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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA FRANCESA,

Sábado 20 de enero de 1996

 

Señor presidente:

1. Me es particularmente grato acoger en la persona de Su Excelencia al Jefe de Estado de la República Francesa. La historia y la cultura de su Nación han unido estrechamente a Francia, con la Iglesia Católica y con la Santa Sede. Desde los primeros siglos del Cristianismo, los hijos de las provincias de la Galia, y luego de Francia, no han dejado de tener un lugar destacado en la vida de la Iglesia: quienes dan sus raíces más profundas a la Iglesia en Francia son los santos y las santas, los mártires y los pastores; son los constructores, los artistas y los escritores, mediante su influencia fecunda; son los pensadores, los teólogos y los filósofos que, a lo largo de los siglos, han tomado parte, con su genio propio, en la formación del patrimonio intelectual y espiritual del Cristianismo.

En los diversos campos de la cultura, la aportación francesa suscita la estima general en todo el mundo. Sus compatriotas, a menudo, han contribuido a cruzar umbrales decisivos en la investigación científica y en el conocimiento del universo, en la producción de los bienes y en la organización económica, en la elaboración del derecho y en la reflexión política. Basta recordar aquí breve mente la contribución de su País a la toma de conciencia de los Derechos del hombre. También deseo recordar la influencia de la Lengua francesa, que me gusta hablar, y que sigue siendo un instrumento valioso de pensamiento y de intercambio para los más diversos ambientes y en numerosos países.

2. Ciertamente, el desarrollo de una sociedad y la prosperidad que se considera un momento favorable nunca son definitivos. En cada época surgen pruebas nuevas, fenómenos complejos en los que el progreso real produce, sin embargo, consecuencias nefastas. Las condiciones económicas actuales causan la terrible contrapartida del desempleo. Se asiste a fracturas dañosas en el entramado social. La institución fundamental de la familia está desquiciada y desvalorizada; con demasiada frecuencia los hogares conocen la pobreza o rupturas tales, que renuncian a dar la vida o ya no llegan a cumplir plenamente su función educativa. Una parte de la población no logra resistir a los flagelos portadores de violencia, como la difusión de la droga o la degradación de las costumbres.

La función política encuentra su verdadera nobleza cuando se afrontan con lucidez y valentía los males de la sociedad, tanto a nivel nacional como mundial. Jacques Maritain decía que la sociedad es «una tarea por realizar... y un fin por alcanzar» (L'homme et l'Etat, p. 2). La primera condición consiste en permitir que todo hombre tome conciencia de los valores a los que no se puede renunciar, para que el uso de la libertad respete la verdad y la dignidad del hombre, y para que el ejercicio de los derechos iguales de cada ciudadano tenga en cuenta la fraternidad natural de todos. En suma, en este nivel esencial, como he afirmado en otra ocasión, el lema de la República Francesa se inspira ampliamente en los valores evangélicos.

3. Señor Presidente, la estima que la Iglesia siente por las instituciones civiles se apoya en su concepción del papel del Estado. Su reflexión sobre la acción política entra en el marco de la Doctrina Social y supone una reflexión moral constante. En este sentido, es positivo que la tradición jurídica y social de su País atribuya al Estado una responsabilidad de primer plano para asegurar a todos el respeto de los Derechos fundamentales, así como para reunir las condiciones legales y materiales del ejercicio de las libertades.

Algunos de estos Derechos aún se ponen en tela de juicio con demasiada frecuencia, bajo diversas formas, tanto en las sociedades más desarrolladas como en las más pobres. Pienso, naturalmente, en el derecho a la vida de las personas, desde la concepción hasta la muerte, un derecho que se ha de proteger siempre. Pienso también en el derecho a la libertad de religión que, para que sea garantizado plenamente, supone condiciones satisfactorias para la educación religiosa, pero también la posibilidad para todos los creyentes de expresar sus convicciones y que se las respete públicamente.

