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EXHORTACIÓN APOSTÓLICA
NOVEM PER DIES
DE SU SANTIDAD
JUAN XXIII
SOBRE LA NOVENA ESPECIAL PREPARATORIA
DE LA FIESTA DE PENTECOSTÉS

A TODOS LOS OBISPOS DEL ORBE
EN PAZ Y COMUNIÓN
CON LA SEDE APOSTÓLICA
.

 

Venerables hermanos: Salud y bendición apostólica.

El universal recogimiento de la Iglesia en la espera orante del Espíritu Paráclito, durante los nueve días que preceden a la fiesta de Pentecostés, trae al espíritu emocionado el recuerdo de la ferviente vigilia del Cenáculo, con la imagen de los apóstoles, unidos en ferviente oración en torno a María: “Todos perseveraban unánimemente en la oración con María, la Madre de Jesús”[1].

El tiempo del Concilio Vaticano II, con lo avanzado de los trabajos preparatorios para la sesión del próximo mes de septiembre, nos recuerda con mayor viveza esta escena emocionante; y es un gran consuelo pensar que, en los días de la novena al Espíritu Santo, toda la familia católica, difundida por la tierra “como los granos de trigo esparcidos por los montes”[2], se reunirá en oración en torno a la Virgen, para pedir al Espíritu Santo los copiosos dones de sus carismas sobre la gran reunión de sus obispos.

Respondiendo, por tanto, como es nuestra costumbre, a una buena inspiración, también en este año el humilde Vicario de Cristo, recordando los ejercicios anuales en que solía participar con sus hermanos de la Provincia Eclesiástica Veneta, se recogerá en retiro espiritual durante la mencionada novena. La rica efusión de los dones del Espíritu Santo requiere una disposición abierta a sus mociones, un interés cada vez mayor por la perfección, sereno abandono en las disposiciones de la voluntad divina, Por ello, en estos días dejaremos el ritmo acostumbrado del servicio pontifical para aguardar, “en el silencio y en la esperanza”[3], la mística venida del Divino Paráclito, que desciende para renovar en la Iglesia los prodigios de un nuevo Pentecostés.

Al comunicaros esta humilde decisión nuestra, venerables hermanos, sentimos que vosotros, obispos y pastores de la Iglesia de Dios, espiritualmente unidos al sucesor de Pedro, nos acompañaréis durante estos días con vuestras súplicas y vuestro recogimiento. Nos consuela también pensar que, de este modo, se templarán vuestras fuerzas para proseguir los trabajos de preparación del Concilio, a la espera de la segunda fase de las sesiones ecuménicas.

El ejemplo que parte del orden episcopal, unido en oración juntamente con Pedro, se difundirá de forma elocuente y convincente sobre los sacerdotes y los fieles de todas las diócesis del mundo, invitando al unum necesarium: es decir, a la santidad de vida, a la reforma de las costumbres, al empeño del trabajo apostólico por Cristo y por la Iglesia, al que tienden las metas esencialmente pastorales del Concilio Ecuménico.

La invocación universal al Espíritu Santo: “Señor y vivificador”, active en la familia de los creyentes la ansiada renovación, a la que tiende, ante todo, el Concilio; y haga más decidido el empeño de servir a Dios y a las almas con una vida iluminada por la verdad, dirigida por la justicia, enriquecida por las obras de caridad, lanzada a las grandes conquistas cristianas por el espíritu de libertad que Cristo nos ha dado[4].

Con estos deseos, con esta esperanza, con esta certeza, impartimos sobre vosotros, venerables hermanos, la bendición apostólica, que extendemos de corazón a vuestras diócesis, para que en todas abunde “la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, la caridad de Dios y la comunicación del Espíritu Santo”[5].

En el Palacio Apostólico Vaticano, el 20 de mayo del año de 1963, quinto de nuestro pontificado.

JUAN PP. XXIII

 


[1] Hch 1, 14.

[2] Didajé, 9, 4.

[3] Is 30, 15

[4] Cfr. Ga 4, 31.

[5] 2 Co 13, 13.



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