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DISCURSO DEL PAPA JUAN XXIII
A LA JUVENTUD FEMENINA DE ACCIÓN CATÓLICA DE ROMA
CON MOTIVO DE SU XL ANIVERSARIO
*

Domingo 10 de enero de 1960

 

La Juventud Femenina de Acción Católica de Roma nos ha expresado el deseo de terminar en nuestro presencia la celebración del XL aniversario de su fundación; sin duda, no para rememorar una vez más las sucesivas fases de su maravilloso desarrollo, conocido ampliamente de un extremo a otro de Italia, sino para recibir del Papa la garantía —que pedimos con toda el alma— del estímulo apostólico lleno de buenos auspicios y bendiciones.

Ha sido grato a nuestro corazón aceptar esta filial invitación vuestra. Y, al recibir a la Juventud Femenina en esta Basílica vaticana, que entre sus majestuosas bóvedas recoge el latido de la fe y del entusiasmo de todas las gentes, nos ha parecido oportuno veros asociadas a las otras ramas, también florecientes, de la Acción Católica Romana.

Esta reunión de hoy, por consiguiente, quiere ser un encuentro del Padre con sus hijos, que están más cerca de él, y no sólo porque comprende sus deseos y sus angustias sino también porque son los miembros de las Asociaciones de su diócesis. Vuestra presencia nos es, pues, muy querida y familiar y nos sugiere algunas ideas que, al principio del nuevo año, deseamos dirigir a toda la Acción Católica no sólo de Italia sino del mundo entero.

I PARTE

Predilección del Papa por la Acción Católica

Precisamente habéis querido renovar —y nos lo habéis hecho saber con mucha delicadeza— un recuerdo muy querido para Nos, a saber, que el 30 de diciembre de 1922 tuvimos la oportunidad, como joven prelado recién llegado a esta Alma Ciudad, de inaugurar los locales de la Juventud Femenina en "Via Tor de'Specchi", y el 14 de febrero del siguiente año de iniciar el primer curso de propaganda, que contaba con dieciocho alumnas, con una función religiosa en la Basílica de Santa Cecilia en el Trastévere.

Ya antes en nuestra ciudad y diócesis de Bérgamo nos preocupamos mucho de la fundación de la Unión de Mujeres de la preparación de los primeros Círculos femeninos y de la Sección Social de la Junta Diocesana. Permitid que os confiemos con la emoción que os podéis imaginar que este ministerio —de que tan satisfechos estuvimos siempre— se lo debemos a nuestro gran Obispo, Mons. Giacomo Maria Radini Tedeschi, llamado con razón "el Heraldo de la Acción Católica", y a algunos valientes y buenos seglares, cuyo recuerdo nos emociona todavía. El Papa que os habla está, pues, desde hace cincuenta años, al servicio de la Acción Católica, conoce, por sus investigaciones en los archivos, sus remotos comienzos, sintió sus dificultades y entusiasmos, supo comprender evolución y adaptación a tiempos y lugares. Conoce bien, todo cuando la Acción Católica debe a nuestros queridos sacerdotes, especialmente a los párrocos, y a tantas almas generosas, desinteresadas, cuyo nombre, que sólo Dios conoce, está escrito en el libro de la vida.

En cuanto a la tarea a que el Señor ha querido llamarnos ahora, dirigimos con frecuencia nuestro pensamiento a Pío XI, de inmortal memoria, a quien, al tomar posesión de nuestro cargo pastoral en Venecia, Nos complacíamos en llamar "el Patriarca de la Acción Católica". Aquel gran Predecesor nuestro Nos pareció tanto más inspirado y dispuesto en su comprensión y amor por la Acción Católica cuanto las inclinaciones de su vida de estudiante pudieron parecer ajenas a este movimiento de apostolado.

Volvemos a Pío XI y con él a Pío XII, los dos gloriosos Pontífices, y bendecimos su intuición genial y la providencia paternal y previsora que hicieron de esta organización de los seglares, auxiliar del apostolado Jerárquico, un maravilloso instrumento de penetración del pensamiento cristiano en todos los ambientes de la vida.

Así, el sueño de nuestra juventud, que era afán acuciante de los pastores de almas y de los católicos más sensibles a las exigencias del apostolado moderno, se ha convertido hoy en una realidad palpitante de grandes promesas.

