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JUAN XXIII

RADIOMENSAJE EN LA VIGILIA PASCUAL*

Sábado Santo 21 de abril de 1962

Esta santa vigilia nocturna renueva una vez más, para provecho y alegría de las almas, los ritos litúrgicos conformes con las más antiguas tradiciones del Oriente y del Occidente.

Años ha conocíamos Nos la poesía de esta vigilia pascual.

En los primeros diez años, ya lejanos, de Nuestro ministerio de representante pontificio en los países Balcánicos, y con más exactitud en Bulgaria, región tan rica de antiquísimos recuerdos religiosos y que no podemos recordar sin que Nuestro corazón se conmueva por tantas y tan amables personas como allí conocimos y que todavía perseveran en Nuestra memoria, vivíamos tan próximos a la iglesia principal de Sofía, que podíamos ver de cerca cómo salía del templo la primera llama del anuncio de la Resurrección para seguir luego en su nocturna carrera encendiendo luces y despertando alegrías en los puntos principales de su rápido trayecto, en Ploven, en Sumens, en Varna, saludada en todas partes con el Kristos vos-KrecheNa Istina vos-KreseChristus resurrexit, que hacía exultar de júbilo las laderas del gran Balcán.

En esta misma hora del sábado santo, es grato recordar que en Roma, desde los primeros siglos cristianos hasta el siglo XIV, el anuncio de la resurrección lo daba el mismo Papa, antes de salir para cantar la misa, in nocte, en Santa María la Mayor.

El Pontífice, partiendo de Letrán, se detenía un poco en la capilla de San Lorenzo, llamada Sancta Sanctorum, y allí, después de haber venerado la imagen del Divino Redentor, daba tres veces seguidas el nuncio festivo: Surrexit Dominus de sepulchro, alleluia, al que todos respondían: Qui pro nobis pependit in ligno, alleluia.

Este mismo acto de veneración a la sagrada imagen hacían los prelados del séquito y recibían luego del Papa el beso de paz. Y el Papa decía a cada uno: Surrexit Dominus vere, y cada uno, con palabras que llegaban ciertamente al corazón al sucesor de Pedro, respondía: Ut apparuit Simoni!

El testimonio del gran misterio y de esta circunstancia particular es del Evangelista San Lucas, al fin de la deliciosa narración en que figuran como protagonistas los dos discípulos de Emaús.

San Marcos, filius et interpres Petri, interviene también él y nos transmite, por su parte, las palabras del Ángel a las piadosas mujeres: Vosotras buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado. Ha resucitado... Decid a los discípulos y a Pedro, que Él os precede en Galilea.

Y también el cuarto Evangelista, ¿acaso no describe con vivaces rasgos, que suscitan conmoción, la prisa con que van al sepulcro los dos, a saber Pedro y él mismo, Juan, para verificar el hecho de la resurreccón?

Pocos días después —es el mismo San Juan quien lo cuenta—  se repite en el lago el prodigio de la pesca milagrosa; Pedro se arroja al agua para ir al encuentro de su Señor. Y Jesús, después de haberle comprometido, con triple profesión de amor, para continuar dirigiendo en lugar de Él la obra de la evangelización del mundo, lo constituye pastor de la grey universal, pater et pastor, «ut aedificet et plantet».

Amados hijos. El servicio de las almas, manifestado así por las palabras como por cualquier otro acto de Nuestro ministerio, quiere ser testimonio de la resurrección de Jesús. Y de la correspondencia de cada uno de los fieles a los deberes de la vida cristiana, correspondencia que el Papa continuamente estimula, se espera la consolidación de la unidad visible de la Santa Iglesia y el acometer las empresas apostólicas, que propagan su actividad múltiple y benéfica hasta los últimos confines del mundo.

Este es el significado de la triple aclamación de esta santa noche: ¡El Señor ha resucitado en verdad! De aquí toma su inspiración no sólo el apostolado misionero, sino la valerosa defensa de los principios sobre los que se eleva todo el edificio de la dignidad humana, de la civilización cristiana.

Por la resurrección de Cristo el Evangelio se ha difundido en el mundo, resistiendo al ataque de las fuerzas del mal, superando dificultades de todo género.

El mal que tiene su cabeza en el princeps huius mundi, y los obstáculos agudizados por la debilidad humana, multiplicados por los compromisos, lograron romper a la largo de los siglos la resistencia física de innumerables frágiles criaturas consagradas al sacrificio. Sí, pero, no obstante, el Evangelio ha podido penetrar, como semilla fecunda, en el alma de los pueblos. Dominus regnavit!

Pedro, viviente en sus sucesores, sigue dando al mundo el gran anuncio de la resurrección; y de ahí los cristianos más fervorosos en la profesión de la fe, sacan las necesarias consecuencias, aun de orden social. De ahí surgieron corrientes de pensamiento y de actividad, por las cuales el hombre nada teme, ni retrocede ante nada, cuando ama la verdad y cuando la verdad ilumina sus pasos.

Por el Calvario ha pasado Cristo Jesús: allí ha muerto; pero también ha resucitado. Con estos ojos observa el cristiano las vicisitudes humanas: el dolor y la muerte, la calamidad y las miserias pueden pesar sobre sus espaldas, mas no abatir su espíritu.

Amados hijos. Es natural, por tanto, que queráis responder al saludo pascual del Papa con la palabra del Evangelista: ¡Sí, ha resucitado y se ha aparecido a Simón!

Vosotros miráis, este año, a vuestro Papa con expresión particularmente festiva. Pues deseáis acompañarlo hasta el umbral del inminente Concilio Ecuménico. que quiere ser —como la Pascua—, un gran despertar, un reanudar más animosamente la jornada. Como lo fue para los Apóstoles después de la resurrección del Señor y después de Pentecostés, que puso el sello a toda la predicación del Divino Maestro, así también hoy, una vibración de vida cristiana, que aliente con ardor el Espíritu Santo, está a punto de empujar las almas a nuevas conquistas y a un compromiso más generoso en el servicio del Señor. El comienzo del Concilio será como una nueva mañana de Pascua, iluminada por el rostro santo y por las palabras dulcísimas del Resucitado: Paz a vosotros; será corno un nuevo Pentecostés, de donde tomarán nuevo vigor las energías apostólicas y misioneras de la Iglesia en toda la extensión de su mandato y de su entusiasmo juvenil.

Es siempre Pedro quien, en su más reciente y humilde sucesor, al cual, circundado de una inmensa corona de obispos, se dispone, tembloroso pero lleno de confianza, a dirigir su palabra a las muchedumbres. Su palabra emerge desde la letanía de veinte siglos y no es suya: es de Jesucristo, Verbo del Padre y Redentor de todas las naciones, y es todavía Él quien señala a la humanidad el camino real que conduce a la convivencia en la verdad y en la justicia.

Vuestra felicitación, amados hijos, y vuestra plegaria, descubren esta visión delante de nuestros ojos, en la expectativa del grande acontecimiento.

Y Pedro ruega por vosotros: et tu aliquando conversus confirma fratres tuos. Nuestro corazón se llena de ternura, al renovaros esta seguridad, esta noche, en la vigilia pascual. A Jesús Resucitado, dentro poco, se elevará nuestro aleluya. ¡Oh, sí!, esté Jesús junto a cada uno de vosotros, entre en vuestros corazones con su gracia, llegue a vuestras casas, trayendo su saludo de paz: Pax vobis, la paz sea con vosotros. Que encuentre almas abiertas al llegar, voluntades dóciles, corazones renovados por el perdón que ya ha borrarlo las culpas. Que Jesús regocije con sus dones vuestras familias, especialmente donde hay muchos niños; donde hay quien sufre en el alma o en el cuerpo y donde hay necesitados o afligidos; impulse a los sacerdotes y a las almas consagrarlas a una mayor perfección; anime el apostolado de los laicos y despierte en muchos espíritus nobles el sentido cristiano de la vida.

Amados hijos: mientras nos disponemos a hacer que descienda sobre vosotros, que nos escucháis, la gran Bendición, nuestro pensamiento vuelve de nuevo al ósculo de paz que el Papa daba a los prelados que lo acompañaban desde San Juan de Letrán a Santa María la Mayor, según la antigua costumbre romana a que antes hemos aludido.

¡Oh, cuánta alegría experimentará nuestro espíritu al poder dar y recibir este ósculo de paz, en nuestra humilde condición de sucesores del primer apóstol San Pedro! A él, a San Pedro, el Señor Jesús le confirió el mandato universal de apacentar los corderos y las ovejas del místico rebaño; y Nos, que nos sentimos herederos de esta responsabilidad, cuánto desearíamos llegarnos a vosotros personalmente in osculo sancto. Sí, llegarnos a vosotros, pastores y fieles de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica, esparcidos por el mundo y siempre dispuestos a dar testimonio del Señor. ¡Oh, cómo quisiéramos, también. que nuestra invocación de bendiciones celestiales alcanzara a cuantos, aunque reunidos todavía en otras formas, se honran también con la señal gloriosa de la cruz de Cristo; más aún, llegar a todos los hombres, pues todos ellos llevan en la frente el sello de la imagen y semejanza de Dios Creador, y son objeto de la redención operada por Jesús. A todos llegue el júbilo del alegre mensaje: surrexit Dominus vere! et apparuit Simoni.

Con la honda emoción que nos procura este momento solemne y que realmente se siente en los cuatro puntos cardinales, nos es muy grato renovar nuestras felicitaciones, acompañadas con el consuelo de la Bendición Apostólica, señal de nuestra benevolencia paternal, prenda de gracias celestiales y de suaves consolaciones.

 


* AAS 54 (1962) 291; Discorsi Messaggi Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 218-223.

 

 



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