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RADIOMENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN XXIII
A LOS FIELES DE TODO EL MUNDO
CON OCASIÓN DEL INICIO DE LA CUARESMA

Miércoles de Ceniza, 27 de febrero de 1963

 

Venerables hermanos y amados hijos:

La singular circunstancia de que el Concilio se halle abierto hace que cada momento del año litúrgico sea oportuno para invitar al clero y a los fieles al fervor de vida y esfuerzo cristiano.

El 1 de julio del año pasado, en el día dedicado al culto de la Preciosísima Sangre de Jesucristo, mediante la encíclica Paenitentiam agere dirigimos una invitación solemne a la penitencia: es decir, a una mudanza en mejor, del modo de pensar y de obrar, según las enseñanzas evangélicas que entrañan esplendor de verdad, pureza de costumbres y, consiguientemente, impulso a buscar y conquistar todas las demás virtudes, por medio de la oración, de los sacramentos y de la mortificación.

Estamos ya en cuaresma. La primera después de comenzado el Concilio. Es el período más indicado para el progreso en la adquisición de la virtud y especialmente en el ejercicio de la caridad para con Dios y para con los hombres.

“He aquí el tiempo favorable —escribía San Pablo a los corintios—, he aquí el día de salvación” (2 Cor 6,2), para actuar más inmediatamente la ley del amor: de un amor que tiene como principio y fin último el Creador y Legislador del Universo, “Padre de las misericordias y Dios de toda consolación” (2 Cor 1, 3); de un amor que para edificar a los hombres quiere darles el conocimiento de las verdades que iluminan el camino, disipan las dudas y vencen cualquier debilidad, de un amor que se ofrece como ejemplo de austeridad de costumbres, de gozo sereno, de convivencia armónica en la vida doméstica y social.

Esto significa la cuaresma para los fieles de todos los ritos, de los que descienden directamente de las venerables tradiciones apostólicas y patrísticas como de los demás ritos que tienen su ascendencia en formas ascéticas autorizadas, más recientes, en nuevas aplicaciones litúrgicas que tienen la debida cuenta con las exigencias del alma popular que en todo grupo étnico es rica en valores auténticos y múltiples.

Y también éste quiere ser el punto más elevado al que se dirige la atención de todos los hombres que reciben el fulgor de la primera y máxima verdad revelada y al mismo tiempo accesible a la razón humana; la verdad que dura siempre y que todo ilumina y enciende: Deus est —Dios existe—: “Ego sum qui sum” (Ex 3,14), A Él la gloria y el amor.

Las sublimes armonías de la revelación adquieren más destacado realce en el tiempo del Concilio, que de ella es como un libro abierto: desde el “Credo in Unum Deum” hasta el "et vitam venturi saeculi”. Sobre la verdad palpita la perfecta adhesión a la Iglesia y se recoge el anhelo de tantas almas que vislumbran una primavera de gracia, que se anuncia ya en las deliberaciones de los padres reunidos alrededor del sucesor de San Pedro, unánimes en recoger con él las mociones del Espíritu Santo y en la disposición para el ministerio apostólico.

Es, pues, el Concilio el que da tono a la cuaresma de este año, insistiendo especialmente en la obligación que todo buen cristiano tiene de vivir el precepto de la caridad, más que en detenerse en contemplar la nueva floración de que todos querrán alegrarse. Es por tanto actitud de artífices, no de espectadores.

Vosotros comprenderéis, amados hijos, que hoy nuestra palabra no os exhorta especialmente a prácticas externas, que, por otra parte, conservan su pleno valor; nuestra palabra no renueva en seguida y solamente el angustioso llamamiento para correr en socorro de nuestros semejantes menos afortunados, haciendo nuestras sus necesidades. A esto exhorta continuamente la Iglesia.

Pero queremos antes que nada exhortaros a aprovechar esta cuaresma aplicándoos al gravísimo deber de la instrucción religiosa y a dar a la penitencia verdadera y eficaz el puesto que le compete según la vocación y condición de cada uno.

Estudio y meditación de las verdades eternas que Dios ha querido comunicar al hombre, ennobleciendo su inteligencia y abriendo a su mirada un horizonte infinito según sus designios de salvación y de amor. Solamente así, en esta luz, el hombre se descubre a sí mismo, viene a conocer sus arduos e inaplazables deberes y se determina a practicar generosamente la penitencia entendida como amor a la cruz. En esto se reconoce el cristiano sincero y diligente: solamente de una conducta austera que vive y aplica la pobreza y la abnegación que enseñó nuestro Señor Jesucristo, el orden doméstico y social puede recibir decisivo impulso para renovarse en la verdad, en la libertad de hijos de Dios, en la justicia más verdadera y profunda, porque será capaz de desprenderse de lo suyo y dárselo a los pobres y desheredados.

