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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LÍBANO ANTE LA SANTA SEDE
*

Sábado 1 de octubre de 1994

 

Señor Embajador:

1. Me complace recibir a su excelencia durante esta ceremonia que marca el comienzo de su misión de embajador del Líbano con la presentación de las cartas que lo acreditan ante la Santa Sede. En este momento siento una afectuosa simpatía hacia toda la nación libanesa, pues he pensado y orado mucho por ese país durante estos últimos años.

Le agradezco, señor embajador, las palabras que acaba de dirigirme. Ha expresado profundamente el espíritu con el que sus compatriotas han de construir un porvenir más seguro y más feliz, después de años de prueba, cuyas heridas es necesario cicatrizar.

Aprecio mucho el mensaje que me transmite de parte de su excelencia el presidente de la República libanesa, y le ruego que le exprese mi viva gratitud y mis mejores deseos para su persona, para las autoridades y para todo el pueblo libanés.

2. El largo período de crisis que atravesó el Líbano ha causado muchos sufrimientos, que aún hoy no se han aliviado completamente. Las familias que fueron heridas en sus miembros y obligadas a abandonar su tierra y su casa, tienen que reencontrar los medios espirituales y materiales para llevar una vida más serena. El regreso a la normalidad de la vida política, social y económica puede afianzar la confianza necesaria para vencer los temores que subsisten y, sobre todo, para sanar las heridas que sangran aún en los corazones de los libaneses. Deseo decir aquí que sigo estando muy cercano a sus compatriotas. Conozco y comparto sus penas. Sé también que no han renunciado jamás a restablecer plenamente la tradicional convivencia de su pueblo, fiel a un pasado muy importante por su cultura y su sentido religioso, y animado igualmente por su tenacidad en la acción. Señor embajador, puedo asegurarle también que respondo con mucho gusto al anhelo que usted mismo ha expresado: sí, la Santa Sede tiene confianza en el pueblo libanés y espera brindar a su patria todo su apoyo, para que ese país recupere su plena soberanía.

3. Esperamos que el Líbano pueda reconstruir lo que ha sido destruido y recuperar el dinamismo de su vida nacional, gracias a los servicios que un Estado libre e independiente brinda a sus ciudadanos, garantizándoles el respeto a los derechos fundamentales de toda sociedad en todas las circunstancias, así como una economía creciente y beneficiosa para todos. Estas condiciones son fundamentales para la felicidad de sus habitantes, que la recobrarán plenamente mediante ese diálogo por el que usted, señor embajador, formula tantos votos. Se trata de permitir, en una concertación abierta, que cada uno participe libremente en la vida nacional. La solidaridad generosa, que forma parte de las cualidades de su pueblo, asegurará a los más desamparados la ayuda necesaria. El sistema escolar y universitario permitirá a los jóvenes recibir una formación humanamente completa y adquirir una preparación útil para su porvenir personal y para toda la comunidad, según la gran tradición cultural del Líbano. Sé que los miembros de la Iglesia católica se preocupan por servir a su país y participar de manera responsable en su vida social, tanto por el compromiso de las personas como por la labor que realizan las instituciones sociales y educativas de las diferentes comunidades.

4. Las circunstancias no me han permitido realizar la visita pastoral al Líbano que proyectaba realizar hace algunos meses. Alimento la esperanza de efectuar ese viaje cuando sea posible. Deseo manifestar mí estima y mí simpatía a todas las comunidades religiosas que componen el pueblo libanés. Hoy, en particular, quisiera dirigir por medio de usted un mensaje afectuoso a los católicos libaneses de las diversas comunidades rituales. Están preparando en este momento asambleas sinodales de gran importancia, que ayudarán a la Iglesia católica a renovar generosamente su dinamismo evangélico y contribuirán a profundizar el diálogo fraterno con los creyentes de todas las tradiciones espirituales, cristianas y musulmanas, con las que comparten su vida diaria. Abrigo la esperanza de que la reflexión, los intercambios y la oración que preparan ese acontecimiento lleven a los fieles a hacer del Sínodo para el Líbano una etapa positiva en su historia.

5. Señor embajador, sé que el Líbano desea ver asegurada completamente la paz en su territorio como en toda la región que lo rodea. Ya se han dado algunos pasos en esa dirección, pero aún queda por recorrer un largo camino. Deseo con ardor que el proceso en curso, gracias al diálogo entre todas las partes, lleve a la consolidación de la paz y al pleno reconocimiento del derecho, que tiene todo país y todo pueblo, a vivir con seguridad, libertad, justicia y dignidad. Usted mismo afirmaba que la existencia del Líbano depende de ello. Por mí parte, no puedo menos de repetir hoy cuán importante es, a mí parecer, que, gracias a las «ricas y seculares tradiciones de colaboración entre cristianos y musulmanes», el Líbano siga siendo «algo más que un país; un mensaje de libertad y un ejemplo de pluralismo tanto para Oriente como para Occidente» (Carta apostólica sobre la situación en el Líbano, 7 de septiembre de 1989, no. 5 y 6; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 1 de octubre de 1989, p. 2).

6. Excelencia, le deseo que encuentre grandes satisfacciones en el cumplimiento de su misión en Roma. Le aseguro que mis colaboradores le brindarán todo tipo de ayuda que resulte útil para su trabajo. Será siempre bienvenido entre ellos.

Encomiendo a Dios todopoderoso los votos fervientes que formulo para su nación, e invoco la abundancia de las bendiciones divinas sobre usted, sus seres queridos y sus colaboradores, así como sobre todos sus compatriotas.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua Española,  n.41 p.17 (p.553).



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