Index   Back Top Print


CARTA DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
AL EPISCOPADO ESPAÑOL

 

A nuestros queridos hijos
el cardenal Enrique Pla y Deniel,
arzobispo de Toledo,
los cardenales-arzobispos de Tarragona,
Santiago de Compostela y Sevilla,
y a nuestros venerables hermanos
los arzobispos y obispos de España.

Vivo consuelo proporciona a nuestro corazón de Padre Común la noble actitud de fraterna ayuda hacia América Latina que distingue, honrándolo, al clero de España. Conocido Nos es el edificante ejemplo que, en los casi tres lustros de su incansable y siempre creciente actividad, ofrece a todos la benemérita Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana. Ampliamente comprobados son los frutos de su eficiencia por cuantos se benefician de la seria y específica preparación que reciben los sacerdotes que han frecuentado los centros por ella dirigidos. Y, asimismo, tenemos noticia del laudable desprendimiento demostrado por diversos prelados españoles, quienes, al promover o secundar otras iniciativas, han llegado a ceder prestigiosos elementos —y a veces con admirable largueza— a otros ordinarios de lugar de más allá del Océano.

Mas todo esto —unido a la aportación de otros esforzados sacerdotes de distintas nacionalidades—, a pesar de ser tanto y tan eficaz, no llega sino a remediar en parte la apremiante situación de aquellos pueblos. Así lo atestigua la ardiente llamada que estamos recogiendo en nuestros contactos con un elevado número de pastores de almas venidos desde allá a la Ciudad Eterna para tomar parte en las tareas conciliares y cuyas anhelantes preocupaciones queremos participaras.

Bien sabemos que no es nuevo el clamor del Episcopado de aquellas naciones al poner de relieve la urgente necesidad de brazos apostólicos que consoliden cuanto una tradición cinco veces centenaria ha ido forjando en sus dilatadas tierras, desde cuando la Iglesia —a través de celosos y magnánimos sacerdotes hispanos que siguieron las huellas de fray Bernal Buil y compañeros— les abrió sus brazos con el anuncio de la Verdad evangélica. Pero sí es nueva y única en la historia de estas cristiandades la circunstancia de la presente hora conciliar, durante la cual tal clamor vibra en nuestros oídos con un acento particular que hace estremecer las fibras más hondas de nuestro corazón

Tan vastas regiones, cuya unidad se basa precisamente en la mancomunidad de la fe y en la hermandad del lenguaje, ofrecen a nuestra mirada el mismo es espectáculo que vieron los ojos del dulce Maestro cuando hacía observar a sus discípulos la desproporción entre la mucha mies y los pocos operarios. Multitudes hambrientas de Dios e imposibilitadas a reconciliarse con Él por medio del sacramento del perdón cuando el dolor de sus debilidades acucia las conciencias: otros sacramentos cuya recepción se difiere con grave peligro para las almas: sacerdotes que templan hasta el extremo límite las propias fuerzas y que no encuentran cerca de sí el conforte de otro corazón sacerdotal con el cual compartir ansias y desvelos; seminarios que, ante un prometedor resurgir vocacional, no pueden dar a la Iglesia el gozo de acoger en su seno tan esperanzadoras juventudes por falta de maestros íntegramente dedicados a la formación de los futuros ministros de Dios: todo esto —síntesis de muchas otras situaciones análogas— Nos incita a renovaros, queridos hijos y venerables hermanos, la invitación a que continuéis prestando presurosa atención a tales naciones.

Y en el momento excepcional que la Iglesia vive, sentimos la conveniencia de que hagáis una llamada también excepcional a vuestro clero, siempre generoso y abnegado, para que en esta precisa coyuntura histórica renueve sus esfuerzos en ayuda de unos hermanos sobre cuyos hombros pesa un trabajo para el cual no basta el ardor incansable de sus manos. El pronto y decidido ofrecimiento de un número crecido de sacerdotes será, sin duda, el más grato don que, en memoria y como primicias de las celebraciones conciliares, se les puede hacer. Un regalo que encontrará en la Jerarquía, en los sacerdotes y en los fieles de aquellos países inmensa y perenne gratitud y a la cual acompañará la nuestra de “Episcopus Ecclesiae Catholicae”.

Nos estamos ciertos de que también el sacrificio, tanto personal del apóstol que deja la Patria como el de quienes pueden verse privados de su próvida asistencia cotidiana, será abundantemente remunerado por el Dador de toda recompensa. Una prueba del fecundo valor de la renuncia la tienen aún reciente las actuales generaciones de España, en cuyo suelo a la dolorosa desaparición de tantos obispos y sacerdotes ha seguido la gracia del espléndido plantel vocacional que ahora goza y que Nos permite exponeros con paternal confianza estos nuestros solícitos deseos.

Como aliento en la favorable consideración de nuestro ruego, mientras invocamos del Señor, por intercesión de Santa María —con cuyo nombre España dio su primer saludo a las virginales tierras de América—, favores escogidos sobre vosotros y sobre vuestro clero, Nos complacemos en otorgaros una amplia bendición apostólica.

Del Vaticano, 17 de noviembre de 1962, festividad de los Beatos Roque González y compañeros, mártires hispanoamericanos.

 

JOANNES PP. XXIII

 



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana