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 CARTA DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
AL CARDENAL VICARIO DE ROMA
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Al Cardenal Clemente Micara, 
obispo de Velletri y vicario de Roma.

Señor Cardenal:

El mes de octubre que tenemos a la vista recoge nuestro espíritu en torno a pensamientos pacíficos y propósitos de prudencia y de confiada espera.

En los meses pasados fueron para Nos motivo de pena los ecos dolorosos de las sacudidas de la naturaleza que llenaron de luto vastas regiones alejadas a nuestra vista pero muy presentes y queridas dentro del sentimiento humano y de cristiana fraternidad. En días más recientes otras calamidades se abatieron sobre regiones más próximas y familiares a Nos.

En consonancia con estas noticias continuaron anunciándose otras durante todo el año como signos de prueba y de ansiedad que acompañan el curso de la vida humana de cada hombre sin distinción.

Pero lo que contiene casi la respiración de toda la humanidad es el triste estado de incertidumbre de un mundo todavía ansioso de verdadera paz entre los hombres y las naciones y de diversos modos turbado por trágicas preocupaciones sobre el más o menos lejano futuro.

Ahora bien, para las almas que creen en Dios y en la presencia en el mundo de su Hijo Cristo Jesús para universal redención y salud, he aquí que al despuntar octubre se produce una claridad en el horizonte, en la santa y piadosa visión de la Madre bendita del Salvador: Sancta Maria, Mater Dei, invocada por el pueblo cristiano, religioso y confiado, mediante la devoción del Rosario, que une a grandes y pequeños en una misma ascensión espiritual portadora de luz, de consuelo, de paz.

Es ésta —del Santo Rosario— la oración más sencilla y accesible para el pueblo cristiano ya enriquecida por nuestros venerados antecesores con tantas exhortaciones y bendiciones.

Nos no vivimos de ilusiones. Como tantas y tantas otras veces en la historia —puesto que nil sub sole novum (Eccl. 1, 10)— la hora que el mundo está atravesando es bastante grave; grave y peligrosa. Está en juego la vocación histórica de los pueblos, el destino eterno de cada hombre creado a imagen de Dios.

No es nuestra costumbre levantar el velo de las desgracias y de las ruinas amenazadoras que aprietan el corazón de quien siente el sagrado deber de guardar y defender el orden doméstico, social, religioso.

Pero las estadísticas están ahí, alarmantes en su gélida enunciación de los datos que públicamente nos ofrecen advertidos y competentes especialistas: general desprecio de la vida, apetencia de poder; sutil pero obstinada iniciación en el error que determina, con teorías y con espíritu anticristianos, la estructura del sistema de vida social de las masas alimentadas por tergiversaciones de la verdad.

Todo esto usted lo comprende, señor Cardenal, ha de mirarse con preocupación en el orden espiritual, religioso y social por quien, como el Obispo de Roma, y cuantos participan en sus solicitudes pastorales, viven, sufren y se preocupan grandemente ante el Señor y ante las almas.

¡Ah! Nos acompañamos con el mayor interés y seguimos de todo corazón con ferviente aliento augural y benedicente a cuantos hombres de bien y jefes de Estados colocados en las alturas por la Providencia —que todo lo dispone y permite— para gobernar los pueblos, y las naciones tienen las mayores responsabilidades en las Asambleas Nacionales e Internacionales, a fin de que se orienten decididamente en la salvaguardia de la justicia y de la libertad.

Pero, ante todo, en unión con el pueblo cristiano, invitamos a una fervorosa y magna súplica a la Madre de Jesús y Madre nuestra, María Auxilium Christianorum et Regina Mundi.

¡Cómo se hacen conmovedoras las exhortaciones a la oración que San Bernardo sugería a los fieles de su tiempo! Aquel su Respice stellam, voca Mariam en las adversidades, en las dudas, en los peligros para la Santa Iglesia, incluso en el orden social, piensa siempre en María: Mariam cogita, Mariam invoca.

El Padrenuestro, el Gloria y el Ave María sobre los labios, la visión de los misterios de la vida de Jesús y de su Madre ante los ojos; el suspiro del corazón atento y fervoroso. ¡Ah qué delicia este Rosario bendito, qué seguridad de ser escuchados aquí en la tierra y en los cielos eternos!

Señor Cardenal: Queremos dirigir una invitación confiada ante todo a los romanos a quienes el Señor ha querido confiarnos como objeto más próximo de nuestra solicitud episcopal. Nos sentimos confortados con el pensamiento de que en el mes de octubre, especialmente en el seno de la familia, después de la fatiga cotidiana, en las manos de los padres y de los hijos, particularmente de los niños inocentes, de los enfermos y de los ancianos, se deslice la corona del Rosario y eleven al cielo la plegaria bendita.

Y, puesto que en el rezo del Rosario lo que cuenta es el movimiento de los labios en concordancia con la devota meditación de cada uno de los misterios, Nos estamos seguros de que nuestros hijos, haciendo coro con los hermanos de todo el mundo, sabrán formarse una escuela de verdadera perfección, contemplando con íntimo recogimiento las enseñanzas que irradian de la vida de Cristo y de María Santísima.

Invitamos, pues, a orar según nuestras intenciones. Todos las conocen. Entre ellas hay una muy familiar a nuestro espíritu, y orientada a los intereses generales de la Iglesia: queremos decir la preparación del Concilio Ecuménico. El gran acontecimiento de la vida eclesiástica que cada día consigue mayor acogida en el mundo quiere hallar correspondencia no sólo entre el clero, los religiosos y las religiosas, los seminaristas, a quienes recientemente nos hemos dirigido de modo expreso, sino también en el corazón de todos los fieles que viven en armonía de convicciones y de obras con la Santa Iglesia.

Con la alegría que nos procura el pensamiento de que este nuestro deseo suscitará una emulación de santo fervor entre nuestros hijos de Roma, particularmente en las parroquias, en las familias religiosas, en los colegios y en los hospitales, sírvase, Señor Cardenal, a través del Cardenal provicario y sus colaboradores, transmitir con la acostumbrada amabilidad al clero y a los fieles nuestra confortadora Bendición Apostólica.

Del Palacio Apostólico, el día 28 de septiembre del año 1960, segundo de nuestro Pontificado.

 

IOANNES PP. XXIII PP

 


* AAS 52 (1960) 814-817; Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 873-876.

 

 



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