Index   Back Top Print


CARTA DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
AL GENERAL DE LOS PASIONISTAS
EN EL CENTENARIO DE SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA
*

 

Al querido hijo Malcolm La Velle
prepósito general
de la Congregación de los Clérigos Descalzos de la Santísima Cruz
y Pasión de nuestro Señor Jesucristo

Querido hijo:

Salud y bendición apostólica. Como fuente perenne de santidad, la Iglesia brilla tanto por su espiritual belleza, que no solamente la adorna con sus gestas memorables la edad madura, sino que la embellece también olorosas flores de pura juventud. Entre estos es celebrado universalmente San Gabriel de la Dolorosa, de la Congregación de los Clérigos Descalzos de la Santísima Cruz y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, el cual abandonó la tierra hace un siglo, no contando aún veinticuatro años, pero ya digno del cielo, en la entonces desconocida población de Isola del Gran Sasso.

Desde entonces, pero especialmente desde su beatificación y canonización, aquel joven brilla en la Iglesia como una nueva estrella, enseña con su ejemplo a los fieles, y protege con su intercesión a sus devotos.

Precisamente por ello este joven extraordinario fue nombrado patrono de la juventud católica italiana; pues es bastante próximo a nuestros días; mientras vivía en el siglo ordenó su conducta según la ley de Cristo y en la vida religiosa alcanzó en seguida la santidad. Nos mismo le proclamamos celestial patrono de Abruzzo.

Aprobando, pues, el propósito de celebrar solemnemente la celebración del centenario de la muerte de San Gabriel de la Dolorosa, hemos querido, querido hijo, enviarte esta carta para que este egregio joven, eximia gloria de tu familia religiosa, reciba el honor merecido y a la vez queden de manifiesto las virtudes que con tanta abundancia brillan en su breve vida.

La ciudad de Asís, noble tierra de Santos, vio nacer el 1 de marzo de 1838 a este selecto hijo de la Iglesia, Recibió el nombre del Seráfico San Francisco se esforzó en imitar el amor de Cristo crucificado, el desprecio del mundo y la pobreza. Una vez terminados sus estudios literarios con altas calificaciones, obedeciendo la llamada de Dios, se refugió en un claustro de tu Congregación, es decir, entró en el campo del combate espiritual para no salir sino victorioso. Allí, Francisco Possenti tomó el nuevo nombre de Gabriel de la Dolorosa, convirtiéndose en un nuevo hombre, especialmente en el camino de las virtudes que él ejercitó en sumo grado.

Despreció lo caduco del mundo, considerándose como un sobreviviente en un azaroso naufragio, transportado por la misericordia de Dios a un refugio de salvación, es decir,  al claustro seguro y a la serena convivencia de la vida religiosa. Él, que mientras vivió en el siglo condescendió en algo en vanas preocupaciones y placeres, pudo conocer plenamente "lo despreciable que es la gloria del mundo, lo engañosas que son su caricias y lo caducos que son sus amores" (San Lorenzo Justiniano, De humilitate, 3).

Otra gloria, que Nos hace especialmente querido a este joven atleta de Cristo, es su singular ardor en la penitencia y en la mortificación. Pues había aprendido a dominar los afectos desordenados y a reducir su cuerpo a la obediencia. Siguiendo las enseñanzas de su padre y fundador no solamente meditó los dolorosos tormentos de nuestro Salvador y de su Madre María, sino que quiso hacerse partícipe de ellos para aparecer ante Dios como una víctima digna.

Es también de admirar la vigilancia y cuidado que puso en guardar la castidad; también cuando vivía en el siglo, donde a pesar de las diversiones, vivió siempre una vida inocente llena de delicadeza; luego en el convento, como un lirio fresco difundió el perfume de la evangélica virtud. Con objeto de que tan gran belleza no fuera jamás empañada, se sirvió de los medios más seguros: la oración, la devoción a la Madre de Dios, María, y la penitencia.

A pesar de dominarse tan duramente, San Gabriel no estaba triste, sino que estaba siempre alegre y gozoso; y ésta es otra característica suya. Pues la verdadera paz y el gozo verdadero del corazón no nacen de los placeres vanos, y mucho menos de los prohibidos, sino del ejercicio de la virtud y de la gracia divina que posee el corazón. Siempre igual a sí mismo mostraba en su rostro el gozo del espíritu y lo suscitaba en los demás, porque gozaba de Dios, que "es el gozo de los gozos, el que supera a todos, y sin el cual no hay ninguno" (Soliloqu. animae 35; P. L. 40, 894).

