigo y le doy la bienvenida, agradeciéndole de corazón esta visita.

2. Conservo muy vivo el recuerdo de mis dos visitas pastorales a su país, .que suscitaron en mí la fuerte impresión, que ciertamente ya tenía, de la rica herencia cultural y cristiana de Austria. La República Austriaca tendrá la tarea, llena de responsabilidad, de tutelar esa herencia y usarla sobre todo en el ámbito de la Unión Europea. A este respecto, debo también recordar la gran madurez política que los ciudadanos de su País han manifestado al adherirse a la Unión Europea.

Considerando la herencia de Austria, se ve muy claro que sobre todo el aspecto ético de la cultura desempeña un papel significativo. La cultura en sus formas de expresión más o menos exigentes guarda relación con valores y, en definitiva, con la verdad: «En el diálogo con los demás hombres y estando atento a la parte de verdad que encuentra en la experiencia de vida y en la cultura de las personas y de las naciones, el cristiano no renuncia a afirmar todo lo que le han dado a conocer su fe y el correcto ejercicio de su razón» (Centesimus annus, 46). La importancia de la cultura no estriba sólo en la intensidad y en la calidad de la experiencia vivida, sino también en el grado de interés que suscita. Si su País desea responder a las exigencias de su cultura, Señor Presidente, sus ciudadanos deben defender la valiosa herencia de la fe cristiana en su rico desarrollo cultural y en su orden intrínseco de valores.

Aunque la fe no puede quedar absorbida por determinados medios y formas de expresión cultural y, por consiguiente, debe estar abierta a nuevas y tal vez también insólitas expresiones, resulta necesario tratar con cuidado la rica y múltiple herencia cultural. En la actualidad, se refleja en el desarrollo de la cultura y no se puede menos de sentir temor ante el sensacionalismo, ante la búsqueda del puro placer y la falta de trascendencia, y también ante una relación, en parte descuidada, con el Cristianismo en cuanto fermento de la cultura europea. A lo largo de los siglos, sus ciudadanos han encontrado en la fe la fuente de una cultura de la vida. Renovar esta cultura, realizar el diario discernimiento del pensamiento y esclarecer los valores fundamentales en la familia y en la educación de los hijos será esencial para el futuro de Europa. Los cristianos no pueden prestar a nuestra cultura un servicio mayor que éste. Espero, Señor Presidente, que también los responsables de su amado País se dediquen a alcanzar ese objetivo.

3. En el ámbito político y ético-social es prioritario considerar al hombre como sujeto personal. En los últimos decenios, la República Austriaca se ha orientado, en gran parte, a la afirmación de este principio. Su País ha abierto las puertas a los refugiados que eran perseguidos o discriminados en su propia patria. Austria ha previsto legalmente la defensa ejemplar de las minorías étnicas y, finalmente, ha prestado una valiosa ayuda humanitaria a las personas que tenían necesidad Por esto les doy las gracias a todos los responsables y a todos los ciudadanos. Que Dios se lo pague con creces.

Gracias a su elevada consideración del hombre y de su dignidad, su País logrará superar manifestaciones aisladas de violencia y la tendencia a la violencia contra los extranjeros y contra otros grupos marginales. La violencia sólo podrá eliminarse definitivamente mediante la educación en la no violencia y el predominio de la justicia. Éste es uno de los objetivos más importantes de la educación. Únicamente de este modo el hombre podrá honrar a los demás: «El "principio de honrar", es decir, el reconocimiento y el respeto del hombre como hombre, es la condición fundamental de todo proceso educativo auténtico» (Carta a las familias, 16).

4. Para usted, Señor Presidente, para todos los creyentes y para las personas de buena voluntad de su apreciado País, invoco, por intercesión de la Madre de Dios y de todos los santos patrones protectores de su Patria, el auténtico auxilio divino. Os imparto de corazón mi bendición apostólica.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n. 50, p.12.



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