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 CARTA DE SU SANTIDAD JUAN XIII
AL SUPERIOR GENERAL DE LOS FRAILES MENORES
*

A nuestro querido hijo Agustín Sepinski,
Superior General de la Orden de los Frailes Menores.

JUAN PAPA XXIII

 

Querido hijo, salud y Bendición Apostólica.

La Iglesia Católica ha tenido en todo tiempo especial solicitud y profunda devoción a los Santos Lugares de Palestina, cuna de nuestra religión. Y los fieles cristianos dirigieron siempre sus ojos con emoción profunda hacia esos monumentos que, santificados por el nacimiento, vida y muerte del Divino Redentor, «son como los estandartes enarbolados de los triunfos del Señor» (San Jerónimo, Ep. 46). Por esto hemos de alabar constantemente a tus hermanos en religión, querido hijo, los cuales, al encargarse de la custodia de los Santos Lugares, procuraron por todos los medios conservar en perfecto estado tan insigne patrimonio cristiano.

Pues bien, estas glorias esculpidas en letras de oro en los anales de la Iglesia las evoca en el presente año un acontecimiento verdaderamente venturoso; hace cuatro siglos que los Frailes Menores se establecieron en el Convento de San Salvador de Jerusalén. Lo cual fue un motivo de consuelo para los franciscanos, expulsados tan dolorosamente ocho años antes del Sagrado Cenáculo, y su invicta constancia es digna de los mayores elogios, ya que soportaron todo género de sufrimientos y, a pesar de los peligros, perseveraron denodadamente en el cumplimiento de la misión a ellos confiada.

Sería prolijo enumerar todos los bienes que han manado de esa nueva sede en el transcurso de los siglos cuya influencia, cual torrente impetuoso, se ha dejado sentir no sólo en Palestina sino también en otros países del próximo Oriente. Nos referimos a esas obras de apostolado y caridad y a otras muchas comenzadas que por todas partes se han establecido y por ellas se extiende cada día más la acción de la Iglesia para desempeñar su ministerio de salvación.

Sabemos muy bien que a la diligencia de tus hermanos en religión se debe el que los fieles, que peregrinan a Tierra Santa, puedan todavía seguir con veneración y profundo amor las santas huellas del Señor.

Hemos creído conveniente, querido hijo, que conmemoréis dignamente este acontecimiento, ya para dar las debidas gracias al Dios Omnipotente, ya para que, el recuerdo público de las antiguas gloriosas gestas, sirva de mayor estímulo y emulación. Que tus hermanos en religión, movidos por los ejemplos de vuestros antepasados, que dieron su vida por tan nobilísima causa, consideren cuán grande es esta obra y cuántos beneficios para la Cristiandad hay que esperar de ella con razón.

Además, en esta circunstancia conviene poner de relieve que, al recordar los méritos de tu Orden, se observa también con satisfacción una devoción de los fieles de todo el mundo católico, que procuran ayudar y ayudan por todos los medios a la causa de los Santos Lugares. Ardientemente deseamos, querido hijo, que estos generosos esfuerzos no disminuyan sino que se fomenten y estimulen mucho más. Así, pues, renovando la constante solicitud de nuestros predecesores sobre el particular, aprovechamos gustosos esta oportunidad para ratificar las disposiciones dadas por los Sumos Pontífices León XII y Benedicto XV, de feliz memoria, en las que se manda que «en las iglesias parroquiales de cada diócesis por lo menos una vez al año, a saber, el Viernes Santo u otro día al año a elección del Ordinario se expongan a los fieles las necesidades de los Santos Lugares» (AAS. X, 1918, páginas 437-439).

Y urgimos esto tanto más cuanto que en las circunstancias actuales, habiendo aumentado cada vez más las necesidades, como todos saben, exigen un espíritu más generoso de caridad.

Dios no permita que las numerosas obras instituídas y comenzadas en esos países para promover la religión católica, al disminuir la generosidad del pueblo cristiano, difícilmente puedan prestar su concurso, que en tiempos pasados fue tanto honor para la Iglesia.

Con esta esperanza suplicamos encarecidamente al Dios Omnipotente que os sea propicio y conceda benignamente que por vuestro medio la causa de los Santos Lugares tome cada día mayores impulsos. Este es nuestro más ardiente deseo como prueba de nuestro amor a esa tierra que fue patria del Verbo Encarnado y de la que partió la predicación del Evangelio que resonó en todo el orbe.

En prenda de estos deseos impartimos a ti, querido hijo, y a toda tu familia religiosa, una copiosa Bendición Apostólica en el Señor.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 17 de abril año 1960, fiesta de la Resurrección del Señor del segundo de nuestro Pontificado.

IOANNES XXIII PP


*  AAS 52 (1960) 388-390.

 

 



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