¡Acción Católica de Roma, Acción Católica de las diócesis de fundación antigua y moderna y de los territorios de misión, te saludamos con mucho afecto! Confiamos en tus dirigentes, conscientes y preocupados por el triunfo de la Iglesia y el bien de la Sociedad. Confiamos en tus militantes, que representan todas las edades y categorías del laicado católico. Sabemos comprender las dificultades, angustias, vacilaciones de algunos y las impaciencias de los más jóvenes.

El camino está trazado: allí donde está un Obispo, está también, conforme la denominación característica de cada nación, una Junta diocesana, y al lado del párroco está la Junta parroquial.

Ante nuestra vista aparece un hermoso cuadro, compuesto como de un tejido vivo, armoniosamente unido y alimentado en las fuentes mismas de la paternidad; más todavía, cuando la visión se extienda por doquier, hasta convertir en operante el organismo más vasto de toda actividad apostólica —ese que vosotros designáis con el nombre tan significativo de Consejo—, entonces saldrá ganando mucho la unidad, la caridad y la colaboración mutua, inteligente y disciplinada. Con esta perspectiva y esperanza exulta nuestro corazón y da gracias al Señor que ha concedido a la Acción Católica su desarrollo actual en la línea que los grandes y santos Pontífices señalaron en su solicitud paternal.

II PARTE

Carácter de la Acción Católica

No tenemos intención de entrar en la exposición de la naturaleza, fines de la Acción Católica y de los medios que emplea.

A este propósito tenemos ante la vista, siempre vivas y significativas, las luminosas enseñanzas de Pío X, que tuvo, ante todo, la preocupación por asegurarle la distinción clara de las demás asociaciones religiosas y especialmente de las asociaciones civiles.

En la mente del Santo Pontífice esto significaba, y significa todavía, el lugar exacto de la Acción Católica en el surco de la Iglesia. Significa la acción generosa, pero no ruidosa e inoportuna; la acción, sin duda, pero no con detrimento de lo formación interior in­dividual y de los intereses religiosos y morales de la colectividad.

Estas son las líneas directrices que deben regular constantemente, a pesar de los diferentes métodos empleados y de los individuos a quienes se destinan, el espíritu y la actividad de vuestras Asociaciones. No es necesario, pues, fijarlas de nuevo, pues tan claras y conocidas son para cada uno de vosotros.

Más cercana a nosotros y más en consonancia con nuestro tiempo es la doctrina de Pío XI y de Pío XII, como esculpida en tablas de piedra, para asegurar a la Acción Católica la manuductio certera por el recto camino. E inspirándonos en esas enseñanzas, queremos poner de relieve las características de la Acción Católica, tal y como el apostolado moderno exige, y que hacen de ella un adiutorium de la Jerarquía eclesiástica, un speculum de unión ordenada, disciplinada y concorde,. un signaculum frente al mundo.

1. La Acción Católica es adiutorium del Clero, que es tanto como decir colaboración de los seglares en el apostolado jerárquico, según la definición clásica de vuestra Asociación. Esta ayuda y colaboración no es la manifestación de un entusiasmo momentáneo, ni tampoco —lo cual es digno de alabanza en otros ambientes— la conservación pura y simple de antiguas y queridas tradiciones; indica y sella, en unión con el sacerdocio católico, la conformidad de ideales y de amor por el Adveniat Regnum tuum en todo el mundo y por la salvación de todas las almas.

Este adiutorium proviene de una perfecta formación, que se convierte en conciencia de altísimos deberes aceptados con una vocación santa y al mismo tiempo una determinación a nuevas y sagradas tareas realizadas con el amor del apóstol y del misionero.

Es verdad que los jovencitos —nuestros queridos pequeños, las benjaminas y los aspirantes— entran en la Acción Católica como delicadas flores del campo, que dan un aspecto hermoso a toda la organización. Ellos son la primavera, que contiene en germen todas las esperanzas, y por eso atraerlos no cuesta mucho. Pero a medida que son mayores, esta conciencia de que ofrecen su ayuda a la Jerarquía tiene que hacerse cada vez más robusta y generosa.

