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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL EMBAJADOR DE SUECIA ANTE LA SANTA SEDE
*

Sábado 6 de julio de 1996

 

Señor Embajador:

Le doy una cordial bienvenida al Vaticano, y acepto de buen grado las Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Suecia ante la Santa Sede. Le agradezco las amables palabras sobre el papel y la actividad de la Santa Sede en la comunidad internacional y, en particular, los buenos deseos que me ha transmitido de parte del Rey Carlos XVI Gustavo. Le aseguro a su majestad mi estima y mi oración por la paz y la prosperidad permanentes de la nación.

Usted ha recordado la visita que hice a Suecia en 1989 y, especialmente, la visita a Upsala y Vadstena, que fue, por así decirlo, un viaje al mismo corazón de la herencia espiritual, cultural e histórica de Suecia. Para mí fue un agradable encuentro con el pasado y el presente de Suecia. En Upsala tuve la ocasión de referirme a los orígenes eclesiásticos de la famosa universidad de la ciudad, así como a la prestigiosa historia de esa institución en la enseñanza de un humanismo cristiano basado en los valores universales. En Vadstena me encontré con los jóvenes de Suecia y de otros países nórdicos, que no sólo representan nuestro futuro, sino también un desafío serio y actual para nuestra capacidad de transmitir las verdades religiosas y las conquistas culturales, que constituyen el verdadero núcleo de la identidad y la herencia de Europa. La nueva Europa, resultado de casi cincuenta años de esfuerzos, en los que Suecia ha participado activamente, no debe perder de vista los valores fundamentales de nuestra civilización, que en Upsala enumeré sucintamente como «la dignidad de la persona, el carácter sagrado de la vida, el papel central de la familia, la importancia de la educación, la libertad de pensamiento, de palabra y de profesar las propias convicciones o la propia religión, la protección legal de los individuos o de los grupos, la cooperación de todos para el bien común, el concepto de trabajo como participación en la obra misma del Creador, y la autoridad del Estado, gobernado por la ley y el la razón» (Encuentro con la comunidad universitaria sueca, 9 de junio de 1989, n. 4: L'Osservatore Romano; edición en Lengua Española, 2 de julio de 1989, pág. 3).

Esos valores son el fruto de un desarrollo intelectual y social largo y, a veces, doloroso, «un logro espiritual de la razón y la justicia, que honra a los pueblos de Europa por su esfuerzo en instaurar en el orden temporal el espíritu de fraternidad cristiana enseñado por el Evangelio» (ib.). La Iglesia, como depositaria del Evangelio, con toda la gloria de sus grandes hombres y mujeres –santos, maestros y fundadores, como santa Brígida– y a pesar de las limitaciones de muchos otros de sus miembros, ha sido un instrumento para la creación de las condiciones que han hecho posible el desarrollo. ¿Es de extrañar que la Iglesia mire a la nueva Europa con gran expectación y esperanza, y le ofrezca su sabiduría secular para afrontar la difícil y delicada tarea de construir una auténtica cultura de justicia, paz y solidaridad en este continente?

No se trata de un deseo exclusivo de la Iglesia Católica. El progreso logrado en las relaciones ecuménicas durante las últimas décadas sirve en gran medida para intensificar la contribución del pensamiento religioso y la vida en la tarea común. Me alegra saber que las relaciones entre los católicos de su país y los miembros de la Iglesia de Suecia están sólidamente arraigadas en la estima mutua y en una amplia colaboración. Gracias a mis numerosos encuentros con los obispos de la Iglesia de Suecia sé que compartimos un profundo y sincero deseo de llegar a la última meta de nuestro compromiso ecuménico, la unidad que responde a la voluntad de Cristo mismo (cf. Jn 17, 21).

Los católicos de su País, incluyendo los que han inmigrado recientemente, forman una pequeña minoría. Sin embargo, junto con sus vecinos luteranos y con todas las personas de buena voluntad, desempeñan un papel activo en la promoción de los valores culturales y cívicos que constituyen la base de una sociedad justa y solícita. En su fe encuentran los motivos y los recursos para ejercer sus derechos y deberes como ciudadanos que se preocupan profundamente por el bien de su nación.

Las relaciones diplomáticas entre Suecia y la Santa Sede, establecidas formalmente en 1982, han dado origen a nuevas posibilidades de contacto y cooperación para servir a la paz y la justicia en la comunidad internacional. Deseo expresar el aprecio de la Santa Sede por el papel que desempeña Suecia en los programas de desarrollo y asistencia en las zonas necesitadas del mundo, por su compromiso en la defensa de los derechos humanos y, en particular, por la contribución que ha dado y sigue dando a la búsqueda de la paz en los Balcanes.

Señor Embajador, estoy seguro de que en el cumplimiento de su misión usted contribuirá con todas sus cualidades y su competencia a fortalecer aún más los vínculos de amistad y buena voluntad que nos unen. Le aseguro que puede contar con la colaboración de los diversos organismos de la Curia Romana. Invoco de corazón abundantes bendiciones divinas sobre usted, sobre su majestad y la familia real, así como sobre el pueblo sueco, al que usted representa.


*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española, n.30, p. 7 (p.399).



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