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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE PORTUGAL ANTE LA SANTA SEDE
*

Sábado 17 de febrero de 1996

 

Señor Embajador:

Al recibir las cartas credenciales con las que inaugura su misión de embajador extraordinario y plenipotenciario de Portugal ante la Santa Sede, con gran placer le doy la bienvenida, formulándole los mejores votos para su fructuoso y feliz cumplimiento.

En esta ocasión, saludo y doy las gracias cordialmente al señor presidente de la República, doctor Mario Soares, por la actual designación de su excelencia y por el deferente saludo del que lo ha hecho portador, casi en la hora de dejar ese alto cargo, coincidiendo con su retiro de las tareas de gobierno, en el ámbito de las cuales fui varias veces objeto de sus atenciones, que le agradezco y tengo presentes ante Dios para la plena felicidad de su vida y de su familia. Recuerdo que, durante mi segunda visita a Portugal, me acompañó gentilmente al santuario de Fátima, cuando me dirigí allí con el deseo de testimoniar una vez más mi gratitud filial a Nuestra Señora por la solicitud materna con que vela por el destino y los pasos de los hombres.

Me acompañó allí, con la elocuencia expresiva de su fe y la confianza en la Virgen María, el querido pueblo portugués, cuyo pasado y presente, imbuidos por sentimientos de unión leal y devoción sincera al Sucesor de Pedro, ha querido recordar usted, señor embajador, y rendirme su homenaje en las palabras que acaba de dirigirme. ¡Gracias! En este momento, permítame dirigir un saludo fraterno a todos los fieles católicos de Portugal, así como a sus solícitos pastores.

Excelencia, veo que, al asumir sus nuevas funciones, se siente animado por el propósito de favorecer las relaciones seculares y fructuosas existentes entre Portugal y la Santa Sede, guiado por el amor a la paz y a la justicia que orienta la acción internacional de su país. No es necesario que le diga que para ello puede contar con toda la comprensión y el apoyo de mis colaboradores.

Efectivamente, todos los que trabajan con sinceridad por el desarrollo integral de la sociedad humana encontrarán un colaborador solícito en la Iglesia católica, que profesa no sólo un respeto real a la dignidad de cada una de las naciones del mundo, con sus propias riquezas culturales, sino que, más aún, por el bien de ellas no se cansa de recordar que las diferentes culturas pueden y deben completarse mutuamente dentro de la unidad de la gran familia humana.

Le agradezco, señor embajador, la importancia que dio en sus palabras a este compromiso incesante de la Iglesia católica en favor de la paz y el entendimiento universales, defendiendo el diálogo constructivo entre las partes interesadas como el único camino para superar las diferencias y los conflictos. La promoción del diálogo y de la solidaridad entre las personas y entre los pueblos es un deber de todas las naciones, y constituye una de las exigencias morales más urgentes de nuestro tiempo. Mediante su propia presencia en el ámbito de la comunidad internacional, la Santa Sede procura alentar y fortalecer este diálogo, especialmente en relación con los valores espirituales y éticos, que son el fundamento esencial de una sociedad justa Y de una paz auténtica y duradera.

Éstos son principios que su propio país comparte y ha tratado de practicar en diversas situaciones, la última de las cuales es la relativa a Timor oriental, cuyos habitantes «continúan esperando propuestas que les permitan hacer realidad sus legitimas aspiraciones a ver reconocidas sus específicas características culturales y religiosas» (Discurso al Cuerpo diplomático, 13 de enero de 1996, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de enero de 1996, p. 6). A quienes se interesan o se ocupan del problema de Timor, suplico el justo esfuerzo para hacer posible y apoyar, cada cual según la parte que le corresponde, el diálogo iniciado. Estoy convencido de que Portugal sabrá invertir lo mejor de su «capacidad de diálogo y respeto a la identidad de los otros, sólo posible con la fuerza dé una sana humildad», que la historia le ha pedido y enseñado. ¡Apelo a la valentía de los amigos y servidores de la paz!

Señor embajador, quisiera, por último, destacar la emoción que siente en su alma por el hecho de llegar a Roma en el umbral del gran jubileo del año 2000, que ha de ser -así lo espero y por eso ruego insistentemente- un acontecimiento de gracia y salvación para la Iglesia y el mundo. Exigirá a ambos, entre otras cosas, una seria «confrontación con el secularismo», para afrontar «la vasta problemática de la crisis de civilización, que se ha ido manifestando sobre todo en el Occidente tecnológicamente más desarrollado, pero interiormente empobrecido por el olvido y la marginación de Dios» (Tertio millennio adveniente, 52). Estoy seguro de que la sociedad portuguesa, en sus di versos niveles y componentes, fiel a su historia y al ejemplo de sus mayores, sabrá abrirse a esta confrontación, con valentía y libre de prejuicios derivados de una visión arreligiosa y amoral de la persona y de la comunidad humana.

Al concluir este encuentro, le reitero mis votos cordiales para que su alta misión, que comienza hoy, se vea coronada de éxitos. A Dios todopoderoso le confío la persona de su excelencia, sus seres queridos y sus colaboradores, y la entera sociedad portuguesa, invocando sobre todos la abundancia de los favores celestiales por intercesión de nuestra Señora de la Concepción, a quien hace 350 años, en el santuario de Vila Viçosa y por la voz de su máxima autoridad civil, con explícita adhesión de los representantes de la nación, Portugal eligió servir y honrar como patrona y reina.

¡Dios bendiga y proteja a Portugal!


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española, n. 10, p.10 (p.134).



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