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DISCURSO DEL SANTO PADRE  JUAN PABLO II
AL NUEVO EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE INDONESIA ANTE LA SANTA SEDE
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Viernes 16 de junio de 1995

 

Señor Embajador:

Con gusto le doy la bienvenida al Vaticano al inicio de su misión como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República de Indonesia ante la Santa Sede. Le agradezco mucho los saludos y los buenos deseos que me transmite de parte del Presidente Suharto, así como del Gobierno y del pueblo de Indonesia. De buen grado le correspondo, y le pido que exprese al Señor Presidente la seguridad de mis oraciones por la paz y el bienestar de la nación, especialmente en este año en que se celebra el 50º aniversario de la independencia. Confío en que con la ayuda de Dios omnipotente y con el esfuerzo de todos sus ciudadanos, Indonesia sabrá aprovechar esta feliz conmemoración para fortalecer aún más sus valores éticos, morales y espirituales.

Como usted amablemente ha recordado, hace seis años tuve el privilegio y el placer de visitar Indonesia y experimentar personalmente no sólo la majestad y el esplendor del archipiélago, sino sobre todo la hospitalidad y bondad de la gente. Los recuerdos de tales momentos han quedado muy grabados en mi memoria: la variedad de culturas y lenguas difundidas a lo largo y a lo ancho de miles de islas. Fui como amigo de todos los indonesios, con gran aprecio hacia la gente de vuestra nación (cf. Discurso de bienvenida en Yakarta, 9 de octubre de 1989, n. 1). Y, hace apenas un año, el nombramiento cardenalicio de Mons. Darmaatmadja, Arzobispo de Semarang, ha querido ser una ulterior expresión de la estima que siento por la Iglesia de vuestro País y de mi afecto a todos los indonesios. Me complace que todos hayan recibido con tanto agrado este nombramiento.

En las últimas décadas, hemos sido testigos de un cambio social y un desarrollo material muy rápidos, los cuales, aunque han producido muchos beneficios, también han conllevado nuevas preocupaciones y problemas. A este respecto, las sociedades se están percatando cada vez más de que la comunidad política, tanto nacional como internacional, está para garantizar y servir a la dignidad y los derechos de las personas, familias y grupos que la forman. Ése es el objetivo que toda autoridad pública ha de perseguir; ése es el principio moral que fundamenta y guía la participación activa de los ciudadanos, de modo individual y colectivo, en la vida, en el gobierno y en el progreso de vuestro país. Ciertamente, el bienestar de una sociedad depende en gran medida del fomento de los intereses del pueblo, de su cultura y tradiciones religiosas, de sus libertades, incluida la libertad religiosa, objetivo principal de toda actividad social y política.

La preocupación por el bienestar de la familia humana inspira a la Santa Sede en su trabajo dentro de la comunidad internacional y en sus relaciones con los Estados. Y aquí, la Santa Sede reconoce que hay un gran campo para el entendimiento mutuo y para la cooperación con Indonesia en su común deseo de servir a la causa del desarrollo del hombre y de apoyar los esfuerzos por acabar con los conflictos que causan tanto sufrimiento y derramamiento de sangre en varias partes del mundo. Indonesia ha mostrado una preocupación especial por fomentar la cooperación y la paz, sobre todo entre sus vecinos del sureste asiático. Lo manifiestan sobre todo el hecho de que su nación participa en la Asociación de naciones del sureste asiático y sus esfuerzos por promover el desarrollo social y económico en esa parte del mundo. Esas formas de solidaridad internacional son las que ayudan a disipar todo vestigio de desconfianza y antagonismo, a la vez que corrigen los desequilibrios actuales.

Una expresión muy elocuente de los principios sobre los cuales han de construirse la justicia y la armonía es la Pancasila de Indonesia, la filosofía nacional que invita a la fe en Dios, a la unidad nacional, a la justicia social, al respeto profundo por la vida humana, así como a su dignidad y a sus derechos, y que insiste en la libertad por la que los ciudadanos deciden su propio destino como pueblo. Entre tales principios son esenciales el de la libertad religiosa y el de la tolerancia interreligiosa, tan importantes para una nación como la suya, con su variedad de creencias y tradiciones religiosas, Gracias a esa política, los ciudadanos católicos de Indonesia, aunque son una pequeña minoría en el conjunto de la población, han dado una contribución muy significativa a la vida cultural, política y económica de su país, sobre todo en los campos de la educación, la asistencia sanitaria y el desarrollo social. A este respecto, me complacen sus palabras de reconocimiento de los notables esfuerzos que ha realizado la Iglesia católica de Indonesia para fortalecer y enriquecer la vida de las personas y la sociedad.

A la luz de la misión universal de la Iglesia para todas las gentes y naciones, no puedo menos de dirigir mi atención una vez más a la delicada situación que se vive en Timor oriental. La Santa Sede sigue de cerca el desarrollo de los acontecimientos de esa región con gran interés y preocupación. Permítame expresarle mi ferviente esperanza de que se adopten medidas cada vez más adecuadas para asegurar el respeto a los derechos humanos, y la promoción y protección de los valores culturales y religiosos del pueblo. De este modo, reinará un clima de confianza, que a su vez fomentará un desarrollo integral. Por último, deseo añadir unas sinceras palabras de aliento, para que continúe el diálogo que ya ha comenzado en varios niveles, a fin de consolidar una forma de vida social y política que, en justicia y paz, responda a las aspiraciones de los habitantes de Timor oriental.

Señor Embajador, confío en que su servicio como representante de Indonesia continúe favoreciendo las buenas relaciones entre su nación y la Santa Sede, trabajando por una civilización verdaderamente digna de la persona humana. Le aseguro que todos los dicasterios de la Curia Romana están a su disposición para lo que se le ofrezca en el cumplimiento de sus deberes. Le encomiendo para que Dios Todopoderoso, en su infinita bondad y misericordia, sea su fortaleza, a la vez que invoco sus bendiciones abundantes para usted, su familia, su País y todos sus ciudadanos.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española, n.27, pp.9, 10 (pp. 385, 386).



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