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CONSAGRACIÓN DE CATORCE OBISPOS DE ÁFRICA, ASIA Y OCEANÍA

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN XXIII*

Domingo 8 de mayo de 1960

 

Venerables hermanos y amados hijos:

Jubilate Deo, omnis terra! Alleluia (Sal 65, 1).

Frecuentes son las ocasiones que traen a nuestros labios esa jubilosa invitación del Salmista. Pero ésta de hoy es una de las más sagradas y solemnes.

Contemplamos aquí nuevamente uno de los cuadros más impresionantes de la vida de Jesús, aquel del mandato apostólico, dado a Pedro y a los otros discípulos de la primera hora, para que fueran por todo el mundo y anunciaran a todos los pueblos el Evangelio. El humilde sucesor de Pedro, rodeado de los ancianos de la Iglesia, repite, aunque sea con fórmula diversa, la primitiva invocación; repite el acto de la transmisión del carácter episcopal y de la gracia. Y todo esta vibrante asamblea vuelve los ojos, el corazón y la plegaria hacia vosotros, nuevos elegidos para el apostolado santo, destinado a extender en los pueblos más lejanos y diversos el nombre y el reino del Señor.

Nuestra palabra es portadora de un saludo, un don, y un deseo de más amplia significación.

Ante todo un saludo

Sois catorce en número, como catorce son las obras de misericordia, que forman todas juntas el gran pedestal sobre el que se yerguen los triunfos de la civilización cristiana a través de los siglos. Nos complacemos en recordar las diversas partes del mundo, desde las cuales habéis venido hasta la Cátedra de Pedro, y a donde volveréis, portadores de gracia y de bendición.

De África: Costa de Marfil, Ghana, Madagascar, Tanganika, Alto Volta, Nigeria, Congo.

De Asia: Pakistán, Japón, Borneo.

De Oceanía: Australia, Islas Salomón.

Oh, hermanos e hijos Nuestros amadísimos, recién consagrados: el título que desde hoy en adelante acompañará a vuestro nombre de familia: Humilis Episcopus Ecclesiae Dei, baste desde ahora para vuestro preclarísimo honor: por el tiempo y por la eternidad.

En los territorios de antigua tradición o en campos recién abiertos al milagro de la siembra evangélica, vuestro oficio de obispos, múltiple en sus aplicaciones, es uno en la substancia. La colecta de la Misa de hoy lo define con palabras que penetran hasta lo más íntimo en cada uno de nosotros: la luz de la verdad, desciende de Dios; atraídos por ella, los hombres encuentran el camino de la justicia; y se deciden a rechazar lo que es contrario a las leyes divinas, y a vivir perfectamente. de acuerdo con las. mismas. Así, pues: veritas, iustitia, sanctitas.

Toda la fuerza del apostolado católico está ahí. El buen resultado de la acción pastoral, libre de cualquier ilusión de gloria y de intereses materiales tiene en esto lo que la diferencia de toda otra actividad, incluso espiritual, si se refiere sólo a la vida terrena.

El humilde Vicario de Cristo reúne cada mañana en torno a su cáliz a sus hijos, distribuidos en inmensa corona por todas las partes de la tierra; pero con especial ternura se vuelve a sus cooperadores en el apostolado, distribuidos por todos los continentes, operarios del Evangelio ciertamente innumerables, gracias a Dios, pero siempre insuficientes para las exigencias y aspiraciones de la mies.

Es verdad que el Papa no posee abundancia de recursos materiales para asegurar a cada uno una existencia tranquila; pero con el alma inundada de gozo puede sí afirmar que el fervor de la cooperación misionera, que afluye a la Congregación de Propaganda Fide —el Alma Mater de las Misiones—, a la Sagrada Congregación para la Iglesia Oriental y a las Obras Pontificias de la Propagación de la Fe: Santa Infancia, San Pedro Apóstol, vivificadas por la Unión Misionera del Clero, sigue ofreciendo un espectáculo de tan alegre y edificante progreso, y de tan vivo interés en el sentido del frater qui adiuvatur a fratre, que Nos fuerza a bendecir a la Providencia por los bienes del cielo y de la tierra, y a predecir, aun enfrente de la tempestad amenazante por algunas partes, que nuevas auroras de luz y de humana tranquilidad se preparan para renovada salvación de los pueblos.

