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CARTA DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
CON MOTIVO DE LA CLAUSURA
DEL II CONGRESO CATEQUÍSTICO DE VENECIA
*

 

A nuestro querido hijo
Juan Cardenal Urbani
Patriarca de Venecia.

Señor Cardenal:

Al terminar las jornadas del II Congreso Catequístico, que en Mestre y Venecia han visto participar al clero y fieles del patriarcado, nos proporciona viva satisfacción dirigir unas palabras a cuantos, acogiendo su invitación, han contribuido al éxito de la providencial iniciativa.

Recordamos con invariada alegría los encuentros de seis años de gobierno pastoral en esa diócesis, caracterizados por familiar espontaneidad —los ojos en los ojos, el corazón abierto a los corazones—, y nos es grato exhortar a los hijos queridos de ayer y de hoy a mantener vivo el ideal, que ha brillado con su más clara luz durante las dos semanas de estudio.

Se levantan aquí y allí voces para lamentar de vez en cuando la exigüidad o la falta de una sólida instrucción religiosa; y, a decir verdad, algunas manifestaciones de las costumbres de hoy parecen justificar tal apreciación. Pero se pueden alimentar fundadas esperanzas cuando —como en Venecia— el clero y el laicado se reúnen, con preocupada atención, a considerar el valor de la catequesis, es decir, de enseñanza ordenada y completa de la doctrina revelada por Dios y transmitida por la Iglesia para conocerla y vivirla cada vez más profundamente.

Con sabia oportunidad el tema del Congreso, que se refiere a la buena nueva de la salvación, fue elegido con un objetivo preciso: Por una catequesis que conduzca a la vida de fe. Aquí está el significado de toda enseñanza viva y vital; aquí la meta de todo esfuerzo educativo al que, juntamente con el sacerdote, debe tender la obra concorde de la familia y de la escuela: formar cristianos convencidos que conozcan su fe y la pongan en práctica.

A tal fin viene muy bien el tema escogido, que ha sido orientado —como ya hubimos de decir el 13 de febrero de este año, hablando sobre el mismo tema a los párrocos y cuaresmeros de Roma— "al anuncio de la salvación ofrecida a todos los hombres; que es como decir la redención operada por Jesús Salvador al precio de su sangre preciosísima, aplicada en sus frutos mediante el sacrificio eucarístico y extendida a todos los hombres por la acción santificadora y misionera de la Iglesia... La salvación tuvo lugar en Jesucristo para todos los hombres heridos por el pecado. Este es el gran punto seguro de referencia en medio de las tinieblas de errores doctrinales y de aberraciones morales: el hombre inserto en la vida misma de la beatísima Trinidad y heredado del cielo por el Verbo de Dios que se hizo carne; la serenidad y la paz se abren ante la vida humana y temperan sus amarguras y pruebas" (L'Osservatore Romano, 13-14).

La reconsideración de las grandes realidades del cristianismo, compendiadas en el áureo libro del catecismo, conducirá, ciertamente, a aquellos frutos de renovación interior que usted, señor Cardenal, espera del Congreso.

Nos dirigimos con viva confianza a esos queridos hijos: a los sacerdotes en primer lugar, a fin de que, dignos de la preciosa herencia de un San Carlos Borromeo y de un San Gregorio Barbarigo, consideren como el primero y más urgente deber del ministerio la enseñanza catequística, dirigida a todas las edades y a todos los grupos sociales in omni patientia et doctrina (2Tim. 4,2). Recordamos a los padres "el sagrado deber, contraído el día de las nupcias, de procurar en primer lugar la educación religiosa y moral de los hijos", según las palabras que un día les dirigimos (El Año Catequístico, en escritos y discursos de A. J. Card. Roncalli. Vol. I, pág. 316). Suplicamos a los educadores, llamados a la alta y delicada misión de plasmar el alma de los futuros hombres, que midan su responsabilidad en esta materia. Y decimos con dulce insistencia a los jóvenes y a los pequeños que correspondan con toda docilidad a los cuidados que se les prodigan. Así, de pleno acuerdo, se ponen las bases de una vida honesta, serena, laboriosa, acepta a Dios y a los hombres.

Venecia tiene una bella tradición en los últimos decenios del siglo XIX y primeros del XX. Nos hablaban de ello admirados y conmovidos los sacerdotes ancianos. Es la tradición de los Patronatos posmeridianos y vespertinos que todavía conservan la validez de una fórmula de general acercamiento de los jóvenes y de los muchachos de las parroquias, encaminado a ofrecer no sólo una hora de agradable entretenimiento, sino, ante todo, una escuela de catecismo de carácter doméstico, mejor diríamos amigable.

No se deje que se pierdan esas antiguas huellas; antes bien, profundícese el surco. E incluso al buscar nuevos métodos no se olvide aquella experiencia preciosa y sabia.

A todos, por último, se dirige nuestro augurio de alegría y de paz, puesto que sólo en la fe vivida está el secreto del verdadero gozo; y la palabra de Dios, dignamente acogida y guardada, asegura la unión de las familias, el orden estable de la sociedad y un gozo indestructible que permanece más allá del tiempo para consolidarse eternamente en la vida que no acaba.

Estos son los votos que Nos le expresamos, señor Cardenal, invitándole a transmitirlos en nuestro nombre con ese celo pastoral con que el Señor le ha enriquecido. Y acompañando estos votos con una ardiente plegaria a Dios, por la poderosa intercesión de la Virgen Nicopeia, de San Marcos Evangelista y de San Lorenzo Justiniano, protopatriarca, y de San Pío X, antiguo patriarca y Sumo Pontífice de la Iglesia universal, los confirmamos con nuestra amplia y confortadora Bendición Apostólica que con particular afecto enviamos a usted, a su Obispo Auxiliar, al Capítulo, a los maestros del Congreso, a los sacerdotes, a los seminaristas, a las religiosas y a los fieles todos del patriarcado.

Del Palacio Apostólico Vaticano, a 22 de abril del año 1961 tercero de Nuestro Pontificado.

IOANNES PP XXIII

 


* AAS 53 (1961) 305-308;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. III, págs. 839-842.

 

 



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