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MENSAJE DEL PAPA JUAN XXIII
A LOS NIÑOS DE LAS ESCUELAS CATÓLICAS DE AMÉRICA
*

 

Hace un año que os dirigimos nuestro primer mensaje, queridos hijos de las Escuelas Católicas de América. Ahora os escribimos una vez más y nos damos cuenta de que os conocemos un poco mejor que el año pasado.

Durante el año 1959 los Obispos de los Estados Unidos vinieron a Roma para la visita canónica de cada quinquenio y tuvimos el placer de ponernos en contacto con todos ellos. Nos hablaron de las oraciones que los niños de América estaban ofreciendo por el Padre Común y por sus intenciones. Sentimos mucho consuelo de saber que pedíais por Nos, porque sabemos que Dios os escuchará y otorgará a la Iglesia su bendición y segura protección.

Ya hace muchos años, al comienzo de la Cuaresma, el Vicario de Cristo os ha hablado y escrito sobre los niños de todo el mundo que no han sido tan afortunados como vosotros. Nos sabemos que os interesáis por esos niños y que queréis manifestarles vuestro amor ayudándoles del modo que os sea posible; Nos mismo hemos visto los frutos de vuestra generosidad el año pasado, cuando vuestros donativos en dinero y ropas nos permitieron ayudar a innumerables familias necesitadas.

Aun hoy, mientras disfrutáis de muchos dones que Dios en su Providencia os ha otorgado así, como a vuestro gran país, hay todavía millones de niños que sufren. Muchos ni siquiera tienen alimento para subsistir; otros muchos no tienen vestidos suficientes para protegerse al llegar el crudo invierno; y en innumerables casos esto se agrava porque sus casas no son más que chozas y cabañas. La causa de esto es que muchos tienen que huir de la persecución y se ven obligados a dejar todo lo que les pertenece. En la confusión de la guerra y opresión muchos han perdido a sus padres y madres y han sido privados del cariño de familiares queridos. No tienen casas ni escuelas como las vuestras, y con frecuencia conocen muy poco de Dios y, por tanto, tienen poca probabilidad de amarle.

Por esto Nos hemos recurrido a vosotros para animaros a que sigáis ayudando a vuestros queridos amigos en Cristo. Vosotros podéis hacerlo, en primer lugar rogando por ellos: pedid a Dios que proteja a esos niños y los libre del pecado y de sus ocasiones; suplicadle por su salvación, para que tengan fortaleza para resistir a las tentaciones que ponen en peligro sus almas. Estamos seguros que Dios no rechazará vuestras súplicas, puesto que proceden de corazones puros y entregados a Él.

En segundo lugar, durante la Cuaresma, que es tiempo de penitencia y de sacrificio, vosotros podéis ayudarles materialmente haciéndoles donativos. A través de sus organizaciones de Ayuda Católica [1], vuestros Obispos envían todos los años socorros a los pueblos del mundo que sufren, pues los católicos de América han sido muy generosos y compasivos. Vosotros podéis sentir la tentación de decir que vuestros ofrecimientos son demasiado pequeños para hacer ningún bien; pero cuando recordéis que sois tantos os daréis cuenta de que vuestros donativos como ropas, monedas, o lo que deis, pueden llegar a constituir una ayuda considerable. A través de vuestros queridos Obispos y de sus organizaciones, vosotros podéis, realmente, ayudar a esos niños que sufren. Si fuese posible; nos gustaría hablaros de muchos gritos desgarradores que llegan hasta Nos cada día y que nos causan mucha pena. Confiamos en que serán socorridos, puesto que vosotros habéis sido tan generosas en el pasado, y estamos seguros de que haréis lo posible también este año. Vuestros sacerdotes y religiosas os dirán cómo podréis colaborar.

Estos pobres niños que sufren se sentirán dichosos al recibir vuestra ayuda, rogarán por vosotros y pedirán a Dios que siga bendiciendo a vuestras familias y a vuestro gran país. Cristo ha dicho que lo que hiciereis por el menor de éstos, a Él se lo hacéis (Mt 25,40). Podéis estar seguros de que Nuestro Señor os recompensará generosísimamente en proporción a vuestra generosidad en dar.

Con el fin de demostraros nuestra estima y gratitud por vuestras oraciones y por la ayuda que nos habéis proporcionado, os otorgamos a vosotros, a vuestros maestros, padres y familias nuestra paternal Bendición como prenda de copiosas gracias y favores de Nuestro Señor.

Del Vaticano, 9 de febrero de 1960.

IOANNES PP XXIII


*  AAS 52 (1960) 158-160.

[1] En inglés: Catholic Relief Services.

 



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