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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA FEDERAL DE YUGOSLAVIA
*

Jueves 25 de abril de 1996

 

Señor Embajador:

1. Me alegra darle mi cordial bienvenida con ocasión de la presentación de las cartas que le acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario de la República Federal de Yugoslavia ante la Santa Sede.

Le agradezco las amables palabras que ha querido dirigirme y, en particular, el saludo que me ha transmitido en nombre del señor presidente Zoran Lilic, del Gobierno y de toda la población de su país. Le ruego que haga llegar al señor presidente de la República y a sus colaboradores la expresión de mi estima, que acompaño con una especial oración al Señor para que conceda a todos prosperidad y paz.

2. En esta solemne circunstancia, en la que usted, señor embajador, comienza su alta misión, le formulo fervientes votos de provechoso trabajo, con la alegría de ver que se profundiza la relación bilateral entre esta Sede apostólica y la República Federal de Yugoslavia. En efecto, el país que usted representa ejerce un claro influjo en el área de los Balcanes y, por tanto, puede contribuir con particular eficacia a la construcción de la paz en la zona, favoreciendo el respeto recíproco y la colaboración efectiva entre los pueblos que allí viven.

En el grave momento histórico que atraviesan los pueblos balcánicos, y al que usted se ha referido al comienzo de su discurso, parece que finalmente se vislumbran esperanzas concretas de paz. Por esta razón, es más necesario que nunca que todos los eslavos del sur den su colaboración activa, cada uno según sus responsabilidades específicas, para la consolidación del proceso de pacificación y reconciliación, ya iniciado. Como subrayé en la homilía pronunciada en Asís, durante el «Encuentro de oración por la paz en Europa y en particular en los Balcanes», el 10 de enero de 1993, «los pueblos, y las naciones de aquella tierra implicada en el horrendo conflicto (...) forman comunidades unidas entre sí por muchos lazos, inscritos no sólo en la memoria del pasado, sino también en la esperanza común de un futuro mejor, fundado en los valores de la justicia y la paz» (L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de enero de 1993, p. 8).

La Iglesia católica jamás ha dejado de trabajar para que se logre una paz justa y estable en esa martirizada zona, que también geográficamente se encuentra en el centro de Europa. El solemne encuentro de hoy me brinda la oportunidad de reafirmar, una vez más, la decidida voluntad de la Santa Sede de continuar este compromiso, favoreciendo con todos los medios el diálogo y la reconciliación, a fin de que cicatricen las dolorosas heridas causadas durante el reciente conflicto y comience para todos una nueva época de prosperidad, con el respeto recíproco y la colaboración.

3. La vocación cristiana, tanto del pueblo serbio como del montenegrino, ofrece un rico patrimonio de valores humanos y espirituales a los que hay que recurrir en la significativa fase actual de la crisis balcánica, mientras, también con el apoyo de la comunidad internacional, se está poniendo en marcha, aunque con dificultades, el proceso de reconstrucción de la vida social y económica.

A este respecto, deseo asegurar que los ciudadanos católicos no dejarán de dar su aportación a la vida serena de la Federación. La presencia católica en esa zona tiene raíces muy antiguas, que se remontan al final del primer milenio. Animados por el espíritu de colaboración, los católicos también hoy quieren proseguir por este camino, buscando el entendimiento con todas las instituciones sociales y religiosas del país, para favorecer todas las iniciativas orientadas al bien común y a la reconciliación.

La Federación serbio-montenegrina está llamada a testimoniar que dos Repúblicas pueden cooperar con beneficio mutuo, gracias a un marco jurídico respetuoso de las legitimas expectativas década uno. De este modo, pueblos diversos están capacitados para superar la tentación de encerrarse en formas de autosuficiencia nacionalista, causa de miseria social y de destrucción, como documentan las recientes experiencias dolorosas. Para tener éxito, la cooperación entre todos los ciudadanos requiere no sólo sabiduría y clarividencia, sino también sacrifico y respeto auténtico de la multiforme variedad de los componentes sociales, conforme a lo que se propone en numerosas Declaraciones de organizaciones internacionales.

Además, este testimonio de colaboración se reforzará gracias al clima de respeto de los derechos de las minorías étnicas. Se trata de un aspecto de vital importancia, tanto para administrar correctamente las instituciones estatales, como para crear en toda la región un clima de mayor diálogo y de confianza recíproca entre las diversas nacionalidades presentes.

4. Después de los difíciles años en los que las poblaciones de la República Federal Yugoslava han tenido que afrontar, a causa de la guerra, terribles sufrimientos, también debido a las consecuencias del embargo internacional, ahora, en los ánimos comienza a abrirse paso nuevamente la esperanza. Es urgente que cada uno se comprometa a cicatrizar las heridas del pasado no simplemente debilitando el recuerdo de los sufrimientos padecidos, sino sobre todo estando disponibles a la reconciliación y al perdón mutuo. A este propósito, he escuchado con aprecio las palabras con las cuales ha subrayado usted la necesidad de llegar a una reconciliación que vaya más allá de las injusticias y las reivindicaciones, haciendo hincapié en lo que une más que en lo que separa.

El esfuerzo por vencer la injusticia y la violencia mediante el perdón y la colaboración constituye el camino real que llevará a una nueva era de progreso y de paz para todo el sudeste europeo. Ojalá que esta convicción la compartan cada vez más los que han estado implicados, de cualquier modo, en la crisis balcánica, de manera que se apoyen validamente los esfuerzos que, en diferentes partes, se están realizando para restablecer en la región las condiciones mínimas para una convivencia pacífica fructuosa.

5. Al agradecerle, una vez más, el encuentro de hoy, deseo a la Federación que usted representa, que sepa afrontar con valentía y generosidad los graves desafíos que le esperan. Con esta finalidad elevo mi oración al Señor, para que sostenga a todos en el camino emprendido hacia una paz justa y estable.

A usted, señor embajador, le deseo que cumpla con satisfacción y provecho la importante misión que hoy comienza y que, también gracias a su cualificado trabajo, las relaciones entre la Santa Sede y la República Federal de Yugoslavia se refuercen cada vez más.

Con estos deseos imploro sobre usted, sobre sus colaboradores y sobre todos los ciudadanos de la República Federal de Yugoslavia la bendición de Dios omnipotente.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española, n. 20, p.10 (p.270).



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