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 CARTA DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
AL CARDENAL SECRETARIO DE ESTADO
*

 

Señor cardenal:

Las manifestaciones de respeto, de piedad filial y de afecto ferviente que venimos recibiendo durante el curso de este mes de noviembre de Roma y de todos los puntos de la tierra, con ocasión de nuestro octogésimo cumpleaños y tercer año de pontificado, es natural que dicten expresiones conmovidas de nuestro vivo agradecimiento.

Y Nos alegre el hacerlo de una manera espontánea, según la costumbre de la Curia, con esta carta al señor cardenal, primer intermediario de nuestras comunicaciones con el mundo entero.

Los alumnos del Colegio de Propaganda Fide en la colina del Gianicolo han puesto la última nota feliz de la reunión universal de innumerables almas, orando con Nos y por Nos según nuestras intenciones. Estas son conocidísimas: El advenimiento del Reino de Cristo, la paz de las naciones, la santificación del clero y del pueblo cristiano. Respecto a los augurios sobre nuestra vida con ocasión de los ochenta años, hemos dejado decir y hacer, con agradecimiento alegre y sereno: Voluntas Dei, voluntas Dei, y basta.

Ella es buen testimonio de lo que ha sucedido en nuestro corazón.

Nuestra inmensa gratitud es, ante todo, para los señores cardenales y para los obispos, para el clero diocesano y regular y para todos los colaboradores de nuestro ministerio apostólico. Y Nos place asociar a éstos con Nos, en el tributo de agradecimiento, a los jefes de Estado, a los Gobiernos y a las casi sesenta misiones extraordinarias —verdaderamente grande y significativa manifestación—, al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, a las personalidades distinguidas de todos los campos de la actividad humana, por habernos cumplimentado personalmente, o por carta, cuya resonancia quedará siempre viva en nuestro corazón.

¿Qué decir de las alegres manifestaciones de la serie inmensa de almas consagradas, de niños, de enfermos, de ancianos, de humildes y pobres?

Motivos de tristeza nos hacen tener el corazón angustiado respecto al futuro de las naciones               y de los pueblos, todos igualmente cercanos y queridos por nuestro corazón. Pero la consonancia de pensamientos y propósitos; la prontitud en el ardiente trabajo a la luz de Cristo, el respeto a los ideales que son sostén y riqueza de la civilización, confirman nuestro bien entendido optimismo.

Las emisiones radiofónicas y televisadas en todo el mundo y la prensa de variadas y diversas ideologías Nos han traído la voz no sólo de los católicos sino también las de numerosísimas y queridas, de otros muchos cristianos y no cristianos, que quiere poner de manifiesto particularmente la sensibilidad de nuestro corazón.

De hecho, la unanimidad y el fervor de las felicitaciones que se nos han ofrecido, adquieren una significación que trasciende la ocasión misma, tan delicada y particular, del ochenta cumpleaños, en cuanto reviste un tono de universalidad, que es confortador y animoso augurio. Son, en efecto, tanto los pueblos de Oriente como los de Occidente, lo mismo que aquellos que acaban de entrar noblemente en el conjunto de las naciones, los que han sido unánimes en ofrecer una prueba de esa unidad de pensamiento e intenciones, que responden a las exigencias del momento presente.

A los queridos jóvenes del Colegio de Propaganda Nos complace decirles sonriendo: Os auguramos que llegaréis y pasaréis nuestra edad... Animosos extendemos el augurio a cuantos han participado en las recientes festividades, con el deseo de que en todo se cumpla la oración, que nosotros mismos hemos dirigido a Dios, según las indicaciones de San León Magno en nuestro discurso de 4 de noviembre en San Pedro: "Ut devotioni proficiat, quod fuerit largitum aetati" (S. León I, Serm. II, 2; ML 54, 144).

Y del gozo común tomamos ánimo para las empresas que Nos esperan en el camino comenzado, recordando las palabras que, justamente el 23 de noviembre de 1958, con motivo del ferviente comienzo del pontificado, dijimos en la Archibasílica Lateranense: "Respecto a nuestra humilde vida Nos agrada repetir el canto de vísperas: Largire lumen vespere, quo vita nusquam decidat... El cristiano está obligado per singulos dies benedicere Deum. Pero nos encontramos en circunstancias singularmente solemnes en las que la bendición tiene que asumir proporciones muy extensas".

La cantidad de mensajes de felicitación nos permite, por tanto, abrazar con único abrazo a los queridos hijos de la Iglesia católica y a toda la familia humana, e invocar sobre cada uno todos los deseos de paz, de prosperidad serena y constructiva, de mutua comprensión y colaboración, en la plenitud de las seguras bendiciones del Señor.

Palacio Apostólico Vaticano, 26 de noviembre de 1961, cuarto de nuestro pontificado,

JUAN XXIII, PP.

 


* AAS 53 (1961) 783-784;  Discorsi, messaggi, colloqui, vol. IV, págs. 981-983.

 

 



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