Finalmente, resplandeció en San Gabriel una singular devoción a la Virgen María, y este amor no fue en él un entusiasmo estéril, sino un amor probado con las obras. La Madre piadosa estaba presente siempre en su pensamiento, en ella se refugiaba en las vicisitudes de la vida, recordaba y compartía devotamente sus dolores, acostumbraba a confiar completamente en Ella para poder ser juzgado émulo de San Bernardo, de quien es esta delicada exhortación: "Piensa en María, invoca a María, que no se aparte Ella de tus labios, que no se aparte de tu corazón; y para pedirle la ayuda de su oración, no dejes de imitar sus ejemplos" (Hom. I, Super Missus; P. L. 183, 70). En esto llegó a tanto que se obligó con voto a difundir las glorias de la Madre de Dios.

Al estar plenamente formado, este joven ejemplar, en el modelo de su Fundador y padre, los clérigos descalzos de la Santísima Cruz y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo tienen a quien imitar; y estamos seguros que aceptarán, en esta fiesta centenaria, la invitación de cumplir con prontitud de ánimo las altas y egregias normas que se les imponen.

Pues a ellos corresponde levantar el estandarte de la Cruz del Señor y llamar a los pueblos al camino de la salvación con la meditación de este misterio. Pero no podrán hacerlo, si no están llenos de la ciencia de la Cruz, como San Gabriel.

Aconsejamos también a los jóvenes a contemplar atentamente a este ínclito Santo, pues él, en el breve tiempo que vivió sobre la tierra, experimentó y venció sus mismas dificultades. Esta exhortación es tanto más oportuna dado que los jóvenes son por naturaleza enemigos de la disciplina, amantes del placer y olvidadizos de las cosas de otra vida (Col 3, 1), y demasiado ansiosos de lo material. Aunque San Gabriel en su vida en el siglo no fue ajeno a las diversiones, sin embargo, éstas no le apartaron nunca de Dios. Por su ejemplo, nuestros queridísimos jóvenes aprenderán a "servir al Señor con alegría" (Cf. Sal 99, 1), a la vez que a ordenar los afectos del corazón y los actos de la vida según las normas de la modestia y de la templanza. Que él sea para ellos, de una manera especial, maestro de integridad de costumbres, hoy cuando tantos peligros amenazan la virtud de la castidad y en todas partes surgen incentivos para el mal, por medio de los modernos adelantos técnicos. Por tanto, para salir victoriosos en la lucha por la castidad, honren con viva piedad a la Virgen María Inmaculada y confíen en su protección, como solía hacer San Gabriel.

El no solamente ofrece consejos y ejemplos a los jóvenes seglares, sino también a los llamados al estado sacerdotal. Deben persuadirse éstos que hay que dar una importancia mayor no a la actividad exterior sino a la interna, dado que aquélla ha de derivarse de la vida sobrenatural que alimenta el alma. Es ineficaz toda obra no surgida por la gracia de Dios, que es la que ilumina y dirige al hombre. Preocúpense, pues, éstos en santificarse por las almas que luego se les desconfiarán, y en seguir con toda diligencia el llamamiento divino a la sagrada milicia. Para esto no hay que olvidar la penitencia, que San Gabriel ejercitó de una manera admirable, mientras se preparaba al sacerdocio. Absténganse, por tanto, de ciertas diversiones aseglaradas, aunque éstas no estén prohibidas a los seglares. Inflamados por el amor a lo espiritual, obedezcan con corazón pronto y humilde a los superiores y acepten de buen grado su voluntad, ya que representan a Dios, evitando el orgullo tan impropio de los alumnos del Santuario.

Finalmente, la vida de este joven, resplandeciente en tantas virtudes, estimule eficazmente a los padres y madres de familia a cumplir el deber y el oficio de educar a los hijos según los preceptos de la religión; pues a ellos pertenecen no solamente el dar una nueva vida a la sociedad, sino también, y, sobre todo, el procurar que los hijos sean miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo. Si en la familia hay ambiente de piedad, si florece la integridad de costumbres, si predomina la ley de Dios, fácilmente se sembrarán allí, por obra de la gracia divina, los gérmenes de las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa y se pondrán los cimientos de la santidad.

Estas son, pues, las exhortaciones y consejos que sugiere el centenario de la piadosísima muerte de San Gabriel. Esta festividad coincide con el año en que se reunirá el Concilio Ecuménico Vaticano II. Si todos se preparan a él, según el espíritu y los ejemplos de ese admirable joven, recogería ciertamente fecundos y abundantes frutos. Concedemos, pues, de todo corazón, en el Señor la Bendición Apostólica, a ti, querido hijo, a los miembros de la congregación que diriges, a las asociaciones de jóvenes de Acción Católica y a todos los que intervengan en esta fausta conmemoración, como prenda y augurio de los dones celestiales.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 27 de febrero de 1962, cuarto de nuestro Pontificado.

JUAN PP XXIII

 


* AAS 54 (1962) 160; Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 993-997.

 

 



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana