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JUAN XXIII

MENSAJE URBI ET ORBI

Pascua de Resurrección
Domingo
14 de abril de 1963

 

Amados hijos:

Esta es la hora del saludo afectuoso  y de la gran bendición que vosotros, romanos y peregrinos de todas las lenguas y de todas las proveniencias, habréis venido a pedir al humilde sucesor de San Pedro, dándole y recibiendo, como hacen los hijos con el Padre, una felicitación llena de alegría.

El brillo de los ojos y los latidos del corazón expresan los grandes afectos de amor y de confianza que se alzan desde esta Plaza incomparable, como desde todas las catedrales del mundo, haciendo eco alegre al “aleluya” pascual. Pero la mirada se esparce en horizontes más vastos, a través de las conexiones radio-televisivas, que unen simultáneamente a los pueblos, tanto próximos como lejanos.

Surrexit Christus, spes nostra! Nos est in alio aliquo salud: Ha resucitado Jesucristo, nuestra esperanza; en ningún otro hay salvación (cfr. Hch 4, 12). Estamos con Jesús resucitado. Permanezcamos con Él. De esta firmísima certeza, que se difunde desde el misterio de la Resurrección, brotan algunas indicaciones que nos pueden servir de no poco aliento.

Los pueblos cristianos se dan entre sí el mismo anuncio que desde hace dos mil años es base de una fe, don de una gracia celestial y estímulo para una actividad coherente.

Jesucristo ha resucitado; todo y todos deben reflejar la luz que proviene de Él; el hombre y la familia, las leyes y las costumbres, lo mismo que las diversas formas de vida social de las naciones. Desde que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte, instaurando un orden nuevo en las relaciones del hombre con Dios, nada puede ya eximirnos de su divino imperio: “Para que como Él resucitó de entre los muertos, por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Cor 6, 4).

Surrexit Christus, alleluia! Es un saludo que nos expresa ya un brillante programa: no muerte, sino vida; no divisiones, sino paz; no egoísmo, sino caridad; no mentira, sino verdad; no aquello que deprime, sino el triunfo de la luz, de la pureza y del respeto mutuo. Y puesto que precisamente todo esto forma la salvación, el servicio y el honor del cristiano, que éste sea vuestro testimonio, ahora y siempre, amados hijos.

En este día de Pascua la palabra termina con la bendición que nos sentimos movidos a daros con el amor más grande.

Descienda ella, primero de todo, sobre vosotros, fieles de la diócesis de Roma. Os habéis merecido muy bien la presencia de vuestro obispo en las diversas parroquias, durante los domingos de cuaresma. Estos encuentros espontáneos, emocionantes, han difundido la serenidad, han encendido de nuevo los propósitos, han fortificado las buenas voluntades. ¡Qué espectáculo tan inolvidable, jóvenes padres de familia, cuando levantabais en lo alto vuestros hijitos y parecía que nos decíais: “Esta es la Roma del mañana”. En aquellos momentos nuestros brazos se abrían, pero nuestra voz no podía expresar completamente la ternura de nuestro corazón.

Amados hijos de Roma y de todo el mundo: Haec dies quam fecit Dominus. Este es el día que hizo el Señor. La Pascua exalta la gloria del Divino Resucitado. Levantad en alto vuestros pequeños, pero al mismo tiempo dirigid al cielo vuestras esperanzas, vuestras intenciones, vuestras fatigas y consolaciones, de todo lo cual está entretejida la existencia de todos los días.

Resuenan y se difunden en el aire y en los corazones las palabras del apóstol Pablo, pronunciadas esta noche, en la misa de la vigilia pascual: “Si fuisteis, pues, resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3, 1-3).

Amados hijos: Perseverad en la fe de Jesucristo. No hagáis nunca nada que sea contrario al Evangelio, que cause dolor a vuestros hermanos, que turbe sus conciencias, que se oponga a sus justas aspiraciones. Que la alegría de Pascua resplandezca sobre vuestras palabras y sobre vuestras obras, de tal modo que la fuerza animadora del cristianismo se propague por todas las clases de la sociedad, llevando un fermento renovador de justicia y de caridad.

Sobre todo y sobre todos; sobre la multitud reunida en esta Plaza y sobre cuantos en las iglesias, en las casas, en los hospitales o en los caminos, como los discípulos de Emaus, están espiritualmente unidos a esta pacífica reunión de los espíritus, descienda ahora, ardiente con el inmenso afecto de nuestro corazón, la bendición y la felicitación de paz, que nos place repetir en las diversas lenguas que a vosotros os son familiares: Benedictio et pax, alleluia!

ITALIANO:
Buona Pasqua!

FRANCÉS:
Saintes et joyeuses Fétes de Pàques!

INGLÉS:
A happy, blessed and peaceful Easter to you all.

ESPAÑOL:
Paz, felicidad y alegría en Cristo resuscitado.

PORTUGUÉS:
Muito boas Festas!

ALEMÁN:
Gesegnete, frohe Ostern;

HOLANDÉS y FLAMENCO:
Het Heilig Paasfeest geve U vrede.

POLACO:
Wesoego Alleluja!

GRIEGO:
Cristós anésti.

RUSO Y PAÍSES ESLAVOS (ucraniano, eslavo, búlgaro, serbio)
Khristós vosskrèsse!

ÁRABE:
Al-Massih qâm.

ALBANÉS:
Krishti U Ngjall!

BOHEMIO:
Pòzehnané  Vèlikonoce.

CROATA:
Srètan Ùskrs!

ESLOVENO:
Vesèla Velíke nòc!

ESLOVACO:
Mìlostipinà Vèlká nóc!

HÚNGARO :
Bòldog Húsvét ünnepeket!

RUMANO:
Christós a inviát.

ETIÓPICO:
Burùk Fasikà.

TURCO:
Pascalia Bairaminiz Cultu Opsun.

JAPONÉS:
Shu No Onyomigaeri No Shukujtfu Omedeto.

CHIN0:
Kong Si Jesu Fu Fó.  

LATÍN:
Surrexit Christus, spes mea, alleluia.

 



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