Hablando el 3 de noviembre de 1929 a los Delegados de los Estudiantes y Aspirantes de la Juventud Católica Italiana, Pío XI les agradecía el bien realizado; y decía: «Los mismos Apóstoles, como es sabido, expresaron ya desde los primeros momentos su gratitud hacia aquellos que les ayudaban en el apostolado jerárquico, constituyendo el verdadero origen de la Acción Católica... Es cierto que cuando se recuerdan estos magníficos comienzos, es preciso rememorar también lo que de ello se obtiene: con la coope­ración al apostolado jerárquico, se consiguen aquellas grandes líneas de ordenamiento, de encuadramiento... que llevan a la coordinación, a la subordinación a la Jerarquía apostólica, que está siempre viva corno en los tiempos de los Apóstoles... Se dijo entonces aquella admirable frase: «Nihil sine episcopo» (nada sin el obispo); así precisamente, es ésta una gran consigna, una gran divisa de la Acción Católica... Podrá alguna vez suceder lo que incluso sucede en las familias bien avenidas en las que la primera base es la piedad filial hacia el padre. Ahora bien, puede suceder allí que incluso en la atmósfera de cálido e intenso afecto se presente alguna nube, alguna divergencia, aun dentro de la inteligencia entre padre e hijo; y, sin embargo, ninguna dificultad, nada puede ni debe sobreponerse a la fuerza cohesiva y coordinativa de la piedad filial; y entonces todo marcha bien —concluía el gran Pío XI—, todas las cosas se mantienen dentro de las líneas del orden, de la disciplina» (L'Osservatore Romano, 4-5 noviembre 1929, pág. 3.)

Pero esta admirable colaboración no puede lograrse si falta el sólido fundamento de la formación individual. Y ésta se obtiene solamente mediante la vida de gracia intensamente vivida; es decir, mediante la oración habitual, el espíritu litúrgico que sube hasta las fuentes más puras; el sensus Ecclesiae, el ojo sobrenatural que penetra en las instituciones, en los hechos, en la historia, para descubrir en ellos la obra de Dios y vivir dentro de esta luz. Tal fundamento ha sido definido, en feliz síntesis, como «la primacía de lo espiritual», aquello que ha de ponerse antes y por encima de todo otro entendimiento, si se quiere que la Acción Católica no quede reducida al nivel de cualquier organización exterior.

Deseamos decir y repetir: el tiempo que los consiliarios eclesiásticos consagran a la instrucción religiosa superior, a la dirección sabia y prudente de las almas y, sobre todo, respetuosa de cuanto constituye el germen individual de una vocación en este o aquel sector; las fatigas consumidas en los retiros y ejercicios espirituales, constituyen su parte preeminente que precede a toda otra preocupación de organizar, reclutar socios, de hacer frente al mal.

Sólo cuando este adiutorium (ayuda) al Clero proviene de hombres y mujeres, de jóvenes de uno y otro sexo bien formados y preparados para apreciar en su valor la vida interior y los inmensos recursos que ésta asegura para el logro de las mismas actividades exteriores, se podrá entonces permanecer en cierto modo tranquilos acerca del desarrollo y la asistencia, incluso técnica, de las obras caritativas, recreativas y cívicas.

2. La Acción Católica es, además, speculum (espejo) de unión ordenada, disciplinada y concorde.

Este de la unión es un concepto, como sabéis, que vuelve a menudo a nuestros labios; en él está, en efecto, encerrada la esperanza y la promesa de una eficaz acción pastoral y de apostolado.

El espectáculo que los hijos de la Iglesia Católica se aprestan a dar, tanto en la celebración del Sínodo Romano —que quiere ofrecerse como humilde ejemplo y aliento para las diócesis del mundo entero— como en la preparación del más amplio acontecimiento del Concilio Ecuménico, encierra en sí el secreto de un germen nuevo, de un irresistible atractivo.

Para conformarse con este espíritu, la Acción Católica debe ser y presentarse como una sola: una en el orden metódico de su proceder; una en la disciplina bien entendida y gustosamente aceptada por todos; una en la concordia que llega a conjugar y poner en común las buenas ideas y sumar las comunes riquezas.

En la carta Cum proxime exeat, que si bien dirigida a la Juventud Masculina, contiene providenciales normas para toda la Acción Católica, nuestro predecesor Pío XII, de venerada memoria, quiso particularmente insistir sobre esta unión concorde: «Esforzaos sobre todo con empeño cada día mayor, como hacéis, por mantener sólida la concordia y la unión de los espíritus, porque, bien lo sabéis, sin ella nada puede conservarse por largo tiempo, nada puede ser fructuoso... Esta laboriosa comprensión y unión de los espíritus debe surgir, no sólo de la actividad común y de las directrices comunes por las que la Acción Católica es conducida, regulada y alimentada, sino también de la concordia recíproca de todos y de cada uno de los afiliados. A cualquier grupo que éstos pertenezcan —continuaba nuestro Santo Padre Pío XII—, de cualquier condición que sean..., ámense entre sí con amor cristiano, como hermanos; y, animados por el mismo celo de apostolado, sean los unos para los otros ejemplo recíproco» (AAS 25 (1943), pág. 101).