Un don: la cruz para vuestro pecho

Amados hermanos e hijos en el orden episcopal: Como recuerdo de este día, memorable para Nos y para vosotros, hemos querido poner sobre vuestro pecho una cruz adornada con los símbolos del Espíritu Santo, y con la imagen de los dos Juanes: el Precursor y el Evangelista, tan cercanos y queridos al Mesías y Maestro Divino: Señal y símbolo bendito de perenne luz, de cotidiano aliento, de victoria segura, por el nombre y la gracia de Cristo.

Oh Cruz santa de Jesús «per quam itur ad regnum», siempre delante de nuestros ojos y siempre puesta sobre nuestros corazones. El autor de la «Imitación de Cristo» te saluda felizmente con nosotros «Salus, vita, protectio ab hostibus; infusio suparnae suavitatis, robur mentis, gaudium spiritus, summa virtutis, perfectio sanctitatis» (Lib. II, c. 2).

Augurio de amplia significación

La llamada esplendorosa de esta cruz nos invita a un pensamiento de edificación para todos vosotros, del clero y del laicado, que estáis presenciando esta solemne ceremonia, o escuchándola a través de la radio, para. todos, esforzados misioneros o sus cooperadores en el mundo entero.

Esta solemne asamblea de almas, en el templo máximo de la Cristiandad, que expresa el opus divinum de la católica y perseverante evangelización de todos los hombres, ¿no es, acaso, para todos vosotros, como lo es para Nuestro espíritu, una llamada y un ejemplo sublime y atrayente, para la ordenada convivencia y mutua cooperación de todos los pueblos según las dotes peculiares y la vocación de cada uno, en la medida de la contribución que todas las inteligencias y buenas voluntades pueden ofrecer, para la elevación del individuó, para el honor, la prosperidad y la se­guridad de las familias, para la civilización del mundo entero?

Vosotros Nos comprendéis, amados hijos. En estas semanas, la atención de millones de almas se aplica, con grave ansiedad, a indagar, a interpretar, a prevenir, incluso a confundir, palabras, actitudes, manifestaciones de los más altos representantes de las grandes naciones, cuya suerte descansa, en gran parte, sobre sus conciencias, y que se reunirán para deliberar respecto al ajustamiento o la disolución de la paz del mundo.

Para nosotros, educados en la escuela de las cosas celestiales, la distinción entre los bienes de la vida presente y de la futura, los bienes del tiempo y los de la eternidad, siempre es obvia y todo lo aclara: «Buscad ante todo el reino de Dios y su justicia, y todas las otras cosas se os darán por añadidura» (Lc 12, 31). Pero es acerca de estas otras cosas, es decir, la participación y el disfrute de los bienes de la tierra, sobre lo que versa el desacuerdo, que puede degenerar en grave perjuicio para las finalidades superiores de la vida humana, espiritual e inmortal. ¿De qué serviría la actividad misionera, y la multiplicación de los apóstoles del Evangelio puestos al servicio de la verdad, de la justicia y de la fraternidad humana y cristiana, si por la confusión parcial o universal de los hombres y de los pueblos, la violencia de la opresión viniese a tener la afirmación de cualquier derecho y de cualquiera posibilidad de convivencia pacífica?

Así pues, amados hermanos e hijos, ésta es para todos la hora del sursum corda.

Las manos consagradas de los nuevos pastores y apóstoles se eleven al cielo juntamente con las Nuestras, en acto de súplica, en unión con la Iglesia universal, para ejemplo de los hombres sabios y poderosos de este mundo, ocupados en el ejercicio de tremendas responsabilidades para la afirmación del mutuo respeto de la libertad de los individuos, de las familias y de las naciones.

La Iglesia de Cristo, y con ella cuantos comparten sus latidos de universal caridad siempre está presente donde quiera que se forja la suerte de lose pueblos, donde quiera que se trabaja y se sufre. No ha nacido ayer. Desde hace veinte siglos vive y combate, no con las armas de la violencia, sino con las de la caridad, de la oración y del sacrificio. Y sus armas son incomparables e invencibles: porque son las armas de su divino Fundador, que en la hora más solemne de su vida dijo a los suyos: «Confidite: ego vici mundum» (Jn 16, 33): tened confianza, yo he vencido al mundo.

¡Oh, Cristo Salvador: a Ti, rey glorioso e inmortal de los pueblos y de los siglos: adoración, bendición y amor de toda la tierra, así como de los cielos! Así sea. Así sea para siempre.


*AAS 52 (1960) 466-469. Discorsi, Messaggi, Colloqui, vol. II, págs. 335-3389.

 

 



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