El Estado, mediante sus instituciones y sus servicios, puede desempeñar también un papel importante para facilitar el diálogo de todos los miembros de la sociedad, cualesquiera que sean sus ambientes, sus orígenes, sus capacidades personales o sus medios. Este diálogo representa un primer paso hacia una solidaridad bastante generosa, para que los más débiles no se queden sin vivienda, sin alimento, sin asistencia, sin seguridad o incluso sin educación. Esto quiere decir que una nación ha de ser realmente solidaria, para lograr que sus miembros más necesitados no pierdan la esperanza y encuentren un sentido positivo para su vida. A este respecto, ¿puedo decir que un país como el suyo tiene la vocación muy especial de mostrarse fiel a la alta concepción de la dignidad humana, cuyo inestimable valor ha mostrado al mundo?

4. Las principales expectativas del hombre no pueden satisfacerse hoy sin una amplia cooperación entre las naciones. Me gusta definir al conjunto de las naciones como una familia. Esta definición, bien entendida, se aplica a Europa: ha dado grandes pasos hacia la paz, superando las divisiones y los conflictos que ha conocido. Aprecio los esfuerzos que han realizado los dirigentes actuales para reforzar su unión, salvaguardando el carácter específico de cada nación, y para hacer más eficaz su acción, con el fin de resolver las tensiones que se han creado recientemente.

Una Europa más solidaria contribuirá también a ayudar a los pueblos necesitados. Francia ha establecido vínculos particulares con África; brinda su apoyo a numerosos países de ese continente, y es de desear que, a pesar de las dificultades económicas o de otro tipo, prosiga una cooperación positiva y desinteresada. En el mundo actual, favorecer el desarrollo es una responsabilidad de todos con respecto a la familia humana. Francia tiene, asimismo, un papel decisivo que desempeñar en el Mediterráneo y en Oriente Medio, donde, desde hace siglos, es un factor de estabilidad, en el respeto de las culturas y las religiones.

5. Usted sabe, Señor Presidente, que la Iglesia no reivindica ningún poder temporal, sino que cumple su misión espiritual, que es una misión de servicio. Procurando ser fieles al Evangelio de Cristo, los católicos, con humildad pero también con la seguridad de la fe, son interlocutores del diálogo nacional. Desean ayudar a discernir el bien para la persona humana, a recordar el sentido del destino y el valor de la gratuidad, y a sostener la esperanza de todos.

La acción de los fieles, de las comunidades, de los Movimientos y de las asociaciones católicas es parte de los esfuerzos de toda la Nación, con vistas al bien común, para que haya mayor justicia y solidaridad entre los ciudadanos, con una colaboración leal con las otras instituciones del País. Quisiera mencionar simplemente dos campos donde la Iglesia tiene una larga experiencia. Por una parte, quiere estimular una práctica social favorable a la familia, célula básica de la sociedad y escuela de solidaridad, para asegurar el futuro de la Nación. Por otra, gracias a sus instituciones y sus movimientos educativos —pienso, en particular, en la red de escuelas católicas—, desea contribuir a dar a los jóvenes una formación que les permita desarrollar su personalidad de manera completa, con fidelidad al patrimonio espiritual y cultural que ha modelado el rostro de Francia.

6. Dentro de algunos meses, cuando realice un nuevo viaje pastoral a Francia, tendré la alegría de visitar varias regiones y de celebrar dos grandes aniversarios: en Tours, el de san Martín, y en Reims, el del bautismo de Clodoveo, Rey de los Francos, acontecimiento esencial para los vínculos entre su Nación y la Iglesia. Ya desde ahora quiero darle las gracias, Señor Presidente, por acogerme en esa ocasión en Francia. Del mismo modo, me alegra particularmente el hecho de que las autoridades francesas hayan querido acoger en París la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud de 1997.

Le expreso mis mejores deseos, Señor Presidente, en el cumplimiento de su alta misión al servicio de su País. Extiendo estos deseos a sus seres queridos, las personalidades que lo acompañan, así como a todos sus compatriotas. Imploro de corazón sobre todos la bendición de Dios.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, n.4, pp. 7-8 (pp. 43-44).



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