Esta unión garantiza un éxito duradero a las varias empresas y es constructiva, benéfica, fructuosa; por el contrario, cuán enemigo de este buen espíritu son las empresas estrechamente locales, los singularismos, la rigidez de posturas personales adoptadas que crean la confusión, fomentan la desunión, echan por tierra el entusiasmo. Y hacen perder en las reuniones y coloquios un tiempo preciosísimo que había de llenarlo todo y siempre  el ejercicio del adiutorium el apostolado jerárquico. Concordia, pues, y unidad de pensamientos, de propósitos, de programa: para alcanzar una validez cada vez más eficaz en el cumplimiento de las propias obligaciones y responsabilidades.

3. Por último, la Acción Católica es signaculum de los tiempos modernos.

En el gradual de la misa del 4 de enero en honor de San Gaspar del Búfalo, auténtico apóstol romano —que puede muy bien ser contado entre los precursores de vuestro movimiento—, hemos como entrevisto el signaculum de la Acción Católica en aquellas arcanas palabras del Apocalipsis: «Vidi alterum angelum volantem per medium caeli, habentem Evangelium aeternurn, ut evangelizaret sedentibus super terram: Y vi otro ángel que volaba por medio del cielo y tenía el Evangelio eterno para evangelizar a los habitantes de la tierra» (Ap 14, 6).

Dejadnos gozar de esta visión de nuestro Juan Evangelista y profeta; él está con los "seniores" en adoración del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; del Cordero que está rodeado por la muchedumbre de las vírgenes, entre las cuales queremos incluir a nuestros queridos hijos del sacerdocio católico.

Y he aquí que aparecen tres ángeles, cada uno portador de un aviso de vida o de muerte y de un mensaje de resurrección. En estos ángeles quisiéramos veros a vosotros, queridos hijos de la Acción Católica romana, y a todos los socios de la Acción Católica esparcidos por el mundo entero y ocupados en la realización de aquello que palpita en nuestro corazón y en nuestros ojos. El Evangelium aeternum que se os ha encomendado llevar está encerrado en las profundas peticiones del Padre Nuestro: el nombre, el reino, la voluntad del Señor que os ha llamado «a su. luz admirable» (1 Pe, 2, 9). Nuestras preocupaciones de Sumo Pontífice de la Iglesia universal son también las vuestras, es decir, la búsqueda de los más altos intereses de las almas; y, correspondiendo a nuestros
deseos, vosotros estáis empeñados en la intrépida defensa, frente a cualquiera, de los principios fundamentales del orden social cristiano para la salvaguardia del hombre redimido por Jesucristo y para la valoración de aquello que constituye el fundamento de su dignidad, de su libertad, de sus inalienables derechos.

Este es el signaculum de cara a las gentes, vuestro signo distintivo para las necesidades y exigencias de los tiempos modernos; que no consiste en cosas complicadas o en vistosas singularidades, sino en la claridad de programa, en la bondad de los métodos, en la sencillez de la palabra; dotes que atraen y arrastran y hacen llegar pronto y con seguridad al objetivo prefijado.

¡Queridos hijos e hijas!

Al proponeros amorosamente las características que en este momento Nos parecen las más importantes para vuestro movimiento, hemos querido deciros lo que sois para Nos y lo que esperamos de vosotros: una valiosa ayuda, un espejo luminoso de unidad fraternal, una bandera de salvación para la sociedad. Pues bien: que con la gracia del Señor podáis permanecer constantemente empeñados en el feliz cumplimiento de este ideal y de este programa. Nos os seguimos con todo el afecto de nuestro corazón; estamos junto a vosotros en vuestras pruebas y en vuestros consuelos, y oramos para que seáis siempre fieles a nuestros propósitos, para que vuestra acción, puesta al servicio noble y generoso de la jerarquía, sea continua fuente de puro gozo para la Iglesia de Dios.

Nos alegramos también con vuestros Consiliarios, diocesanos y parroquiales de las diversas ramas, cuyo trabajo, tan atento y generoso, se desenvuelve en provecho de la parte más escogida del laicado católico.

Invocando sobre todos la alegría de las predilecciones divinas, en renovada confirmación de nuestra benevolencia, impartimos la confortadora Bendición Apostólica que deseamos también extender a vuestras amadas familias.

 


*  AAS 52 (1960) 83-90

 

 



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