Index   Back Top Print


DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
PROCLAMANDO LAS VIRTUDES HEROICAS DE LOS VENERABLES
JEREMÍAS DE VALAQUIA E ISABEL ANA SETON
*

Viernes 17 de diciembre de 1959

 

Venerables hermanos y amados hijos:

La ceremonia de hoy, sencillísima, es motivo de gran alegría que desde esta sala vaticana se difundirá profusamente por donde quiera que se preste atención y respeto a todo lo que exige uno de los temas fundamentales de la ascesis cristiana, es decir, la santidad que es una de las cuatro notas características de la Iglesia del Señor.

Circunstancias de índole diversa sugerirían muchas aplicaciones oportunas y eficaces, pero nos limitaremos a pocas palabras.

Bastará señalar los nombres de las naciones que fueron la cuna de estos héroes de la fe, tan diferen­tes entre sí por su condición social, edad y época histórica, aunque hoy unidos providencialmente.

En otras palabras; Rumanía fue la patria de fray Jeremías de Valaquia y los Estados Unidos de América de Isabel Seton.

El uno es un viejo país de Europa cuyo nombre recuerda incluso su vinculación a la madre común de las gentes, y el otro, el llamado "Nuevo Mundo", no ya tan misterioso y fabuloso, que desde la época de aquella generosa mujer, cuyo elogio escuchamos, ha pasado ya el período preparatorio de su plenitud para el servicio nacional e internacional.

:Acabamos de celebrar el Consistorio, en el que recordábamos con expresión de tristeza y teníamos presentes ante nuestra vista y en nuestro corazón los países donde, como en Rumanía, los católicos están atravesando la hora de la prueba permitida por la Providencia, y nos parece que el humilde hijo de San Francisco nos exhorta, desde su sepulcro, a seguir generosamente por el camino emprendido, a orar más confiadamente y a entregarnos con más generosidad a la causa del bien.

Se acerca la Navidad, queridos hermanos e hijos, y nos alegramos de depositar junto a la cuna del Niño Jesús con nuestras manos y las vuestras estas dos flores, que son honra y gloria de nuestro pueblo, como renovada promesa de enriquecernos con la lección característica de cada uno, que oportunamente se nos ofrece: la sencillez y la caridad.

1.El humilde hermano lego preguntó un día a su buena madre que debía hacer para asegurarse la salvación eterna. Aquella buena mujer indicó a su hijo la luz encendida sobre el monte, es decir, la Santa Iglesia del Señor. Y ese adolescente, con un ardor impropio de su edad y educación, se puso en camino y no tuvo paz hasta que no entró ere su segunda familia, la Orden franciscana, parcela elegida de la Iglesia católica que le dio un nombre nuevo, un hábito sagrado y una de las reglas más sublimes y evangélicas.

¡Cuarenta y siete años de trabajo humilde, siempre alegre, dispuesto y generoso!

En la mirada inocente de fray Jeremías se reflejaban las infinitas llanuras de su patria terrena en la que soñaba con cariño filial. Pero no era un extraño en tierra italiana. El pueblo napolitano, exquisito en sus juicios y entusiasta en su simpatía, amó en vida y muerte a este hijo suyo adoptivo.

Todo el secreto de la santificación de esta alma está en la sencillez de sus pensamientos, de sus decisiones, de sus obras; siempre en presencia del Señor, siempre confiando en El y dispuesto a seguir las divinas inspiraciones y las indicaciones de la obediencia. ¡Qué aleccionador para nosotros!

La sencillez es el hábito que conviene al que, acercándose a Belén, quiere tener la certeza de encontrarse como en su propia casa junto a la Sagrada Familia y estar seguro de comprender el lenguaje de María y José y de interpretar el divino silencio de Jesús.

2. Isabel Seton reproduce con el ejemplo de su vida el tema de la caridad evangélica que tuvo en ella notables destellos aun antes de su conversión, y en las labores domésticas.

Como esposa abnegada y fiel, como sabia educadora de sus hijos, como coordenadora paciente, in prosperis et in adversis, de las empresas domésticas aparece ya rodeada de una luz resplandeciente digna de admiración.

Pero cuando el dardo ardiente de la caridad le tocó más hondo el corazón, entonces no conoció otra medida que la perfecta imitación de Aquel que, por amor nuestro se hizo hombre y murió en una cruz.

Hoy las diez mil hermanas de la caridad de San José, que ella fundó, aun en sus múltiples ramas, llevan y levantan en alto la misma ardiente lámpara al servicio de Dios y de las almas. Su entusiasmo es promesa de una mayor y más santa irradiación apostólica.

Aun los aspectos secundarios de la biografía de Isabel Seton son una invitación al conocimiento y a la práctica de la caridad.

Nos complacemos en recordar por respeto y amor a la amada diócesis de Livorno el nombre de la noble familia Filicchi que en la acogida, consejos y consuelos prodigados a los Seton, que vinieron a buscar en el mar y en sol de Italia la salud del cabeza de familia, dio una prueba de discreción, de prudencia y sobre lodo de hospitalidad y de amistad dignas de imitación en todos los tiempos.

Quiera el Señor Jesús que su divino mensaje de amor, cuyas manifestaciones son múltiples y no se oscurecen ante nadie ni ante las más arduas dificultades, dirigir los pasos de las muevas generaciones más conscientes de los deberes que lleva consigo la vocación cristiana.

En e! correr de los meses del presente año que toca a su fin uno de nuestros mayores consuelos fue el contacto con los hijos de Norteamérica reunidos aquí para celebrar el centenario de la fundación del Colegio Pontificio, trasladado ya hace algunos años al Janículo. magnífico edificio con su amplia fachada y sus ventanales iluminados que miran a la colina vaticana, templo de San Pedro y Palacio Apostólico.

El diálogo con los venerables pastores de las diócesis, el conocimiento de los numerosos sacerdotes que salieron de Roma formados en el oficio pastoral y el servicio de las almas en sus respectivos países; la alegría serena de los jóvenes alumnos aspirantes al ministerio pastoral que los aguarda y para lo cual vienen a educarse aquí, sin hablar de tantos y tantos hijos de América que casi todos los días encontramos en nuestra casa, han suscitado en nuestro ánimo la admiración más sincera por todo lo que para honor y servicio del Señor en la Santa Iglesia se realiza en América y abre perspectivas a las más bellas esperanzas por el triunfo del Reino de Cristo, conforme al Adveniat Regnum tuum, expresión viva de la oración dominical.

Y en la fervorosa unión de las emociones más espontáneas y felices de estos encuentros ha surgido ante Nos la noble y singular figura de Isabel Seton, que oímos saludar ya en las solemnes reuniones de estos días como a la primera flor de América del Norte, así como Santa Rosa de Lima lo es hace tiempo de América del Sur.

En verdad este tan fausto presagio de la próxima glorificación de Isabel Seton dilata nuestro corazón y lo llena de singular gozo. Grandes naciones como los Estados Unidos de América aspiran a esta luz suprema de santidad que es como la pietas ad omnia utilis que irradia sobre las varias y múltiples relaciones de orden espiritual y social comunes a la Iglesia universal, pero con vivos y refulgentes destellos en cada país.

Sencillez y caridad. La primera emana de la fisonomía tan atrayente del humilde lego franciscano Je­remías de Valaquia. El triunfo de la caridad es el gran poema de Isabel Seton. El mundo moderno, por doquier insatisfecho con sus complicaciones y confusiones, necesita estas dos virtudes, especialmente por su febril egoísmo que es lo contrario a una vida serena y provechosa y a una fraternidad humana y cristiana.

Quiera el Señor que la feliz incoación de esta tarea llevada a cabo para glorificación de esas dos almas elegidas aumente el fervor espiritual de la vida religiosa en el mundo contemporáneo.

Sancti tui, Domine, nos ubique laetificant. Tus santos, oh Señor, nos alegran por doquier. Que su buen ejemplo nos anime y reconforte.


* Discorsi, messaggi, colloqui, vol. II, págs. 79-83.

 

 



© Copyright - Libreria Editrice Vaticana