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DISCURSO DEL SANTO PADRE  JUAN PABLO II
AL NUEVO EMBAJADOR DE GRAN BRETAÑA ANTE LA SANTA SEDE
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Sábado 17 de junio de 1995 

 

Excelencia:

1. Me complace darle la bienvenida hoy al Vaticano y aceptar las Cartas Credenciales por las cuales Su Majestad la Reina Isabel II la ha constituido su Embajadora Extraordinaria y Plenipotenciaria ante la Santa Sede. Aprecio mucho los saludos de Su Majestad, y le pido a usted que le transmita mis mejores deseos, con mis oraciones.

2. Su nombramiento tiene lugar en un momento de fundada preocupación por los cambios, de naturaleza imprevisible, que están sucediendo en muchas partes del mundo, y especialmente en Europa. Mientras que los pueblos del mundo sienten cada vez con más intensidad el deseo de paz, cooperación y desarrollo, en Europa el conflicto en los Balcanes es una herida abierta, que ofrece el espectáculo diario de miseria, muerte y destrucción. Hablando al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede en enero de este año, me referí a la guerra en Bosnia-Herzegovina como algo semejante al «naufragio de toda Europa» a causa del modo en que se están violando la ley internacional y la ley humanitaria (cf. Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 1995, n. 4). Expresé la esperanza de que hubiera una respuesta firme y unida de parte de la comunidad de las naciones. Tenemos que seguir esperando y, a la vez, rezando para que los esfuerzos de las semanas pasadas, incluidos los de su Gobierno, lleven sin más tardanza a los interesados a negociaciones serias y razonables, a fin de que termine el atroz sufrimiento de tanta gente, y la razón y la ley sustituyan las deplorables injusticias que se cometen contra personas inocentes e indefensas.

La situación en Bosnia, como en otras áreas de tensión, sigue siendo una piedra de toque de la voluntad y capacidad de la comunidad internacional para llevar a la práctica el deseo tan vivo que surgió después de las terribles experiencias de la Segunda Guerra Mundial, es decir: hacer que las estructuras de cooperación y de mayor integración sustituyan las actitudes y políticas de enfrentamiento y rivalidad que hasta entonces habían prevalecido en las relaciones entre Estados. En Europa, este deseo ha sido la fuerza propulsora de todo lo que se ha hecho para promover la seguridad y la cooperación, desde el acto de fundar el Consejo de Europa en 1949 hasta la más reciente expansión del papel de la Unión Europea.

3. Como usted sabe, la Santa Sede ha seguido atentamente el desarrollo constante de las estructuras que promueven la coordinación y la cooperación en Europa, especialmente en las áreas que se refieren a la defensa y la promoción de la dignidad de las personas y sus derechos humanos, incluidos sus derechos religiosos. La conservación de la herencia de libertad y democracia que brota de las fuentes auténticas de la civilización europea depende de la permanencia efectiva de esos valores. Confío en que el Reino Unido seguirá haciendo que su herencia de alto nivel de justicia y de solidaridad colabore a robustecer los cimientos de la paz y el progreso en Europa y en el mundo, y que en esta perspectiva, la contribución británica para una solución del conflicto en Bosnia producirá resultados y estará impulsada por las más altas metas humanitarias.

4. En un contexto más general, he expresado frecuentemente una profunda preocupación por los efectos que tienen sobre el tejido social la creciente pobreza y las nuevas formas de marginación, muchas veces estrechamente relacionadas con el desempleo y con la crisis de la familia. No podemos quedar indiferentes frente a las crecientes tensiones sociales, que abarcan la intolerancia, la xenofobia y el antisemitismo, ni podemos ignorar, en un nivel más profundo, las consecuencias de la pérdida del aprecio a ciertos valores humanos y principios éticos básicos que han formado siempre el fundamento de la civilización europea. La Santa Sede quiere asegurar que los valores fundamentales como el sentido de la responsabilidad personal y de la obligación hacia la familia y la comunidad no se socaven y se debiliten como resultado de una cultura de individualismo, mal concebida y superficial. Por eso, en el foro internacional, la Santa Sede insiste en la necesidad de establecer los derechos y las libertades sobre algo más que el mero acuerdo entre individuos, aunque constituyan una mayoría. Todo derecho y toda libertad tienen que basarse sobre verdades y valores objetivos y obligatorios, y sobre la convicción común de personas responsables de que ciertas intenciones y acciones están en conformidad con nuestra dignidad y destino humanos, mientras que otras intenciones y maneras de actuar no conducen al bien de la persona ni al bienestar de la sociedad. Como escribí en mi encíclica Veritatis splendor, «en cualquier campo de la vida personal, familiar, social y política, la moral -que se basa en la verdad y que a través de ella se abre a la auténtica libertad- ofrece un servicio original, insustituible y de enorme valor no sólo para cada persona y para su crecimiento en el bien, sino también para la sociedad y su verdadero desarrollo» (n. 101). Espero que los pueblos de Europa, mientras afrontan los retos actuales, construyan sobre la base sólida de las verdades y valores genuinos de su herencia espiritual y cultural.

5. Un elemento esencial para construir un mundo más humano y pacífico es la mayor cooperación entre los creyentes. Como usted ha mencionado, en los años recientes ha aumentado considerablemente la comprensión recíproca entre la Comunión Anglicana y la Iglesia Católica, resultado de un deseo común de ser fieles a la palabra de Cristo como la fuente de la vida cristiana (cf. carta encíclica Ut unum sint, 68). Cada vez más cristianos en Gran Bretaña están trabajando juntos para defender la dignidad humana, para promover la paz, para aplicar el espíritu del Evangelio a la vida social y al mundo de la ciencia y de las artes. Están cada vez más unidos en su esfuerzo por aliviar los sufrimientos y para ir al encuentro de los necesitados de nuestra época (cf. ib., 74). Los creyentes tenemos el deber de tratar a todos los hombres y mujeres como hermanos y hermanas en la única familia humana; el prejuicio y la enemistad no tienen lugar en la verdadera religión y nunca pueden justificarse desde el punto de vista religioso.

6. Usted ha mencionado el apoyo de los líderes de la Iglesia al proceso de paz en Irlanda del Norte. Cada día parece afianzarse más la determinación de no regresar a las actitudes de confrontación de las últimas décadas, sino de afrontar; con realismo y con la determinación de tener éxito, todas las dificultades que se presentan en el camino hacia la paz. La contribución específica de las Iglesias y de las comunidades eclesiales consistirá en facilitar el encuentro de las mentes y los corazones en un nuevo espíritu de apertura y reconciliación, basado en la obediencia al mandamiento evangélico del amor. Ante la cercanía del tercer milenio cristiano estamos todos llamados a examinamos con relación a los males que siguen amenazando y degradando a la humanidad, pero sobre todo con relación al bien que tiene que realizarse para eliminar las injusticias, aliviar el sufrimiento y educar a las personas para que respeten plenamente el valor único y la dignidad de cada ser humano.

Excelencia, estoy seguro de que en el cumplimiento de sus deberes diplomáticos contribuirá a robustecer todavía más los vínculos amistosos que ya existen entre el Reino Unido y la Santa Sede. Le aseguro la cooperación y la asistencia de los diversos dicasterios de la Curia Romana, y pido a Dios que encuentre gran satisfacción personal al cumplir su misión. Que Dios la acompañe con sus bendiciones, y guarde y proteja la nación que usted representa.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española n.27 p.9 (p.385).



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