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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
AL GENERAL DE LOS FRANCISCANOS
CON MOTIVO DEL VII CENTENARIO DEL TRASLADO
DE LAS RELIQUIAS DE SAN ANTONIO DE PADUA

 

 

A nuestro querido hijo Basilio Heiser,
ministro general de los Hermanos Menores Conventuales

Querido hijo, salud y bendición apostólica.

La familia franciscana, como hasta Nos ha llegado, se dispone a celebrar el recuerdo del acontecimiento que hace siete siglos se dio en Padua; por cuyo motivo afluirán allá, como es de esperar, ingentes multitudes de fieles. Pues el día 8 de abril de 1263 las sagradas reliquias de San Antonio, luz eximia de esta Orden, en muchas ocasiones puesto como intercesor ante Dios del pueblo cristiano, doctor de la Iglesia con potente voz, fueron trasladadas desde la Iglesia de Santa María Madre del Señor, donde habían permanecido durante seis lustros, hasta la basílica que con sumo gusto y gran magnificencia se le había levantado en la misma noble ciudad. También Nos, que antes de llevar sobre nosotros la grave tarea apostólica éramos patriarcas de los venecianos, siempre sentimos un singular afecto por este tan excelso santo, visitamos, movidos de este sentimiento y veneramos su augusto templo, y no queremos omitir expresamente que siempre que tuvimos esta ocasión observamos en él un gran fervor religioso y nos asociamos al gozo común.

Como se cuenta en sus anales, al ir a reconocer su cuerpo, apareció su lengua rosada, como la de un hombre vivo, no pareciendo que hiciera mucho tiempo de su muerte; se cuenta que San Buenaventura, ministro general de la Orden por aquel tiempo, y que estaba presente, exclamó: “¡Lengua bendita que siempre bendeciste al Señor e hiciste que otros lo bendijeran, ahora se comprueba manifiestamente los grandes méritos que obtuviste ante Dios” (Brevi. Romano. Serafico día 15 de febrero. Cfr. Crónica XXIV Generalium, Analecta Franciscana III, Ad claras Aquas 1897, página 157). Es decir, que el doctor reconoció al doctor y le dedicó un gran panegírico; teniendo el gran ejemplo de la conservación de su lengua inmune a la corrupción, ya que había sido instrumento del Espíritu Santo.

Y preparándose grandes solemnidades para conmemorar este acontecimiento se nos ofrece la ocasión de exhortaros con ánimo paternal a que os esforcéis por formaros según el ejemplo de vuestro insigne hermano,  pues “él se dedicó con unción y empeño a la disciplina franciscana” (cfr. San Bonaventura, Collationes in Hexaemeron, col. 22, núm. 21); es decir, siempre y en primer del lugar, “bendijo al Señor”. Pues viviendo una vida del todo unida a Dios no cesaba de interceder ante él con oraciones, y no hay nadie que ignore que esta costumbre de suplicar a Dios es algo principal y de suma importancia para conseguir grandes frutos. Ayuda el recordar estas palabras de San Agustín, el maestro delicadísimo: “Todo el tiempo que aquí permanezcamos roguemos a Dios que no nos aparte el espíritu de oración y su misericordia, es decir, que siempre oremos y que siempre se compadezca de nosotros” (Enarrat. in Ps., 65,24; P. L. 86,801).

Además, como nos consta por sus biografías y por las palabras arriba citadas de San Buenaventura, San Antonio inflamó a muchos con sus ardientes palabras y sus preclaros ejemplos para que bendijeran al Señor. Sigan sus huellas los hermanos de la Orden Franciscana, cuya característica es no sólo mostrar en su vida con ardiente afán la doctrina fraternal de Cristo, sino hacer también que todos, por su ministerio, la guardan. Es preciso que vuestra familia religiosa sea el vivo y eficiente fermento, del que habla Nuestro Salvador; es decir, que consiga que todos los pueblos del orbe de la tierra levanten sus ojos a Dios, que es el Padre de todos, y se reúnan en una sola familia rindiendo tributo de perpetua adoración a su Creador.

También San Antonio se distinguió sobremanera en las obras de caridad, y aún sigue siendo ahora en el cielo el intercesor de los afligidos y de los que sufren; bajo los auspicios de este maestro esfuércense los franciscanos y todos los cristianos en conseguir este verdadero amor al bien, este dulce lazo de las almas, este mutuo auxilio fraterno. Solamente con la caridad todas las contrariedades que afligen a los hombres se desvanecen, se amansan los espíritus más ásperos y se consigue la ansiada paz.

Y se debe a la Divina Providencia el que estas festividades antonianas coincidan con el Concilio Ecuménico Vaticano II, que iniciamos confiados en el auxilio celestial y que continuamos con paternales cuidados. Este santo celestial vivió en el tiempo que siguió inmediatamente al Concilio Lateranense IV, y su eficiente labor pastoral estaba plenamente de acuerdo con los decretos saludables de aquel Concilio, y por esta misma causa, lo que se refiere a la cura de almas, tuvo óptimos resultados.

No dudamos de que siendo asiduos en la oración y soportando con gusto y por la gracia de Dios las asperezas conseguiréis frutos sabrosos y abundantes para el Concilio que es de tanta importancia.

Confiados en esta suavísima esperanza, afectuosamente impartimos nuestra bendición apostólica como prenda y testimonio de nuestra benevolencia a ti, querido hijo, a los religiosos a quienes diriges y que guardan con laudable diligencia el sepulcro de este santo glorioso, a las demás familias franciscanas y a los colaboradores de sus obras, y a todos los que vayan en peregrinación con motivo de esta fiesta centenaria.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 16 del mes de enero, fiesta de los Santos Protomártires de la Orden de Menores, del año de 1963, quinto de nuestro pontificado.

JUAN PP. XXIII



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