He aquí cómo, con la institución de la cuaresma, la Iglesia no conduce simplemente a sus hijos al ejercicio de prácticas exteriores, sino a un serio empeño en el amor y la generosidad, en provecho de sus hermanos, según la antigua enseñanza de los profetas: “Sabéis qué ayuno quiero yo —dice el Señor—: romper las ataduras de la iniquidad —advierte a todos Isaías—, dejar ir libres a los oprimidos y quebrantar todo yugo. Partir su pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo; vestir al desnudo y no volver tu rostro ante tu hermano. Entonces brillará tu luz como la aurora y se dejará ver pronto tu salvación, e irá delante de ti la justicia y detrás de ti la gloria de Yavé” (Is 58,6-8).

Esta es la cuaresma, este es el ejercicio de la verdadera penitencia y lo que el Señor espera de todos, en el “tiempo favorable” de gracia y de perdón.

Nuestra voz llega esta tarde hasta vuestras casas y es una invitación paternal a la generosa correspondencia. En las familias cristianas, las sólidas y viejas tradiciones de la disciplina eclesiástica encuentran siempre almas sensibles y dispuestas, que idealmente queremos recoger en nuestro derredor, para que el aliento de sus corazones suba, como una oración, hasta el Redentor divino.

Oh Señor Jesús, que en los umbrales de vuestra vida pública os retirasteis al desierto, atraed todos los hombres al recogimiento, que es el principio de la conversión y de la salvación; arrancándoos de vuestra casa de Nazaret y de vuestra Madre dulcísima, quisisteis probar la soledad, el sueño y el hambre; y al tentador, que os proponía la prueba de los milagros, respondisteis con la firmeza de la palabra eterna, que es prodigio de gracia celestial.

Tiempo de cuaresma, oh Señor: No permitáis que acudamos a las cisternas agrietadas (Jer 2,13), ni que imitemos al siervo infiel, a la virgen necia; no permitáis que el goce de los bienes de la Tierra haga insensible nuestro corazón al lamento de los pobres, de los enfermos, de los niños huérfanos y de los innumerables hermanos nuestros que todavía hoy carecen del mínimo necesario para comer, para cubrir los desnudos miembros, para reunir la familia bajo un mismo techo.

Las aguas del Jordán descendieron también sobre Vos, oh Jesús, a la vista de la multitud; pero fueron pocos entonces los que pudieron reconoceros; y este misterio de lenta fe o de indiferencia, prolongándose en los siglos, es siempre un motivo de dolor para los que os aman y han recibido la misión de haceros conocer por el mundo.

Conceded a los sucesores de los Apóstoles y de los discípulos y cuantos reciben su nombre de Vos y vuestra cruz que puedan llevar adelante la empresa evangelizadora y sostenerla con la oración, con el sufrimiento, con y la íntima fidelidad a vuestra voluntad.

Y así como Vos, inocente Cordero, os presentasteis a Juan en actitud de pecador, atraednos también a nosotros, oh Jesús, a las aguas del Jordán.

A ellas queremos acudir para confesar nuestros pecados y purificar nuestras almas. Y así como los cielos abiertos dejaron oír la voz de Vuestro Padre que en Vos, oh Jesús, se complacía, así también superada victoriosamente la prueba, vivido austeramente el período cuaresmal, en los albores de Vuestra resurrección, podamos volver a oír en lo íntimo de nuestras almas la misma voz del Padre celestial, que en nosotros reconoce a sus hijos.

¡Oh santa cuaresma del año misterioso del Concilio Ecuménico! Ascienda esta oración, en este atardecer de sereno recogimiento, desde cada una de las casas donde se trabaja, se ama y se sufre. Que los ángeles del cielo recojan el suspiro de tantas almas de pequeños inocentes, de jóvenes generosos, de padres de familia trabajadores y sacrificados, y de cuantos sufren en el cuerpo y en el espíritu, para presentarlos luego a Dios. Desde allí descenderán abundantes los dones de las consolaciones celestiales, de los que quiere ser prenda y reflejo nuestra bendición apostólica.



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